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miércoles, 1 de octubre de 2008

MONTESSORI.. UN MÉTODO FASCISTA


SOBRE “LA ESCUELA NUEVA”
Detrás de Montessori, Decroly o Steiner.. ¡qué más da..!


Una forista del grupo: sonartecomunidadeducativa@yahoogrupos.com.mx, me lanzó una pregunta a raíz de una aclaración que yo hice respecto a que Montessori no era antifascista sino fascista declarada, amiga de Mussolini y jefe de Instrucción Pública del régimen fascista en la Italia de Benito Mussolini. El Papa le dio su bendición al Método Montessori y, luego, don Benito lo implantó en todo sus dominios. ¿Quién lo implantó..? María Montessori lo hizo. El Método fue utilizado para los fines fascistas ya que era perfecto para adoctrinamiento en la causa.

La pregunta que me hizo Claudia, la forista, fue: “(…) tengo una inquietud, el método que existe hoy con el nombre Montessori, que seguramente ha sido filtrado por más de un siglo por las personas que lo han manejado, que promueve según entiendo la individualidad, respeta la propia motivación, incentiva que el niño aprenda a su ritmo sin comparaciones con los demás, que él mismo se de cuenta de sus errores,. El método que existe hoy en día en alguna parte esta promoviendo el totalitarismo y la religión? Hay en algo en lo que uno pueda creer tranquilo, o siempre hay un interés de control oscuro y oculto????

(Coloco mi respuesta para ampliar el debate a quien quiera hacer sus aportes al tema. Pueden suscribirse al foro en mención).

Claudia: El sistema de educación colombiano, al igual que en los países donde la Iglesia Católica ha dominado, es totalmente doctrinero; diseñado especialmente para adoctrinar a la población desde su más tierna edad. Así ha sido desde la Colonia y no ha cambiado.

La Iglesia Católica, mediante sus principales ideólogos –los jesuitas- han impregnado toda nuestra cultura, toda nuestra manera de pensar, todo nuestro imaginario, todo nuestro cosmos, toda nuestra proxémica y nuestra política.

Incluso Francisco de Paula Santander, supuestamente liberal y masón (era las dos cosas), se valió de los jesuitas para adoctrinar a las generaciones independentistas en la obediencia a los nuevos amos. Era necesario que los “libertados” no reconociesen al yugo español, sino que cambiaran de dueños y aceptaran de buena gana el pisoteo de los oligarcas criollos. La instrucción militar era esencial para los niños. En octubre de 1820, Santander dictó un decreto que contenía instrucciones de enseñar a los niños los dogmas católicos y sus deberes en la sociedad; y encontramos perlas como esta: “(a los niños) les instruirán en los deberes y derechos del hombre en sociedad y les enseñarán el ejercicio militar todos los días de fiesta y los jueves en la tarde”. “los niños tendrán fusiles de palo y se les arreglará por compañías, nombrándose por el maestro los sargentos y los cabos entre los que tuvieren mayor disposición. El maestro será el comandante”.

Es espeluznante. Y hay muchos más artículos como estos. Por eso, no debemos sorprendernos de que hoy encontremos niños reclutados por paramilitares y guerrilleros. Es una máxima católica abusar de los niños.

Años después, Tomás Cipriano de Mosquera expulsó a los jesuitas del país y decidió que el Estado, sin influencia de la Iglesia Católica, era el que debía encargarse de la educación en Colombia. Pero los curitas no lo dejaron. Después de muchas guerras, el Vaticano logró postrar al país y lo obligó a firmar el Concordato entre Colombia y la Santa Sede. En uno de los apartes de este Concordato se le entrega el manejo de la educación pública a los sacerdotes. Por eso es que antes de 1991, los curitas eran quienes decidían qué libros se podían leer, qué películas ver, que pensum implantar en las escuelas.. etc.

Algunos artículos de la Constitución de 1886 y del Concordato del 87 quedaron así:

Art. 41 (de la Constitución) “La educación pública será organizada y dirigida en concordancia con la Religión Católica”.

Art 12 (Concordato): En las universidades y colegios, en las escuelas y en los demás centros de enseñanza, la educación e instrucción pública se organizará y dirigirá en conformidad con los dogmas y la moral de la Religión Católica. La enseñanza religiosa será obligatoria en tales centros, y se observarán en ellos las prácticas piadosas de la Religión Católica.

Art 13. (Concordato): Por consiguiente, en dichos centros de enseñanza, los respectivos ordinarios diocesanos, ya por sí, ya por medio de delegados especiales, ejercerán el derecho, en lo que se refiere a la religión y la moral, de inspección y revisión de textos. El arzobispo de Bogotá, designará los libros que han de servir de textos para la religión y la moral en las universidades; y con el fin de asegurar la uniformidad de la enseñanza en las materias indicadas, este prelado, de acuerdo con los otros ordinarios diocesanos, elegirá los textos para los demás planteles de enseñanza oficial. El gobierno impedirá que en el desempeño de las asignaturas literarias, científicas y, en general, en todos los ramos de la instrucción, se propaguen ideas contrarias al dogma católico y al respeto y veneración debidos a la Iglesia.

Lo que sucede aquí, es evidente. La iglesia tiene control total sobre todo lo que se enseña y todo lo que se hace en este país (y en todos donde tiene Concordato). Por eso, da mucha risa cuando algunos pretenden hacer creer que la enseñanza del marxismo en las universidades, incluida dentro del pensum oficial, se hizo a escondidas. Marx era instrumento católico y sus enseñanzas fueron utilizadas por la Iglesia (Teología de la Liberación) para ocasionar guerras fraticidas en las naciones. Mientras por un lado los curas se colocan del lado de los opresores, por el otro se colocan del lado de los oprimidos. A ambos bandos azuzan, a ambos aconsejan, los curas se mueven en los dos bandos controlando las dos facciones: por un lado vemos a Pacho de Roux con su Cinep, pretendiendo hacerse ver como el defensor de los humildes y de los derechos humanos (un jesuita, defensor de los derechos humanos y de los humildes…! Qué risa..! Si ellos fueron los mayores esclavistas y los más perversos asesinos); por el otro, vemos a los monseñores de la Conferencia Episcopal, aconsejando al gobierno. El resultado: La guerra que estamos sufriendo.

Sin olvidar que todo, TODO, lo que sucedía en la educación (y en todo, pero éste es el tema que nos interesa por ahora), ocurría con el aval de la Iglesia, hay que analizar los siguientes hechos:

En 1914, Nieto Caballero funda el Gimnasio Moderno y años después recibe la ayuda de Montessori y de Ovidio Decroly para establecer sus sistema educativo. Todos sabemos que el Gimnasio Moderno se autoproclama masón y alejado del catolicismo, pero todos sabemos que sus creadores y sus sistemas educativos son ultracatólicos. Todos sabemos que tienen una capilla católica dentro de su campus y que ha estado regentada por monseñores de la alta jerarquía, como de Brigard. ¿Que el Gimnasio no es Católico..? Eso es un chiste..

Decroly visitó Colombia en 1925 y era muy amigo de las fascista Montessori. Ambos, impulsadores de la Escuela Nueva.

María Montessori colaboró con Nieto Caballero en el establecimiento del sistema educativo colombiano, y en las Escuelas Normales, para entrenar maestros –que a su vez entrenarían a las nuevas generaciones.

Julius Siebers y Francisca Radke, ultracatólicos ambos, se colocaron al frente de la Escuela Normal de Tunja y el Instituto Pedagógico Nacional Femenino, respectivamente. Siebers, junto a su alumno Rafael Bernal Jiménez (fundador de la Facultad de Educación de la Nacional), fueron los principales impulsadores de la “reforma educativa” iniciada por Nieto y con la ayuda de Montessori y Decroly. En ambos institutos de formación de maestros, se implementó el Método Montessori y la pedagogía de Decroly, ambas muy cercanas entre sí y con profundas raíces católicas.

Allí se formaron los maestros que han enseñado a las generaciones de nuestros padres y abuelos. Todo, repito, con la bendición papal.

Entre estos “reformadores” es difícil encontrar alguno que no sea pro clerical: López de Mesa, Nieto Caballero, Bernal Jiménez, Socarrás, etc. Todos destilan catolicismo. Y no hay que culparlos… no tenían otra opción.

A lo largo de la historia de la educación en el país, han ocurrido muchísimas reformas, pero éstas siempre han quedado en manos de los mismos catedráticos. Ha cambiado la forma.. pero el fondo sigue siendo el mismo. Y el fondo siempre ha sido adoctrinar.

A pesar del caparazón “reformista” de la Escuela Nueva, las cosas no cambiaron en la práctica. Los discursos de profesores y rectores universitarios estaban recargados de lirismo prorrománico y épico; algo totalmente opuesto a las premisas formadoras del supuesto desarrollo.

El control de la educación siempre ha provisto a los jesuitas de herramientas para sus fines. Así, el antisemitismo en Estados Unidos es explicado en documentos alemanes nazis. Las disposiciones del Vaticano y los jesuitas, hacia los judíos en la preguerra pueden resumirse en un documento que reza así:

“Estudiando la evolución del antisemitismo en los Estados Unidos, notamos con interés que el número de radioescuchas del padre Coughlin (jesuita), conocido por su antisemitismo, sobrepasa los 20 millones” (Secret archives of the Wilhelmstrasse, Berlin: Documento 83-26 19/I, 25 de enero de 1939)

Los jesuitas han hecho lo que se han propuesto, siempre. Nuestro país ha estado en eternos conflictos armados porque desde las escuelas y desde los púlpitos ellos han adoctrinado personas para hagan lo que han hecho.

Donde quiera que los intereses del Vaticano requieren de que la gente se rebele contra un rey o un gobernante incómodo para la Santa Sede, ésta sabe que no encontrará gente más capaz para la intriga, el asesinato y la rebelión abierta, que los jesuitas.

Así que, el que un método tenga vestido de libertad y adelanto, no significa que lo sea. Y menos si este método ha tenido la bendición papal para su implantación, como los de Montessori, Steiner y Decroly, entre muchos otros.

El reformismos originado hacía fines del siglo XIX y comienzos de XX, tuvo nombres como los de Dewey en los EEUU, Montessori en Italia, Decroly en Bélgica, Ferrière en Francia, y otros (casi todos amparados por la Santa Sede). Ellos se inventaron métodos diversos, muchos de los cuales aún persisten. Millones de maestros han sido adoctrinados con estos métodos y hoy se hacen llamar “reformistas”, “innovadores”, “contestatarios”, “de avanzada”, etc. Todos creen estar haciendo denuncia social, renovación pedagógica y mucho más.

Si se observa, empero, el transfondo de todos estos métodos, se ve que siguen siendo dictatoriales; no sirven al propósito para el cual supuestamente fueron creados. Y a pocos les importa que un método patrocinado por Mussolini –por ejemplo-, el Montessori, tenga el descaro de publicitarse como una vía para la libertad. ¡Eso es ridículo…! Y más ridículo que educadores pretendidamente revolucionarios, libertarios, lo defiendan a capa y hoz.

La realidad, es que estos métodos solamente son nuevas herramientas para hacer el mismo viejo y sucio trabajo: adoctrinar para la obediencia ciega. La Escuela Nueva de Decroly, Montessori o el método Steiner solamente es un cambio de nombre para la poderosa y vieja maquinaria que ha mantenido a las personas en su ignorancia y oscurantismo intelectual y espiritual.

Un modelo supuestamente “libre”, como el Montessori, impone sus técnicas psicológicas fascistas de adoctrinamiento para inculcar la religiosidad romana en los párvulos. Otro sistema de “avanzada”, como el de Steiner (el “waldorf”) impregnan de espiritismo y superchería medieval las mentes fácilmente impresionables de los niños.

Un modelo “libre” en realidad es impuesto a la fuerza en colegios, jardines y universidades en una especie de dictadura filantrópica

Estos métodos han sido y serán clasistas en sus objetivos; no son libres sino que hacen esclavos; no es un modelo “natural” sino que son impuestos desde la sombra. En todos estos modelos se pregona la libertad de aprendizaje, pero el maestro siempre estará vigilando y controlando el proceso “natural”, que no es más que un experimento que pretende redituar a los de siempre. Este proceso “natural” está lleno de controles, evaluaciones y mediciones; estos modelos “naturales”, cuando se salen del cauce programado, serán intervenidos y el profesor hará las “correcciones” necesarias para que lo “natural y espontáneo” siga fluyendo “libremente.

La Escuela Nueva, esa del método Montessori, del de Steiner o del de Decroly, sigue reproduciendo en sus aulas la desigualdad social. Nunca he visto en ninguna de esas escuelas –costosas, además- nada que realmente eduque al hombre para resolver la injusticia social (y no hablo de rebelión armada, que quede claro).

Debido, precisamente, a que estos métodos “progresistas” no cambian nada en absoluto, es que los gobiernos adoptan sus propuestas metodológicas y fingen darle un vuelco progresista al sistema educativo pero, en la triste realidad, esas ‘mejoras’ solo son un embellecimiento externo de algo que está podrido desde su interior.

Los sistemas educadores “reformistas” se inventan cuanto sea necesario para que la gente les crea sus santas intenciones: cambian métodos de calificación, eliminan las tareas o las transforman en “guías de trabajo”, permiten la consulta de libros durante los exámenes, impulsan los trabajos “analíticos” y de síntesis, pregonan que ya no van desde lo particular a lo general sino al revés, que ya no califican conocimientos sino aptitudes o actitudes, que ya no se memorizan cosas sino que se aprenden ‘conceptos’ y muchas más tonterías que los padres –todavía más tontos- se siguen creyendo.

Si se observa con cuidado, las cosas no cambian: las memorizaciones (de conceptos o conocimientos) continúan, y continúan siendo impuestas por el profesor; las calificaciones siguen, ya sea con una A, con un 10 o con un 5, es igual, las mediciones siguen. Son estas mediciones las que permiten evaluar qué tan bien está siendo amaestrado el infante. Son estas mediciones las que le enseñan desde pequeño a competir y no a compartir, a jerarquizarse, a someterse a una autoridad humana (profesor, rector) que le dirá al niño si está bien o mal en su proceso; son estas mediciones las que le enseñarán que no somos iguales y que, a pesar de lo que se diga, los escalones existen. El éxito se mide por cuántos escalones se esté encima de los demás, de los fracasados. La libertad de criterio queda sujeta al criterio del calificador. El examen calificador prepara a los borregos del futuro para que se ubiquen donde deben en la escala social, dominando o siendo dominados. ¡Bonita reforma de la sociedad..!

Las famosas escuelas “libres” que utilizan los métodos ya mencionados, y que se autopregonan como “antiautoridad”, “reformadora”, “anarquista”, etc., han sido implantadas “no oficialmente” en países anglosajones de tradición protestante, y poco a poco han sido inculcadas en ámbitos estatales a modo propio (técnica jesuita).

El resultado, un falsa idea de que por fin se ha encontrado un método para hacer hombres libres, una escuela “ideal” donde las fronteras no existen y donde se puede empezar a recrear el sueño añorado de la libertad verdadera. Pero estas escuelas y métodos, como bien lo muestran sus orígenes, alianzas y benefactores, son otra forma de crear servidumbre y mediocridad. Stalin tenía esas escuelas, Castro también, Pinochet, Hugo Chávez, Mao, Mussolini, Hitler y demás, las implantaron en sus dictaduras totalitarias. El socialismo en el mundo entero hace creer que produce hombres libres y la estupidez del hombre impide ver qué clase de libertad es la que pregona este socialismo: la China de Mao asesinó millones de intelectuales, lo mismo Stalin; Castro hizo lo propio y ni que decir de los regímenes socialistas-nacionalistas de Hitler y Mussolini, éste último amigo de la Montessori y principal propagador de su método pedagógico en todo su imperio. ¡Y los seguidores de la Montessori tienen el descaro de afirmar que con su método se forman hombres libres…!

Bajo la excusa de que “el arte libera”, en estas escuelas se hace énfasis en la música, la pintura, la danza. ¡Qué imbecilidad..! Como si los músicos, pintores y bailarines fueran hombres verdaderamente libres.

Lo que hace la inclusión de las artes en este sistema, es darle apariencia de que no hay represión. Fidel Castro y Stalin han sido maestros en esto; mientras tienen sometidos a la pobreza y el hambre a sus pueblos, impulsan la enseñanza de las artes y el deporte en sus dictaduras. Serán los mejores atletas, médicos o músicos, pero seguirán siendo esclavos, como cualquier bufón de la Edad Media, o cualquier curandero judío de la Corte española de Fernando e Isabel.

La dictadura se impone en estos sistemas, de una manera un poco más soterrada. Igual, no se permite el criterio diferente al criterio “libre” que se impone en el método. El maestro toma el lugar de un dios y reemplaza a éste en las normas a seguir en la casa y en la escuela; los padres, inermes, también son llevados por los profesores a continuar con este método “libre” en casa, bajo estricta supervisión y control “libres”.

Quien quiera estudiar en una de estas “Escuelas Libres” tiene que aceptar a la fuerza sus directrices “libres”. Si no lo hacen pierde su oportunidad de ser libre a la fuerza. A los estudiantes de esos centros de enseñanza y a los padres de los niños, se les obliga a creer que allí son libres. La democracia es impuesta y no hay derecho a la réplica. Son obligados a creerse el cuento.

Los profesores “antiautoritarios” siguen subordinando a los niños y padres “libres”, y son ellos quienes toman el control y el poder del método. Dicen estos profesores antiautoritarios –como asegura nuestra ilustre amiga del Instituto Montessori- que ellos están bajo la autoridad de los alumnos. Cuando lo cierto es que esa aparente subordinación es la que usan para controlar a sus alumnos y enseñarlos a obedecer. Hipocresía jesuítica en su forma más pura.

Aquí en este foro podemos ver montoneras de “educadores libres” que quieren imponer unos métodos que antes impuso Mussolini; vemos otro que quiere llenar las cabecitas de los niños con historias de duendes, brujas, nibelungos, ángeles y arcángeles caídos o levantados, cuentos de marcianos que vendrán en sus naves a llevarnos a Marte o a Plutón donde no puede sobrevivir ni una cucaracha; otra que cada semana nos envía panfletos de jesuitas donde se autoproclaman adalides de la educación (ellos, los causantes de nuestra esclavitud y miseria), otros que insisten en que el camino es Petro y que, por eso, hay que llevar a nuestros niños a las escuelas públicas –hoy en manos de la guerrilla-, para criar buenos revolucionarios. ¡Qué miedo..! Así fue que un judío (Hitler) pudo matar a miles de miles de otros judíos; los llevó al matadero y ellos se dejaron llevar.

En todos los casos, tanto en la Escuela Libre como en la “no libre”, los métodos consiguen que se transplante la responsabilidad de los padres de educar a sus hijos, hacia la figura de autoridad del maestro. Un maestro adoctrinado hará lo justo para adoctrinar alumnos; es un principio sencillo.

Así que, mi estimada Claudia, los métodos sirven a sus propósitos.


Ante la pregunta de si quienes aplican los métodos son conscientes de que sirven a sus creadores totalitaristas, honestamente tengo que responder que no siempre. Mis abuelos, como educadores normalistas que eran, deformados con Montessori, Decroly y unos alemanes cuyo nombre no recuerdo, creían firmemente que estaban haciendo el bien. Por supuesto, educaron varias generaciones que han servido para propósitos no ideales. Sinceramente equivocados.
Respecto a la pregunta de si estos métodos promueven el totalitarismo o la religiosidad, yo creo que sí.


En cuanto a si existe algo en lo que uno pueda creer tranquilamente, sin temor de intereses de control oscuro, te diré que sí existe. Pero no encontrarás ese “algo” en ningún método educativo, ni en ningún partido político, ni en ninguna logia, ni en ningún colegio, ni en ningún líder espiritual humano. Busca tu Biblia. Allí lo podrás encontrar.

Ricardo Puentes M.
Octubre 01 de 2008.

sábado, 19 de abril de 2008

EL VATICANO, CUBA Y PANAMÀ. PARTE VII

EL VATICANO, CUBA Y EL CANAL DE PANAMÁ
Parte VII


«El poder espiritual del Papa lleva, como dependiente, el más amplio poder temporal, y jurisdicción sobre los príncipes y sobre todos los fieles de la Iglesia; de manera que, si el fin de la vida eterna lo requiere, puede el Papa deponer a los reyes, y privarles de su reino; suprimir sus leyes y edictos, no solo con censuras, sino obligándoles con penas exteriores y a fuerza de armas, sirviéndose al efecto de otros príncipes sometidos a su autoridad; pues para esto, Soberano Pontífice resume en su persona el supremo poder temporal y espiritual>>

Lo anterior lo escribió el jesuita Molina y, según esta doctrina católica sustentada con frenesí por los jesuitas, el Papa es Rey de reyes y Señor de Señores, así que tiene el derecho “legítimo” de deponerlos o –si es el caso- quitarles la vida. Por supuesto, los jesuitas no reconocen en el Papa autoridad suficiente para deponer a su propio General de la Compañía de Jesús; de resto, este “Pontífice Máximo” puede hacer lo que quiera en el mundo. Y, la verdad, lo ha hecho.

Ya hemos visto que, durante la Colonia, la Iglesia fue la institución más poderosa después de la Corona y, en algunos episodios, incluso más influyente que ésta. En América Latina, la Santa Sede tenía el control de la imprenta, diseñaba los programas educativos y también los ejecutaba. Además, filtraba el acceso a las profesiones. Siendo la única institución que controlaba el sistema educativo, la todopoderosa iglesia Católica decidía quién era competente para desempeñar cargos públicos, puestos que –cuando no había laicos aptos, ocupaban los mismos clérigos. No solo controlaba todo respecto a leyes y moralidad pública, sino que también fiscalizaba estos asuntos en cada hogar privado.

Debido a que se apropió de la educación y el control en casi todo aspecto de la vida pública y privada en nuestras naciones, su poder en las zonas rurales era exageradamente irrebatible. Tenía dominio total sobre los indígenas y los mestizos incluso en zonas apartadas e inaccesibles del país, razón por la cual la iglesia fue pocas veces retada. Quienes osaron cuestionarla, indefectiblemente terminaron mal. Pocos se salvaron de su influjo, como los negros, quienes no cayeron bajo el dominio de los misioneros españoles ya que estos preferían el clima de las montañas al de las insalubres y calurosas selvas donde habitaban muchos negros y no pocas comunidades indígenas. La única oportunidad que tenían de catequizarlos era cuando eran llevados a las cabeceras municipales. Sin embargo, no bien regresaban a sus plantaciones y minas, los negros disfrazaban a sus dioses ancestrales bajo nombres de los dioses hispanos del catolicismo.

Con el tiempo, la ideología protestante y la masonería se introdujeron en las colonias españolas en América haciendo que la Iglesia Católica sufriera algunos golpes asestados a su totalitarismo ideológico y económico. Aunque muchos “liberales” católicos que leían material proveniente de Estados Unidos y Europa, solamente buscaban una separación entre Iglesia y Estado argumentando que el influjo de la iglesia Católica había sumido a toda América Latina en la pobreza, el atraso y el analfabetismo, el clero –como respuesta- selló con el mote de “satánicos” a todos aquellos que se hacían llamar liberales. Por supuesto, los jesuitas, maestros durante siglos de las infiltraciones, hicieron mucho más que eso: Colocaron sus propios hombres en las filas liberales con el fin de que acaudillaran las huestes al regreso de la obediencia hacia clero. Un ejemplo de esto fue el mismo Rafael Núñez quien, una vez conseguido su objetivo de destruir la Constitución liberal de Rionegro, y de implantar la ultracatólica de 1886, dejó su disfraz de liberal y se declaró públicamente lo que siempre había sido en secreto: conservador proeclesial.

Al igual que en el resto de América Latina, en Colombia el protestantismo no hizo mayor mella, limitándose a órbitas muy pequeñas de comerciantes y diplomáticos extranjeros, muchos de los cuales sólo permanecían algún tiempo en los cargos en los países asignados. Fue muy poco lo que los protestantes pudieron hacer en nuestras naciones para provocar a las personas a reclamar sus libertades individuales. La sumisión al clero y el temor supersticioso hacia los jerarcas católicos a quienes consideraban –aún lo hacen- vicarios y subvicarios de Cristo, (según el rango), no permitieron que la libertad enseñada en el evangelio tuviera mayor eco en los dominios del Papa.

Por otro lado, poco antes de 1870, Pío IX y el Concilio Vaticano Primero (1870) lanzaron una ofensiva violenta para reafianzar el poder de la iglesia en sus colonias. Los jesuitas, duchos en Derecho canónico que mezclaron hábilmente con el argumento teológico y con la filosofía aristócrata, lograron ingresar de nuevo a Colombia y trabajaron fuertemente hasta conseguir -mediante la Constitución de 1886- la preponderancia de la Iglesia Católica sobre los asuntos del Estado, con la subsecuente firma del Concordato entre Colombia y la Santa Sede. Para apaciguar los ánimos caldeados de la posguerra y darles a sus fieles el consuelo necesario, revivieron –casi al mismo tiempo que en Roma- el culto al Sagrado Corazón, a la Virgen María y la doctrina de la Inmaculada Concepción, y los caballeros del Santo Sepulcro. Al mismo tiempo, lanzaron una campaña de evangelización poderosa, bautizando niños y casando parejas que vivían en “concubinato”, enviando obispos visitantes a las parroquias, y construyendo en cada municipio una iglesia. Por supuesto, con dineros del Estado y de los fieles.

Al mismo tiempo, su estrategia ideológica incluyó el re-escribir la historia para enseñarla en cada escuela y colegio donde ahora tenían pleno control y poder. Así, durante muchos años -incluso hasta ahora- se viene enseñando una historia falsa y mentirosa donde la Iglesia Católica figura como una institución que, desde el mismo comienzo del genocidio europeo sobre los nativos de América, se “opuso” a los excesos de los conquistadores; enseñan también que los misioneros lucharon al lado de los oprimidos, defendiéndolos y dando su vida por ellos. Basta tomar cualquier libro de historia –siempre escrita por la aristocracia conservadora y por los jerarcas católicos- para ver cómo saltan de sus páginas prohombres, sacerdotes, que enseñaron a indios y negros el camino a la salvación alejándolos del infierno de las ideas de libertad individual a las que tildaban de paganismo.

Y resulta que la verdad es exactamente lo contrario. La Iglesia Católica es la institución que más crímenes y genocidios ha cometido a lo largo de su nefasta historia. Desde el mismo día en que nació gracias a la sagacidad de Constantino El Grande, emperador romano, primer Papa, y quien jamás se convirtió al cristianismo. Constantino, junto a los pichones de jerarcas religiosos de la época, hombres codiciosos y corrompidos, fundaron la Iglesia Católica y se inventaron una historia hacia atrás, hasta remontarse a Pedro, el humilde pescador galileo a quien le levantaron estatua que vistieron con lujosos trajes que Pedro jamás soñó. Pero eso da para otro tema.

En esta historia patria reinventada y escrita por los jesuitas, hombres antieclesiales como Tomás Cipriano de Mosquera y otros fueron satanizados y catalogados como enemigos del progreso y la moral. En contraste, personajes autoritarios y sangrientos, como Simón Bolívar, un aristócrata que soñaba con convertirse en Rey, fueron endiosados y elevados a la categoría de mártires de la libertad perseguidos por los liberales “demoniacos”. Incluso hoy, los dictadores fieles a la iglesia, como Pinochet y Rojas Pinilla en nuestro caso latinoamericano, son considerados por las masas incultas y analfabetas como verdaderos héroes progresistas de nuestras patrias. Y eso lo han enseñado los jesuitas, amigos y patrocinadores de las dictaduras. Por algo, Samuel Moreno, actual alcalde de Bogotá y nieto de Rojas Pinilla, no tuvo reparos en afirmar que “las dictaduras son buenas”, ganándose furibundos aplausos de sus seguidores socialistas adoctrinados en las aulas de los curas.

Fue así como, controlando totalmente el órgano educativo, los jesuitas lograron que hasta los más radicales liberales no tuvieran más opción que matricular a sus hijos en los colegios regentados por sacerdotes, que eran los de mayor prestigio y los que filtraban el acceso a los poderes de la sociedad. Además, los liberales querían librarse del escarnio público de ser llamados “masones” o “hijos del diablo”. No había, pues, escapatoria, y los hijos de liberales fueron reeducados por los curas perpetuando así, generación tras generación, su control sobre la sociedad monástica que perdura hasta hoy.

Rafael Núñez, en contubernio con el arzobispo jesuita Telésforo Paul, fueron quienes llevaron al país a rendirse totalmente a los pies del Papa. Con la constitución de 1886, el concordato de 1887 y la Convención Adicional de 1892, la Iglesia salió más fortalecida que nunca. Era la curia, en cabeza del arzobispo, la encargada de aprobar o vetar los textos escolares y los programas académicos de escuelas, colegios y universidades. Por medio de la Constitución el Estado quedó obligado a subsidiar con millonarias partidas presupuestales la labor “evangelizadora” de la Iglesia. Increíblemente, en las regiones rurales se le concedió a la Iglesia Católica el desempeñar funciones administrativas y judiciales. No es exagerado afirmar que la Iglesia controló totalmente el país. Para nuestra propia ruina.

Con la llegada de Núñez al poder –que detentó en posteriores administraciones en las que él era asesor-, los oligarcas liberales quedaron sin influencia política y sin parte del manejo presupuestario de la nación, y esto ocasionó un descontento que se fue agravando con el paso de los días. José Manuel Marroquín, un hombre pacifista dentro de la dirigencia del partido conservador, asumió la presidencia durante un periodo de enfermedad del anciano Sanclemente, y aprovechó para sacar adelante reformas que incluyeran a los jefes liberales decretando medidas para la transparencia de las elecciones. Los liberales frenaron su deseo de guerra ante estas disposiciones con las cuales se sentían satisfechos. Sin embargo, Sanclemente regresó al poder y acabó de un solo tajo con este proyecto de medidas. Entonces, los liberales le declararon la guerra al gobierno conservador. Cabe reafrimar que la razón principal de esta guerra no fue la causa de los pobres, sino el hecho de que los conservadores no participaban a los liberales del poder y de la repartición de los contratos y los dineros públicos.

Años antes, en 1878, Aquileo Parra había firmado con Francia un contrato para construir un canal interoceánico. Los Estados Unidos estaban interesados en construir otro canal en Nicaragua pero los franceses, para la época de la Guerra de los Mil días, debido a que no habían podido terminar el canal y estaban a punto de perder su inversión, le ofrecieron a los norteamericanos venderles el canal de Panamá a medio construir y, de ñapa, les prometieron el dominio sobre toda la región de influencia de éste.

William Mc Kinley, presidente de Estados Unidos, protestante metodista, se rehusó firmemente a las pretensiones de los franceses, quienes actuaban soterradamente a escondidas de Colombia. Tampoco quiso el presidente norteamericano inmiscuirse en el conflicto colombiano de Panamá.

Corría el año 1898. Cuba todavía era una colonia española y los isleños sufrían tratos degradantes de parte de las fuerzas militares del gobierno español. Los abusos eran difundidos ampliamente por la prensa de Estados Unidos que publicaba constantes notas de repudio en reportajes del New York World, dirigido por Joseph Pulitzer, y en el New York Journal, dirigido por William Randolph Hearst. Los Estados Unidos tenían inversiones en la isla que no estaban siendo respetadas, como tampoco lo estaban siendo los derechos humanos de los cubanos que clamaban por ayuda al presidente Mc Kinley. Poco después, el comercio entre Cuba y Estados Unidos se interrumpió. Se percibían vientos de guerra. La opinión pública reclamaba una intervención en favor de Cuba, y presionó ferozmente al Congreso de los Estados Unidos para que interviniera militarmente. Era el primer año del mandato de Mc Kinley y él no quería intervenir a pesar de la decisión del Congreso.

Un año antes, en 1897, el presidente del gobierno español, Práxedes Mateo Sagasta, había intentado solucionar el conflicto concediendo al pueblo cubano y a los portorriqueños una autonomía parcial; también suprimió los campos de concentración en Cuba, creados por el capitán general de la isla, Valeriano Weyler. Pero estas medidas resultaban insuficientes para los insurgentes cubanos -dirigidos por José Julián Martí hasta 1895 y por Máximo Gómez desde entonces-. Los cubanos querían su independencia completa.

Los revolucionarios cubanos siguieron solicitando la ayuda de Estados Unidos, mientras luchaban valientemente contra el imperio español. A pesar de que Mc Kinley no quería intervenir militarmente, envió el acorazado Maine al puerto de La Habana -al cual arribó el 25 de enero de 1898- con el propósito de proteger las vidas y bienes de los ciudadanos norteamericanos residentes en la isla. Menos de un mes después, el buque explotó misteriosamente y doscientas sesenta personas murieron. Redfield Proctor, senador de los Estados Unidos, pronunció un discurso en el Senado en marzo de 1898 en el que describió las inhumanas condiciones de vida que había presenciado en Cuba. Como consecuencia de esto, el Congreso presionó nuevamente al presidente Mc Kinley para que exigiera a España que se retirara inmediatamente de Cuba.

Para mediar en el conflicto sin necesidad de llegar a una confrontación armada, el gobierno estadounidense ofreció comprar a Cuba y le pidió a España que les vendiera la isla. Gracias a los oficios de los esbirros del Papa en Estados Unidos, el general Miguel Correa no sentía temor de una posible intervención militar de Estados Unidos, así que el gobierno español rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

Inmediatamente, Estados Unidos le declaró la guerra a España mientras el Congreso norteamericano emitía resoluciones donde reconocían la independencia de Cuba. Mc Kinley quiso dejar muy en claro que, a pesar de la intervención de Estados Unidos, jamás reclamarían dominio sobre la isla ni contraprestación alguna, aparte de la seguridad de sus ciudadanos, sus bienes y sus vidas.

En diciembre de 1898, en un tiempo record de tres meses, Estados Unidos ganó la guerra y, gracias a ello, se consolidó como una potencia mundial. Pagó una millonaria suma en dólares a España por Filipinas y Puerto Rico, mientras dejaba a Cuba en completa libertad de dirigir sus destinos.

Entretanto, en Colombia –como ya vimos- los terratenientes liberales y conservadores aún eran partidarios de explotar grandes extensiones de tierra con pretensiones endógenas, internas y locales, utilizando la mano de obra barata de campesinos mestizos, indios, mulatos y negros, a quienes prácticamente tenían esclavizados. Sin importarles mucho los sufrimientos de los desfavorecidos, los comerciantes preferían una política dirigida hacia la exportación de materias primas. Esto ocasionó, en últimas, las principales diferencias en cuanto a lo que debía ser una política de economía nacional.

La mayoría de quienes preferían el librecambio, el libre comercio, la libre competencia y el control de la economía en manos de particulares, se unieron bajo las banderas del partido liberal; en tanto que quienes estaban a favor de la explotación de campesinos a manos de terratenientes, y a favor de la defensa de los latifundios y el control económico en manos de las instituciones proeclesiales que se habían heredado de la Colonia, se arroparon bajo las sábanas del conservatismo.

Sin embargo, ambos bandos, tanto liberales como conservadores (ambos dirigidos por católicos), eran conducidos por las clases dominantes cuyos representantes se habían dividido por sus preferencias en estas cuestiones. Así que, como siempre, quienes en realidad peleaban esas guerras –y todas las demás- fueron las clases populares. Ni los latifundistas ni los comerciantes burgueses empuñaron las armas para pelear personalmente sus guerras. Engañaron a los campesinos mestizos, mulatos, indios y negros con promesas que jamás cumplieron. Igualmente, los sacerdotes, desde cada púlpito en cada parroquia donde ejercían su poder, también participaron del engaño amenazando a sus fieles con la excomunión o el infierno si no tomaban las armas para defender a sus líderes políticos y religiosos, nombrados –decían y aún dicen ellos- directamente por Dios.

Con todo, no se puede desconocer que algunos liberales de la época declaraban que la inmensa mayoría de colombianos, que eran campesinos paupérrimos, tenían derecho a ser declarados trabajadores libres con derechos acordes a la tendencia norteamericana. Y tampoco se podrá ocultar que los conservadores no quisieron soltar la mano de obra barata y se aprovecharon de los intereses comunes con la Iglesia para que ésta, por medio de la religión, declarara que esas ideas liberales y norteamericanas eran producto de las maquinaciones del diablo.

Es muy claro que la Iglesia Católica brindó todo su apoyo al partido conservador; y que los gobiernos conservadores favorecieron impúdicamente los intereses económicos de la Iglesia. También es muy claro que, muy por encima de los ideales liberales, tanto los dirigentes liberales como los conservadores buscaban su propio bien; querían el poder para sí mismos. Los cacareados ideales liberales en pro de la defensa de las clases populares bien pronto se olvidaron durante y después de las guerras. Tanto que, especialmente en esta guerra de los Mil días, muchos comerciantes –los más poderosos comerciantes eran liberales- se enriquecieron aún más con la importación y venta de armas de fuego y municiones. Después de la guerra, la aristocracia liberal y conservadora no tuvo reparo en unir sus capitales para fundar bancos y diferentes empresas prósperas que surgieron gracias al sacrificio de los pobres –la milicia rasa- quienes hicieron posible la riqueza de esas familias que aumentaron sus caudales sobre la sangre del pueblo que ofrendó sus vidas y las de sus hijos en guerras que nunca fueron suyas. Nuevamente, quienes resultaron ganadores, fueron los oligarcas y la Iglesia.

En el fragor de la guerra, los curas llamaban al orden y al sometimiento a los terratenientes, bajo la excusa de que la rebelión era un pecado, mientras que -al mismo tiempo- instaban a la rebelión en contra de los enemigos anticlericales con el argumento de que pelear a favor de la Iglesia era pelear al lado de Dios. “A luchar por nuestra religión.. Dios lo quiere.. ¡Católicos! (...) Por Jesucristo que nos dará la victoria..! Por su Sagrado Corazón que de un modo tan patente nos ha protegido..! (...) ¡Viva la religión..!”

Los jesuitas –¡claro que sí..!- llevaban a cabo sus operaciones comerciales con su tradicional sigilo; habían fundado en las colonias católicas, so pretexto de la religión, agencias comerciales, establecieron plantaciones en las que sus esclavos, negros o indios, trabajaban a latigazos, para recordarles que Jesús también sufrió, así que su sufrimiento y esclavitud eran voluntad divina, para la honra y gloria del Creador. Pero en varias ocasiones estos truhanes fueron desenmascarados y la gente pudo comprobar quiénes eran en realidad los llamados Compañeros de Cristo.

Los jesuitas habían quebrado en Sevilla, donde también se descubrió que se dedicaban al contrabando. Con todo, estos pequeños “errorcillos” no produjeron tanto efecto en la opinión pública como sí lo produjo la quiebra escandalosa de la Compañía de Jesús en la isla Martinica, ocupada por los franceses. En Martinica, el provincial jesuita Lavalette había adquirido tierras, y comprado más de dos mil esclavos negros; el dinero lo había conseguido en París, Marsella y otras ciudades. El curita se ideó la manera de hacerlo sin levantar sospechas: los jesuitas enviaban barras de oro cubiertas por una capa de chocolate, empacadas en cajas y consignadas al provincial jesuita de la Compañía de Jesús en España. Un funcionario de la aduana, sospechando del peso exagerado de los chocolates, abrió una caja y descubrió el engaño. El gobierno confiscó el contrabando y los padrecitos jesuitas no se acercaron nunca a reclamar sus chocolaticos.

Así que, en octubre 7 de 1899 empezó la guerra de los Mil días. Una alianza entre facciones de conservadores y liberales dio un golpe de Estado contra Sanclemente, quien fue obligado a traspasar el poder a Marroquín. Benjamín Herrera, liberal, intentó invadir Panamá en 1901, en contra del Tratado Mallarino-Bildack, que en 1846 se había firmado entregando a Estados Unidos la protección de la soberanía de Colombia sobre el istmo debido a la incompetencia del gobierno colombiano para defender a Panamá de la Corona inglesa que pretendía apropiarse de ella, como ya se habían apropiado de numerosas regiones en Centroamérica.

Para la época en que Benjamín Herrera incursionó en Panamá, en 1901, Sanclemente y Marroquín habían enviado una comisión diplomática a Estados Unidos para convencerlos de que construyeran el Canal interoceánico por Panamá, y no por Nicaragua, como pretendía hacerlo Mc Kinley. El intento de Herrera de apoderarse de Panamá militarmente fue visto como un ataque por los norteamericanos, así que fueron rechazados por los marines estadounidenses que impidieron que el revolucionario Benjamín Herrera se tomara la zona del Canal y la Ciudad de Colón. El presidente Mc Kinley estaba a favor de la constitucionalidad y respetó el Tratado firmado en 1846.

Pero los jesuitas ya tenían planeada su próxima jugada. Mientras fundaban el partido social demócrata ruso, en Estados Unidos habían infiltrado a un hombre en las altas esferas del poder presidencial. Habían logrado apropiarse de la vicepresidencia del país. Theodore Roosevelt entraba en acción.

Como Mc Kinley no quiso ceder a la presión de los capitalistas norteamericanos –manejados por los jesuitas- (mismos que preparaban la revolución bolchevique y que habían financiado a Marx y Engels para sentar las bases del comunismo), negándose a entregarles Cuba a los intereses monopólicos de los millonarios, dueños de la banca estadounidense; y como Mc Kinley tampoco accedió a las pretensiones de los banqueros en Panamá, este presidente fue asesinado por manos criminales controladas desde la Santa Sede.

Y Theodore Roosevelt, la ficha de los jesuitas, subió a la presidencia dictando medidas que beneficiaron a quienes lo llevaron al poder. A pesar de que el Congreso de Estados Unidos había creado en 1899 la Comisión del Canal Ístmico que había estudiado todas las posibles rutas y se había decidido por la ruta nicaragüense, en 1902, bajo el control de Roosevelt, la Comisión cambió intempestivamente de opinión y recomendó hacerlo por Panamá. A pesar de que durante el gobierno de Mc Kinley éste se había negado a negociar con Francia prefiriendo hacerlo con el gobierno colombiano directamente, la política de Roosevelt se encaminó en sentido contrario.

Theodore Rooselvelt decidió torcer la famosa “doctrina Monroe”, y le añadió el llamado “Corolario Rooselvelt” que daba licencia a Estados Unidos de ejercer “un poder policial” sobre América Latina e intervenir militarmente donde quisiera y cuando así lo creyera conveniente. Esa es la política que rige a Estados Unidos hasta hoy; esa es la política jesuítica que ha logrado utilizar el poderío militar de Estados Unidos a favor de sus intereses en Afganistán, Serbia, Irak, Alemania, Panamá y muchas naciones más.

Así que, a pesar de que el presidente Mc Kinley intervino para liberar a Cuba del yugo español, dejando claro que Cuba era libre y soberana, Therodore Roosevelt invadió militarmente a Cuba y República Dominicana, entre 1905 y 1906 respectivamente, controlando las economías de ambos países para beneficiar los intereses económicos de las grandes empresas gringas. Con todo, ganó el Premio Nobel de la Paz en 1906.

Los mismos banqueros gringos utilizaron el poderío estadounidense para impedir que Panamá fuera tomado por los liberales, e intervinieron a favor del gobierno conservador que rogó a Roosevelt para que trajera tropas norteamericanas a Panamá con el fin de frenar las avanzadas de Herrera.

Y Roosevelt, finalmente, terminó apoderándose de Panamá.

Theodore Roosevelt era miembro de la Orden de la Calavera y los Huesos (Order Skull and Bones), llamada también como “la Orden” (The Order), cuyo emblema es una calavera con dos huesos cruzados, muy similar al usado por los bucaneros. Esta fraternidad nació en la Universidad de Yale en 1832 y es considerada como una orden masónica independiente, es decir, no inscrita en ninguna gran Logia regular. De igual manera, buscan los mismos ideales de poder basados en una mezcla del Iluminismo jesuítico con las ideas de Hegel.

A esta secta masónica han pertenecido los presidentes Theodore Roosevelt, William Howard Taft, Bill Clinton, George Bush y George W. Bush, padre e hijo, entre otros. También perteneció a ella Prescott Bush, padre y abuelo de los anteriores. Igualmente, perteneció a ella el militar y político estadounidense George Catlet Marshall, Secretario de Estado, iniciador del famoso Plan Marshall en Europa, y premio Nobel de Paz en 1953.

Investigadores de la Orden, le atribuyen no solamente actos de vandalismo y delincuencia común, sino que aseguran que la mayoría de los socios estarían implicados en una serie de crímenes que van desde el narcotráfico hasta políticas eugenésicas para reducir drásticamente la población del Tercer Mundo y de las minorías étnicas en EEUU.

Como ya lo mencionamos antes, Alberto Rivera –el valiente ex jesuita que fue asesinado por desenmascarar a los hijos de Loyola, aseguró que “el Opus Dei es otro brazo de los Jesuitas, así como los Banksters (banqueros gangsters), masones, los illuminati, el CFR (Council of Foreing Relations, Consejo de Relaciones Exteriores), el movimiento de la Nueva Era, Trilateral Comission (la Comisión Trilateral), el Club de Roma, los Bildebergers, Skull and Bones, el Bohemian Grove, El Comité de las 300 (así se llaman las familias de élite más ricas) - Rothschilds en Inglaterra y los Rockefellers en América, etc. A través del Opus Dei, manejan los partidos demócratas cristianos, igual que los partidos políticos de centro y centro derecha, así como los poderosos sindicatos entre otros”. (Eric Jon Phelps, Los asesinos del Vaticano)

Por eso, no hay tal como nos quieren hacer creer los medios de comunicación, cuando nos muestran un enfrentamiento entre los Clinton y los Bush. Son hermanos de logia, de esa siniestra hermandad controlada por los jesuitas para lograr su propósito de un gobierno mundial (el Nuevo Orden Mundial) bajo la cabeza del Papa.

Napoleón Bonaparte, antes de ser seducido por los jesuitas, hizo la siguiente declaración:

“Los Jesuitas son una organización militar, no una orden religiosa. Su jefe es un general del ejército y no un simple sacerdote o un abad de un monasterio. La meta de esta organización es el PODER. El poder en su forma más déspota. Poder absoluto, poder universal, poder para controlar el mundo por la voluntad de un sólo hombre. El Jesuitismo es el más absoluto de los despotismos; y a la misma vez el mayor y el más enorme de los abusos...”

O esta otra declaración de un investigador:

No había forma de disfrazarse que ellos no poseyeran por lo que podían penetrar en cualquier lugar. Podían penetrar silenciosamente tanto en el guardarropa de un monarca como en el gabinete de un jefe de estado. Podían infiltrarse de forma secreta en una Asamblea General y mezclarse sin provocar sospecha alguna en las deliberaciones y los debates. No había idioma que ellos no pudieran hablar, ni credo que no profesaran sin embargo no había iglesia en la que ellos incursionaran ni membresía de iglesia a la que pertenecieran que continuara funcionando. Ellos podían desacreditar al Papa ante los Luteranos, y jurar su intención solemne de guardar el juramento. (J.A. Wylie, La Historia del Protestantismo, Vol. II, p. 412. -citado en Sydney Hunter, ¿Es Alberto Real?, Chick Publications, página 13.)

Por eso, no es extraño que el Papa Benedicto XVI haya sido recibido con todos los honores debidos al más poderoso líder político del planeta. George W. Bush, por primera vez en la historia de las visitas de jefes de Estado y monarcas a Estados Unidos, fue a recoger al Papa al aeropuerto, un “honor” que nadie más ha recibido. Por eso es que el Papa posó para la foto con los Clinton, Obama y Bush, en un claro mensaje al mundo de que el jesuitismo ha triunfado en los Estados Unidos.

Charles Chiniquy, otro valioso hombre, ex sacerdote, que denunció las intenciones de los Jesuitas sin haber abandonado todavía sus hábitos, nos hace pública una declaración de los Jesuitas que tiene hoy una escalofriante vigencia, a pesar de haber sido escrita hace más de 100 años, en el siglo XIX. Dicen los jesuitas:

“Los americanos se consideran una raza grande e inconquistable. Miran a los pobres católicos irlandeses con un desprecio total como si los mismos fuesen útiles únicamente para cavar sus canales, barrer sus calles y trabajar en sus cocinas. Que nadie despierte esos leones dormidos, hoy día. ¡Oremos porque continúen durmiendo durante muchos años más y que cuando despierten se encuentren con que ya nadie les favorece y que serán sacados de cada posición de honor, de poder y de riqueza!... ¡qué voluntad será la que nombre a los llamados gigantes cuando ni un senador o miembro del Congreso será elegido a menos que se haya sometido al santo padre, el Papa!

No sólo elegiremos al presidente sino que dominaremos a los ejércitos, escogeremos los hombres para la marina y tendremos la llave del tesoro nacional! Entonces ¡sí! gobernaremos a los Estados Unidos y los pondremos a los pies del Vicario de Jesucristo, para que le ponga fin a su sistema de educación que se encuentra ausente de Dios y a sus leyes impías de libertad de conciencia, que son un insulto a Dios y al hombre! (Charles Chiniquy, Fifty Years in the Church of Rome. Chick Pulications, pp. 281-282)

Hoy, Estados Unidos está sucumbiendo al poder jesuita que controla las finanzas, los medios de comunicación, las empresas de entretenimiento, los jueces y el Congreso.

Antes, aunque la Santa Sede había colocado presidentes afectos al Papa, (Bush, Roosevelt, Clinton, etc) su poder estaba limitado por un Congreso de mayorías protestantes. Hoy, Estados Unidos de América, un país con inmensa mayoría protestante, no sólo tiene presidente, sino que su Congreso es de mayoría católica.

Los jesuitas han colocado a Estados Unidos a los pies del Papa. Cumplieron con su labor, como siempre lo han hecho.

Para desastre de la humanidad.


Ricardo Puentes Melo.
Abril 16 de 2008.

sábado, 19 de enero de 2008

VATICANO, IDOLATRÍA Y GUERRAS, PARTE IV

VATICANO, IDOLATRÍA Y GUERRAS
Parte IV


Sergio Arboleda, conservador e intelectual perteneciente a una familia católica prestante, declaró en 1867 que la República atravesaba una difícil situación y denunció, entre varios asuntos, la explotación que sufrían “las razas inferiores”, es decir, todos aquellos que no pertenecían a la raza blanca europea. Dijo también –cómo no- que para conjurar esta ‘terrible situación’ era necesario adelantar una moralización del país, y que esta misión debía encargársele a la Iglesia Católica a través de la educación. Como muestra para nosotros hoy, Arboleda apoyó su idea aduciendo que los miembros de la institución –la iglesia- “toman al niño en la cama, le dan su nombre, lo dirigen en la infancia, lo aconsejan en la juventud, le consuelan en la vejez, le asisten en el lecho de muerte, y su poder se extiende hasta más allá del sepulcro..(...) El clero puede salvarnos y nadie puede salvarnos sino el clero”

Este terrible cuadro nos da una idea clara de la profunda influencia y control que tenía la iglesia –aún la tiene- sobre la vida de las personas en nuestros países latinoamericanos. Cuando dice Arboleda que “su poder se extiende más allá del sepulcro”, se refiere a la creencia de que los sacerdotes tienen poder para sacar las almas de los difuntos del purgatorio o condenarlas a los más profundos infiernos. El destino de las almas dependerá –claro que sí- de si los familiares sobrevivientes están en capacidad de pagar o no las correspondientes misas y donaciones a la ‘santa’ madre iglesia.

Pocos años antes, en 1857, Napoleón III, cómplice y aliado del Vaticano, había desatado la guerra de Crimea, con la excusa de brindar protección a los lugares sagrados y colocar su custodia bajo la influencia de los jesuitas. Francia puso 100.000 muertos en esta absurda guerra (¿cuál guerra no lo es...?) que pronto fueron declarados como “mártires de la fe” por monseñor Sibour, obispo de París. Este mismo personaje declaró que: “la guerra de Crimea entre Francia y Rusia no es política, sino una guerra santa. No se trata de un Estado que lucha contra otro Estado; personas que pelean contra otras personas, sino una guerra religiosa, una Cruzada”.

En 1863 Francia realiza una expedición a México con el objetivo de transformar la república seglar en imperio y ofrecérselo entonces a Maximiliano, archiduque de Austria. Como todos sabemos, Austria era el principal sostén del papado, así que había otro objetivo importante en la expedición a México: levantar una fuerte barrera que impidiera la influencia de las ideas protestantes de Estados Unidos sobre los países latinoamericanos, que estaban en poder del papado. Además, el Vaticano quería vengarse de las medidas en contra de los bienes de la Iglesia (incluida la desamortización) que se habían decretado en 1856.

Así que Maximiliano I de Habsburgo, hermano del emperador de Austria Francisco José I, fue emperador de México desde 1864 hasta 1867, fecha en que fue capturado y fusilado por el liberal republicano Benito Juárez. La Revolución Francesa le estaba saliendo muy cara a Francia. Debido al apoyo del Vaticano al trono imperial, los franceses fueron llevados a pelear en muchas partes del mundo, defendiendo intereses ajenos. Entretanto, la Prusia protestante ganó la guerra contra Austria asestando un terrible golpe al Vaticano y los Habsburgo. No obstante, el Vaticano ya tenía la mano vengadora, “el dedo de Dios”, “el hombre enviado por la Providencia” para combatir a la nación ‘hereje’: Napoleón III. Aunque el emperador sabía que Francia no estaba lista para una confrontación con la poderosa Prusia, el Vaticano lo empujó a la guerra. Así que Francia declaró la guerra a Prusia. Gastón Bally dijo que “esa guerra de 1870, como la historia lo demostró, fue obra de Jesuitas”. (En: Les Jesuites)

Bismark falsificó el famoso “telegrama de Ems” y los franceses católicos, instigados por los jesuitas, no se detuvieron a confirmar el contenido del mensaje. Los jesuitas tenían mucha prisa para encontrar un pretexto para la guerra y así ocurrió. Las consecuencias, todos las conocemos: Francia colapsó y los acontecimientos le dieron una gran justificación para el contragolpe papal.

Así, Francia fue conquistada y los jesuitas obtuvieron su victoria. ¿Por qué ganan los jesuitas si estaban también del lado de los derrotados..? Por la misma razón que buscaban al instigar a Napoleón a la guerra con Prusia a sabiendas de su segura derrota. El Vaticano siempre gana en cualquier confrontación. Actúa como lo hacen los buitres sobre la carne de los muertos. Se nutre de la carroña.

Años antes, en 1789, cuando ocurrió la Revolución Francesa, el sacerdote Marquigny anunció que los principios de libertad que inspiraron la revolución, serían sepultados para siempre. Cosa que celebrarían en la iglesia en Montmartre, París, levantada por ellos, donde consagrarían arbitrariamente a Francia al Sagrado Corazón. Después de tres años, cuando los prusianos abandonaron Francia, los jesuitas salieron de sus escondites para aprovecharse de la desesperanza del pueblo, de sus muertes y miserias. Las personas, buscando consuelo en algún lugar, lo hallaron fácilmente en las prácticas místicas de los jesuitas quienes se fortalecieron, como lo han hecho en las guerras del siglo XX.

Aseguraban los clérigos católicos después de la guerra, que ésta había llegado como consecuencia del castigo de Dios debido al terrible pecado del pueblo francés. ¿Cuál era ese abominable pecado contra el Creador..? “La revolución de 1789, ese es el crimen que debemos expiar”. Aseguraban los jesuitas que la revolución Francesa, aquella que enarboló la bandera de la lucha por los Derechos Humanos, había causado la ira de Dios, engaño que, en los años de la posguerra Franco-prusiana, logró que los jesuitas reforzaran su poder controlando escaños políticos y manejando a su antojo y conveniencia el sistema educativo francés.

Así, mientras México era invadido por Austria y el Vaticano, instaurando el imperio de Maximiliano, en Colombia Tomás Cipriano de Mosquera ganaba la guerra contra el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez; guerra que había sido instigada por los jesuitas que convencieron a Ospina Rodríguez de su conveniencia. Así lo reconoció el cónsul norteamericano George W. Jones, quien escribió a su gobierno que los jesuitas habían ejercido presión sobre Ospina “para inducirlo a preparar la revolución, facilitándole dinero para llevar a cabo la guerra civil y rehusando la absolución de los católicos que no estuvieran del lado de los conservadores”.

Esta declaración se filtró a la prensa de la época y el clero pronto salió a desmentirla. Pero era tan fuerte la evidencia, que la Iglesia se justificó diciendo que la guerra había ocurrido porque había un complot para apoderarse de los bienes eclesiásticos.

Mosquera, pues, aún en medio de la guerra inconclusa, ordenó la disolución y la expulsión de los jesuitas y decretó la desamortización de los bienes de la Iglesia. Con esa desamortización, Mosquera esperaba cubrir gran parte de la deuda externa y el déficit fiscal interno.

Mediante estas medidas en contra del clero, Mosquera pretendía confirmar de una vez por todas la superioridad del Estado sobre la Iglesia; Mosquera sabía que la dominación real del imperio español tenía su sustento en el Vaticano. Se decretó la tuición de cultos y el arzobispo de Bogotá protesto enérgica e inútilmente. Ante la solicitud de revocatoria del decreto, por parte del arzobispo, el gobierno de Mosquera respondió negativamente aduciendo que tal medida era necesaria debido “a las agresiones (...) de vuestro clero, que por medio (...) de palabra y de obra ha perturbado el orden sacudiendo la sociedad..”.

Cuando se hicieron las cuentas, se llegó a la conclusión de que los bienes y riquezas del clero ascendían a cerca de 12 millones de pesos, es decir, tres veces el presupuesto de ingresos de la Nación de entonces. La cifra hubiera sido muchísimo más alta. Pero los astutos curas, durante la administración de Santander en la Gran Colombia, habían vendido la mayor parte de sus tierras, joyas, oro, plata, obras de arte y otros tesoros, y habían guardado el dinero en el exterior.

Contra la medida de Mosquera, la Iglesia contraatacó instigando a los fieles católicos a que se alzaran violentamente contra las autoridades civiles. Entonces, el papa Pío IX, el mismo que patrocinó la expedición a México para instalar el imperio de Maximiliano I, y el mismo que promulgara el dogma jesuítico de la “infabilidad papal” aceptando la declaración de los jesuitas de que el papa era el “rey del mundo” y que todo debería quedar sujeto a los pies del pontífice; este papa Pío IX, que también redactaría el famoso “Syllabus errorum” condenando todos los principios democráticos de las naciones, escribió una carta pastoral al arzobispo y a todos los obispos del país condenando “todos los gravísimos daños y ultrajes que la Iglesia, sus individuos y sus cosas y esta misma Santa Sede han sufrido de parte del gobierno neogranadino, y reprobamos y condenamos con toda nuestra autoridad Apostólica, todas y cada una de las cosas decretadas, efectuadas o de cualquier manera intentadas por dicho gobierno..” (En El Conservador, Bogotá, diciembre 5 de 1863)

Mosquera le respondió que protestaba contra “la conducta hostil del pontífice romano, que no es dueño de Colombia..” Naturalmente, el presidente Mosquera fue excomulgado pero a él poco le importó ya que contaba con el apoyo del ejército. Entonces, el cura Vicente Bernal, párroco de la Ermita de Monserrate, le escribió al papa asegurando que Mosquera pretendía introducir el protestantismo en el país.

Mosquera apresuró la venta de los bienes desamortizados y estos fueron adquiridos por especuladores y terratenientes. Sucedió todo lo contrario a lo que supuestamente buscaba Mosquera. El presidente propugnaba públicamente por una reforma agraria que beneficiara a los campesinos, pero lo que resultó fue que hubo una mayor concentración de la propiedad de la tierra, aumentando enormemente las riquezas de las oligarquías. En Antioquia la desamortización no se pudo hacer a cabalidad debido a la oposición feroz de los fieles católicos, mientras que en Bogotá el proceso transcurrió con cierta normalidad. Entre los mayores compradores de los bienes de la Iglesia estuvieron Medardo Rivas, notable historiador y oligarca bogotano que se apropió de inmensas propiedades a lo largo de la ribera del río Magdalena, despojando a los moradores –junto con otros miembros de la oligarquía bogotana- e importando campesinos desde otros lugares para talar los bosques y sembrar las tabacaleras que aumentaron muchísimo más las riquezas de la clase dominante y explotadora. De ahí derivan sus fortunas los Rivas, los Montoya, los descendientes de Sergio Arboleda y otras familias del Cauca, Valle y Bogotá. También se beneficiaron con la venta de los bienes en Bogotá: Jesús María Gutiérrez, Meliton Escovar, Juan de Dios Muñoz, José Borda, Fernando Párraga y Dámaso Gaviria. En Boyacá se beneficiaron los Montejo, antepasados de los Santos, dueños de El Tiempo. El asunto es que los bienes eclesiásticos, todos, fueron adjudicados a las personas más influyentes y adineradas de la sociedad. Y el presidente Mosquera era uno de ellos. Por supuesto, también se beneficiaron los comerciantes que aprovecharon el momento y amasaron sus fortunas, entre estos, los López (poderosa familia de presidentes, empresarios y dueños de medios), y los Samper, otra poderosa familia que ha controlado –junto a otros apellidos- todas las instancias de la vida en Colombia: industria, comercio, educación, finanzas, legislación, poder ejecutivo y judicial.. en fin.. Ya pueden ustedes entender que la presencia de ciertos apellidos en la vida nacional no llega de la noche a la mañana por favor de Dios, sino que surge de la rapiña que se hizo a los pobres. Igual podemos ver cómo nació la dinastía de los Rojas Moreno; su abuelo Gustavo Rojas Pinilla se enriqueció enormemente cuando fue dictador de Colombia y hoy podemos ver a su hija y nietos apropiados de una enorme tajada del poder. Ah.. y todo con la anuencia de los curitas, como siempre.

Los jesuitas, queriendo vengarse de Mosquera buscando derrocarlo para poder regresar al país, agudizaron la guerra conduciendo a los conservadores a formar guerrillas para combatir a Mosquera. Al final de ésta, aunque ganaron los liberales, el país quedó mucho más sumido que antes en la miseria y la desesperanza.

Una vez adjudicados los bienes de la iglesia a los ricos liberales, Mosquera se sintió más seguro y se reunió con algunos de ellos en Bogotá para reorganizar el país. Se convocó la Convención de Rionegro donde se aprobó la Constitución de 1863. Esta Constitución ha sido, en opinión de la mayoría de expertos, la más liberal de todas las que han existido. En ella se consagraron los derechos individuales, se abolió la esclavitud, se eliminó la pena de muerte, se implantó la libertad de pensamiento, de imprenta y de palabra y la libertad religiosa, entre otras. Tan ambiciosa era esta Constitución que Víctor Hugo, el gran pensador y escritor francés, defensor de las libertades individuales y civiles, dijo que ésta era una Constitución “para un país de ángeles”. Y de ella surgieron los Estados Unidos de Colombia.

Entonces, el Vaticano instó al ecuatoriano Juan José Flórez a invadir Colombia y tomar Túquerres. Esto obligó a Mosquera a desplazarse hacia Nariño, situación que aprovecharon los jesuitas para instar a un levantamiento militar de los conservadores en Antioquia contra el gobierno liberal de Pascual Bravo en ese Estado. Ganaron los conservadores quienes derrocaron a Bravo y nombraron a Pedro Justo Berrío como presidente de ese Estado, uno de los nueve que conformaban la nación. Manuel Murillo Toro, presidente de la confederación después de Mosquera, reconoció el gobierno de Berrío. De ahí en adelante, durante la duración de los Estados Unidos de Colombia, la iglesia instigó y patrocinó continuamente el accionar de las guerrillas conservadoras.

Y no solamente eso. La iglesia también penetró los círculos liberales que habían inspirado la Constitución de Rionegro, y sembró en las mentes de algunos caudillos liberales, como la de Manuel Murillo Toro, ideas del socialismo que los curas habían ensayado con los indios Guaraníes en las Reducciones paraguayas. No en vano Murillo había sido alumno de los jesuitas, igual que José María Rojas Garrido y Manuel María Madiedo, quien fuera el precursor del socialismo católico en Colombia.

Tomás Cipriano de Mosquera había abandonado la presidencia en 1864, debido a la obligación constitucional. Pero fue elegido de nuevo en 1866. En este, su cuarto mandato, Mosquera propuso una revisión de los remates de los bienes desamortizados de la iglesia ya que no se había cumplido el objetivo de que estos quedaran en manos de campesinos y no de terratenientes y comerciantes. Para infortunio de Mosquera, el Congreso estaba compuesto en su mayoría por estos comerciantes, terratenientes y curas, así que el presidente comenzó a ser atacado desde todos los frentes buscando torpedear su gestión y desacreditarlo ante la opinión pública. Mosquera atacó al Congreso en una alocución pública y éste respondió con medidas que limitaban el poder presidencial. La iglesia, que estaba deseosa de venganza debido a la expulsión de los jesuitas y del arzobispo Arbeláez, apoyó el golpe de Estado que le propinó el general boyacense Santos Acosta, familiar de los Samper, dinastía de comerciantes.

En 1870, los ricos comerciantes iniciaron la era de los bancos. Se fundó el primer banco privado, el Banco de Bogotá, con 107 accionistas procedentes de las mismas familias de siempre, entre las cuales estaban los Samper, obviamente. Los jesuitas también estaban entre los principales accionistas.

En Antioquia, familias poderosas como los Ospina, los Uribe, los Vélez y los Restrepo se hicieron a cientos de miles de hectáreas estableciendo sus haciendas en las márgenes del río Cauca. Al contrario del modelo norteamericano, que no permitía la posesión de la tierra por encima de la capacidad de la familia para trabajarla, aquí –y en toda Latinoamérica- el modelo a seguir fue la apropiación de grandes extensiones de tierras, cosa que agravó el tema agrario perpetuando la desdicha y la pobreza de los eternos malogrados: el pueblo común y corriente, ignorante y católico.

Por su parte, la iglesia se valió también de la Constitución liberal de Rionegro para fortalecerse en las regiones – estados de la nación. Como la Constitución decía que el Estado Central no podía intervenir en las guerras “internas” de cada Estado de la Unión, el clero pudo instigar el levantamiento conservador en Antioquia para derrocar la autoridad legítima con la seguridad constitucional de que el gobierno central no intervendría. Otra consecuencia de esta constitución liberal, “hecha para ángeles” no para hombres educados por jesuitas, fue que el ejército del gobierno central se debilitó mientras que los ejércitos de algunos Estados de la Unión se hicieron muy poderosos. Alvaro Tirado Mejía calcula que durante la vigencia de la Constitución de Rionegro ocurrieron cerca de 40 rebeliones y levantamientos regionales, y una guerra a nivel nacional, la de 1876-1877, auspiciada por la iglesia Católica, ¡por quién más habría de ser..! que insurreccionó a los conservadores en contra del gobierno central liberal. La guerra fue acaudillada por los Estados de Antioquia y Tolima, ambos conservadores pro eclesiales.

Entretanto, en la Francia derrotada por Prusia, los jesuitas ganaban con la conquista. Mediante una ley se les autorizó a construir la basílica del Sagrado Corazón en la colina de Montmartre, en París, en pleno corazón de la Revolución Francesa. Era el cumplimiento de las palabras del clérigo que había anunciado que esos principios inspiradores de la revolución serían pisoteados. La basílica era el símbolo de la victoria de la Compañía de Jesús. El cura Olivier dijo en esa ocasión que: “la basílica del Sagrado Corazón simboliza el arrepentimiento de Francia y expresa nuestra firme intención de reparar los errores. Es un monumento de expiación y reparación.” Inmediatamente, los jesuitas empezaron a trabajar en la restauración de la Orden y de la monarquía, esto último infructuoso a pesar de las continuas y remozadas peregrinaciones organizadas por ellos hacia los santuarios de la virgen de la Medalla Milagrosa en París, y al de Lourdes. El pueblo francés, no obstante su apariencia externa de piedad y devoción católica, internamente mantenía un obstinado rechazo contra las pretensiones de poder político de la iglesia. A pesar de que los jesuitas estaban controlando la educación de los niños hijos de las clases medias que tenían el poder, tratando de que estos aborrecieran la república y ansiaran la monarquía, otra cosa les enseñaban los padres en sus hogares, los mismos que habían luchado para derrocar la tiranía monárquica pro eclesial.

Mientras en Francia ocurría esto, en Colombia los jesuitas, proscritos pero presentes, organizaron la guerra de 1876-1877 bajo la excusa de “problema religioso” causado por la enseñanza laica que algunos Estados de la Unión querían implantar. Los Estados de Antioquia y Tolima, conservadores y clericales, armaron fuertes ejércitos con armas modernas y los curas encabezaron la lucha “revolucionaria” a favor de la moral y la religión. Sin embargo, los mismos ideales egoístas implantados por los jesuitas en sus alumnos, produjo el fracaso de estos ejércitos. Los líderes de Antioquia querían gobernar cuando ganaran la guerra, y los líderes tolimenses y del Cauca buscaban lo mismo. Los antioqueños esgrimían su superioridad racial como garante del derecho a gobernar, mientras que los “negros del Cauca”, también conservadores, no estaban dispuestos a que los antioqueños los dejaran sin parte del botín. Por conveniencia, se firmó la paz.

Pero los jesuitas ya tenían adelantada la redacción del Concordato que afirmaría el poder papal en la región. Pero, para que éste se firmara, la Constitución de Rionegro debía terminarse. ¿Cómo lograrían anular la Constitución y establecer otra que se acomodara a sus ambiciones...? Como siempre lo han hecho. Con su especialidad: La guerra.


Ricardo Puentes M.
Enero 16 de 2008.

domingo, 13 de enero de 2008

VATICANO, EDUCACIÓN Y POBREZA PARTE 3

VATICANO, EDUCACIÓN, POBREZA Y SOCIALISMO
Parte III


Como era de esperarse, tras la guerra de independencia de las colonias españolas, toda la región quedó sumida en la ruina, lo cual favorecía a la Compañía de Jesús, como ya vimos. Los bandoleros, antiguos militantes patriotas que se habían quedado sin trabajo, merodeaban, atracaban y asesinaban; la situación era dramática. Junto a las clases dominantes, surgió otra: la oligarquía militar. Refiriéndose a ésta, el general Páez escribió: “los militares aspiraban a ver premiados con usura sus servicios a la patria, a que se les conservaran sus fueros y exenciones..” Y para ellos buscaban que frente al gobierno estuvieran individuos de su misma clase.

En Colombia, luego de las administraciones de Santander y José Ignacio de Márquez Barreto, presidente procedente de una familia latifundista con cercanos vínculos sanguíneos con altos prelados del clero, la iglesia Católica resultó fortalecida. Márquez permitió nuevamente que los bienes de la iglesia fueran desamortizados e hizo posible otra vez que la iglesia pudiera adquirir tierras.

La situación para el pueblo vino a resultar peor que la que tenía bajo la corona española. La aristocracia criolla perpetuó las instituciones coloniales y, bajo la excusa de la nueva situación, sometió al pueblo a impuestos más altos y elevados niveles de segregación.

De ahí en adelante, las consecuentes administraciones le dieron cada vez más prebendas a la iglesia Católica y, aunque se tenía cierta tolerancia hacia los demás grupos religiosos, era evidente la preponderancia de la iglesia Católica y su injerencia en todos los asuntos del Estado. Durante la administración de Pedro Alcántara Herrán, su ministro del Interior, Mariano Ospina Rodríguez –en 1842- agenció el regreso de los jesuitas. Igual que lo han sabido los aristócratas de todo el mundo, Ospina sabía que si quería un pueblo sujeto y servil, nadie mejor que los jesuitas para lograrlo. Por ello le entregó a la Compañía de Jesús la educación en el país, con la misión especial de abrir colegios en los lugares apartados de la nación, para consolidar el poder central y la obediencia a éste. Se creó una policía escolar y se uniformó al estudiantado de los colegios más pudientes. Valga la pena recordar que los descendientes de Ospina Rodríguez se dedicaron al narcotráfico desde tiempos bien tempranos a mediados del siglo XX; otro de sus descendientes fue secretario general de la administración de Lucho Garzón en Bogotá, del partido socialista Polo Democrático.

El método de enseñanza de los jesuitas

Igual que siempre lo ha hecho, la Compañía de Jesús utiliza el misticismo –cargado de temor- para instruir a sus alumnos y prepararlos para una vida de obediencia ciega a las órdenes de las autoridades eclesiales. El sacerdote jesuita F. Charmot escribió: “El método pedagógico de la Compañía, consiste en rodear primeramente a los alumnos con una gran cadena de oraciones.. (...) ¡No nos preocupemos de dónde y cómo se inserta el misticismo en la educación..! No se hace por medio de un sistema o una técnica artificial, sino mediante infiltración por ‘endósmosis’. Las almas de los niños son impregnadas por estar en estrecho contacto con maestros que están literalmente saturados con el misticismo..” También escribió este jesuita que: “el objetivo del profesor jesuita es que por medio de su enseñanza se propone formar, no una élite cristiana intelectual, sino cristianos elitistas”. (F. Charmot, S.J., “La pedagogie des Jesuites”)

Esto, respecto a la educación que impartían en las clases altas. En cuanto a las clases bajas, la gente del pueblo, la técnica también les funcionó bastante bien, pero con otro propósito: el de esclavizarlos y someterlos para manejarlos como sirvientes. Cuando subyugaron a los indios guaraníes bajo las Reducciones en Paraguay, donde ensayaron los primeros pasos del moderno socialismo, allí, los jesuitas pusieron en evidencia el tipo de educación que impartían: los sacerdotes eran paternalistas, todo era de propiedad de la iglesia y nada era de los indios; los jesuitas les ordenaban qué hacer y cómo hacerlo y hasta elegían las parejas para el matrimonio. Ninguno de los indios podía ser sacerdote y mucho menos jesuita. Los hacían levantar muy temprano, iban a misa y luego a trabajar. En su camino al trabajo, tenían que cantar himnos religiosos y siempre iban precedidos por alguna imagen religiosa. En la noche, después de la jornada laboral, los indios regresaban a la Reducción, también cantando himnos religiosos y los ponían a rezar el rosario. El sistema de castigo para los “errores” de los indios, era usando el látigo, el ayuno y la prisión; también los avergonzaban públicamente. Los padres jesuitas convirtieron al indio en un católico muy devoto, supersticioso al extremo, que imaginaba apariciones y milagros por todos lados y que encontraba cierto placer en la autoflagelación. El indio aprendió a obedecer a los sacerdotes y creyeron que su palabra era la palabra de Dios, un Dios que jamás conocieron.

El propósito de la educación jesuita era, es y será, impedir que sus alumnos piensen por sí mismos y que su cotidianidad esté cargada de un profundo temor supersticioso. Como lo escribió un jesuita contemporáneo: “El jesuita no olvidará que la virtud característica de la Compañía es obediencia total de la acción, la voluntad y aun del criterio... Todos los superiores estarán obligados de la misma forma a otros superiores a ellos, y el Padre General lo estará al Santo Padre...”

Los mismo principios que usaron con los indios guaraníes los han aplicado siempre, en todos los países y pueblos donde han estado. Los mismos principios que se inculcan en las iglesias “evangélicas” donde la obediencia ciega a los pastores es una ley y quien la viole, dicen, se expone al castigo de Dios y a cientos de maldiciones para el desobediente y su descendencia. La misma obediencia que exigen los líderes socialistas bajo amenazas de fusilamiento. Ya no es la virgen María sino la “madre Rusia”, “la madre Cuba”, “la madre Venezuela” o la “madre Patria”, en todos los casos se ordena ciega obediencia. La obediencia ciega es, definitivamente, un precepto jesuita.

Pero, ¿cómo ‘inoculan’ el misticismo en sus alumnos..? ¿Cómo es que forman esos ‘cristianos elitistas’ de los que habló el jesuita Charmot..?

Algo sumamente importante en los jesuitas, es la adoración a la virgen María. Es su sello distintivo. Aunque la Biblia no menciona nada de adorar a la madre de Jesús, sí nos cuenta que los pueblos paganos y espiritistas adoraban a la “Reina del Cielo”, una deidad que siempre aparecía con un niño en brazos y que tiene su origen en la religión babilónica. Los mismos teólogos y estudiosos católicos han asegurado, con muchísima razón, que la verdadera religión de los jesuitas es la adoración a la virgen María.

Ignacio de Loyola aseguraba que la virgen María lo había inspirado cuando escribió sus famosos “Ejercicios Espirituales”, una versión antigua de los “Encuentros Espirituales” que César Castellanos y su esposa Claudia aseguran que Jesús les dictó palabra por palabra. Encontramos relatos de jesuitas que tenían visiones de la virgen, y otro –en 1851- que cuenta la historia de un novicio que luchaba constantemente contra los deseos de la carne y al cual la virgen se le aparecía constantemente para fortalecerlo y “darle a probar la sangre de su Hijo y el consuelo de sus pechos” (J. Huber, “Les jesuites”)

Este misticismo jesuítico también es aplicado en las iglesias evangélicas pentecostales. Sus adeptos viven escuchando todo el día música de Marcos Witt o cualquier otro cantante, amanecen escuchando emisoras “cristianas” o canales de televisión “cristianos”; viven ayunando y flagelando continuamente su cuerpo mediante la abstención de alimentos, sin ningún propósito aparte de obtener milagros ya que sus pastores les enseñan que dando dinero y ayunando se “obliga” a Dios para que haga el milagro. Estos pastores también inducen a sus fieles a un constante temor de satanás y los demonios y enseñan que el diablo y demás potestades espirituales pueden controlar nuestras vidas a menos que se diezme y ofrende, y se castigue la carne. Las instrucciones de los pastores alcanzan hasta el lecho matrimonial. Dice César Castellanos que, debido a que las relaciones sexuales pueden ser poco santas, la pareja, inmediatamente antes de cada relación, debe arrodillarse a orarle a Dios para tener su permiso y, de paso, impedir que los demonios controlen los pensamientos de la pareja durante la relación. Increíble pero cierto.

Cuando la doctrina de la “inmaculada concepción” fue inventada por el franciscano Juan Duns Escoto, la Orden la aceptó con entusiasmo y se dedicó a propagarla por el mundo. También lograron los jesuitas que Pío IX la convirtiera en dogma de la iglesia en 1854.

“Cuando llegaron a la iglesia de San Miguel, en Munich”, relata Bucher en sus ‘Obras completas’, “los jesuitas presentaron toda clase de reliquias de la madre de Dios, ofrecieron a los fieles algunos trozos del velo de María, varios mechones de su cabello y pedazos de su peine, y se instituyó un culto especial para adorar tales objetos.. (...) Esta adoración degeneró en manifestaciones inmorales y sensuales, especialmente en los himnos que el padre Jacques Pontanus le dedicó a la virgen María. El poeta expresaba que no había nada más hermoso que el seno de María, nada más dulce que su leche, y nada más agradable que su abdomen..”

Ese fetichismo erótico hizo que los jesuitas tuvieran bastante éxito en la educación de los indígenas americanos.

En Italia, donde la Orden echó raíces antes de expandirse, vemos su influencia en los artistas del renacimiento cuyas obras están cargadas de un pronunciado sensualismo religioso. Desde el principio, “los alumnos de los jesuitas son demasiado clericales, devotos y absortos como para preservar estas cualidades. Las visiones e iluminaciones extáticas los dominan; literalmente se embriagan con las pinturas de las aterradoras mortificaciones y los tormentos atroces y de los mártires”, cuyos rostros reflejan –en las pinturas- un rictus masoquista de placer causado por el dolor. Toda esta teatralidad y pompa religiosa tenía y tiene por objeto el impactar las mentes.

Los jesuitas propagan sus prácticas idólatras gracias a que controlan el trono papal. El fin justifica los medios, es la máxima jesuítica que ellos han implementado en la religión, la política, la economía y, en general, en todos los aspectos de la vida de sus alumnos. El padre Barri decía que no era importante la manera de entrar al Reino de Dios, sino que lo vital era entrar. En su teología, el padre Barri dice que no interesa el conocimiento de la Biblia ni su estudio, sino que al paraíso se entra por medio de rezar constantemente el rosario, día y noche, en esas oraciones repetitivas, llevando siempre un rosario como brazalete, o una imagen de María, una medallita o una estampa y, por supuesto, obedeciendo ciegamente al clero católico en la tierra.

Así, pues, tenemos que los colegios jesuitas impregnan las mentes de los niños con este misticismo, con los escapularios, las imágenes, las reliquias, el relato de los milagros y apariciones de la virgen María –Lourdes y Fátima-, la adoración del Sagrado Corazón y otras cosas que nos dan una idea de la manera en que los niños y jóvenes son trabajados durante años. Eso es parte de la manera en que se forman “cristianos elitistas”.

Aunque enseñan filosofía y ciencias, los jesuitas se cuidan para que el sistema de aprendizaje imponga subrepticiamente a sus alumnos la obediencia completa a la iglesia. La “cadena de oraciones” con la que son ‘rodeados’ los alumnos de los jesuitas, no son otra cosa que lo mismo de las oraciones de santeros y chamanes, cargadas de brujería y espiritismo.

Como dice Boehmer de los jesuitas: “Ellos no creían en la libertad, lo que resultó fatal para la enseñanza”.

Por esta razón es que entendemos que los independentistas, educados por jesuitas, jamás pretendieron aliviar las cargas del pueblo. Los maestros de la Orden los habían educado para sentir profundo desprecio por las “castas inferiores” o por los blancos pobres. Los oligarcas, entonces y ahora, han considerado que quienes no son de su clase no son sus iguales y no merecen los mismos privilegios y derechos. Al respecto, recuerdo que escuché en una reunión social a un ministro de educación que hablaba con sus “iguales” acerca de la educación en Colombia, más exactamente refiriéndose a la Universidad Antonio Nariño, que ha hecho papel importante en permitir el acceso de gente sin recursos a educación de alta calidad. En ese entonces, se estaba ejerciendo una presión enorme por parte de los dueños de otras universidades privadas, para que cerraran la Antonio Nariño. Dijo el ministro a sus amigos, en medio de carcajadas: “Vamos a cerrarla.. Es que esa vaina de que los pobres se eduquen no puede ser... Nos friegan a nosotros, caray...”

En Estados Unidos, donde a comienzos de su vida independiente de la corona británica, los jesuitas no controlaban la educación, las personas tenían igualdad de acceso al sistema educativo y a los cargos públicos. Con los años, esta pretendida libertad se ha perdido y ahora, la educación controlada por los jesuitas, ellos han pervertido esos principios negando el derecho a la igualdad educativa. Universidades como Harvard, Yale, Cornell y Georgetown, entre otras, son controladas por la Orden y es de allí que han emanado los dirigentes del país que se han encargado de seguir las normas elitistas de los jesuitas.

Aprovechándose de la libertad de enseñanza en los países protestantes, como Estados Unidos, donde la educación existe como un derecho real de los ciudadanos, los jesuitas inculcan los principios de obediencia ciega a sus alumnos. Por este motivo, los egresados que llegan a gobernar les dispensan protección a los jesuitas y les ofrecen beneficios a cambio de que la Orden siga inculcando en la juventud la obediencia y el sometimiento a este nuevo tipo de monarcas. Los jesuitas tienen bajo su control a los opresores de los pueblos. Y cabe pensar que si el sistema educativo de los jesuitas es bueno para que los tiranos se beneficien de la obediencia de los desamparados, eso quiere decir que los educados por la Compañía de Jesús no están preparados para ejercer la libertad, ni para respetarla.

Es increíble, sin embargo, que siempre se recomendará a los jesuitas como educadores. Los opresores lo hacen porque les conviene, mientras que los oprimidos aspiran ilusamente a entrar –por medio de la educación de los jesuitas- a formar parte de la clase dirigente. El record de presidentes, ministros, obispos, jueces y empresarios que han pasado por sus aulas es verdaderamente impresionante. Así que esto deslumbra a todos los padres quienes imaginan que el sistema de enseñanza de los jesuitas hace que los alumnos aprendan más y mejor. Eso es falso. Si bien el sistema educativo en Colombia, y en especial en ciudades como Bogotá, está bajo el control de FECODE, el sindicato de maestros, FECODE, a su vez, está bajo el control de los jesuitas. A ellos no les interesa que el pueblo tenga una educación de calidad. Y la prueba está en el bajísimo y vergonzante nivel que demostraron nuestros estudiantes en la reciente prueba en la que se compararon las competencias de los alumnos con las de otros países. Fue un verdadero fiasco. Abel Rodríguez, el responsable de la educación en Bogotá, fue ratificado por el nuevo alcalde quien, entre otras cosas, defiende la tesis de que la educación pública debe ser totalmente controlada y dirigida en pénsum y demás, por FECODE, el sindicato que está en manos de los jesuitas. Y Samuel Moreno defiende esta tesis a pesar de que él se educó fuera del control de FECODE, en otro colegio elitista controlado por curas. Moreno y todos los socialistas saben que debe haber dos tipos de educación: Uno para los futuros gobernantes y otro para los gobernados. Los jesuitas saben que, de cualquier manera, teniendo ellos el control en ambos tipos de establecimientos beneficiarán su causa.

Si echamos una rápida mirada a los países donde la Compañía ejerció predominio en la educación, vemos sus efectos: atraso e ignorancia. Todos los países católicos estuvieron a la cola del progreso y la ciencia: España, Sudamérica, Nápoles, los cantones italianos, Suiza y Francia fueron naciones atrasadas y supersticiosas bajo en control católico. Por otro lado, Holanda, Inglaterra, Alemania, de donde los jesuitas fueron expulsados a finales del siglo XVI, progresaron e impulsaron fuertemente la ciencia.

Mientras las naciones liberales avanzaban, las católicas se sumían en la oscuridad. Pero los jesuitas no pudieron frenar durante mucho tiempo la penetración de las ideas liberales en sus vastos dominios. Mientras los métodos de educación, basados en un concepto de libertad, progresaban, la influencia de los jesuitas mermaba. A pesar de que durante el siglo XVI los jesuitas llevaban la delantera, a partir del siglo XVIII se volvieron anacrónicos.

El dogma de la “infabilidad papal”, inventado por los jesuitas, ya no tenía tanta preeminencia como antes. Sin embargo, en los países católicos, este dogma continúa vigente y es altamente conveniente para los intereses de la Orden. Gracias a los concordatos, y a las representaciones diplomáticas (otro “acierto” de los jesuitas cuando apoyaron que el Vaticano ejerciera como Estado político), en cada país del mundo el Vaticano tiene un representante acreditado que ejerce como líder espiritual, moral y político. Con la excusa de la moral, el dogma de la infabilidad papal es tremendamente conveniente para ellos. Prácticamente el papa ejerce hoy una autoridad ilimitada sobre la conciencia de sus fieles.

Y donde quiera que no tengan preeminencia religiosa, o donde las ideas reformistas hayan penetrado, el Vaticano crea los famosos partidos católicos. Mismos que han llevado al poder a Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet, Salvador Allende y varios más. La iglesia Católica, por medio de estos partidos, no ha dudado en apoyar tiranos de la peor clase, siempre que sirvan a sus intereses. Tienen a Fidel Castro controlando la educación y las finanzas de la isla; tienen a Hugo Chávez quien, bajo la mentira de la revolución, ahora controla constitucionalmente todo el sistema educativo de Venezuela, excluyendo cualquier tipo de educación que no se apegue a sus dogmas, controlando lo que la gente debe leer y lo que no.

Aquí, en Colombia, sucede algo parecido –igual que en todos los países con Concordato, pretendidamente ‘democráticos’. Las personas no tienen opciones. Están obligadas a leer lo mismo, no les han enseñado otro idioma –lo que limita sus posibilidades-. Solamente tenemos El Tiempo que nos informa lo que sucede. A propósito, este periódico está dirigido por los Santos, masones –que son controlados por jesuitas- y socialistas; mientras unos miembros de esta familia patrocinan al partido de la oposición, el Polo Democrático, apoyado también por las FARC, otros miembros están con el gobierno. Aunque el mismo Tiempo editorializa jocosamente sobre el asunto, haciéndolo ver como algo cómico y garante de la “democracia”, lo cierto es que ellos ya tuvieron presidente y quieren colocar otro en 2010. Eduardo Santos, masón y presidente de Colombia, dueño de El Tiempo, durante su presidencia abrió las puertas del país a los asesinos nazis y los asiló proveyéndoles de dinero y empresas, gracias a la solicitud directa del papa.

Por otro lado, los “protestantes” -que no lo son de ninguna manera- prefieren leer libros de Benny Hinn, K. Kuhlman, César Castellanos o cualquier otro de esos timadores, que verificar sus creencias y dogmas. Estos “protestantes” prefieren seguir ignorando que el Vaticano está infiltrado en sus iglesias, que sus pastores repiten como loros preceptos jesuíticos, que la música “cristiana” no es más que otro negocio lucrativo y que la televisión y las editoriales “cristianas” –todo junto- no les deja ver la verdad; ellos quieren seguir ignorando que los jesuitas están asesorando al mismo tiempo al gobierno y la guerrilla, que están en los medios de comunicación, que son dueños de bancos y entidades financieras que cada día –mediante la usura- sumen más y más en la miseria a los colombianos pobres que no ven otra salida que acudir a ellas para obtener una casa paupérrima que terminan pagando hasta seis y siete veces su valor, y que, en caso de que no puedan seguir pagando, la vivienda les es expropiada sin importar que ya hayan cancelado el 70% o el 100% del valor original.

No es exagerado afirmar que la raíz de todos los males de Latinoamérica se encuentra en Roma. Tampoco es exagerado afirmar que nuestros países jamás saldrán del atraso, la ignorancia y la pobreza. Estamos bajo el yugo del Vaticano y éste jamás permitirá que los latinoamericanos abran sus ojos y vean que tanto la izquierda socialista como la derecha conservadora están, igualmente, bajo control de los jesuitas. Esta es la razón, la verdadera razón por la cual no hay escapatoria.

A quien le parezca exagerado este deprimente cuadro, lo remito a las palabras del jesuita Bartoli, quien escribió una historia de la Compañía de Jesús: “No tiene la Compañía ningún vestido particular, y donde hay razón para ello, o la costumbre del lugar lo reclama, podemos cambiar el que usemos.” “Habiendo excitado los nuevos herejes, en el norte de Europa, antipatías hacía el hábito religioso, se consideró prudente que los miembros de la Compañía usaran trajes que no les impidieran vivir familiarmente con los que debían convertir. Por esta misma razón nuestros misioneros en la China y en la India, se visten de Mandarines y de Brahmanes, que son los más respetables en aquellos países; y en las naciones heréticas los transformamos en mercaderes, médicos y artistas, y hasta en criados, para poder desempeñar nuestras misiones sin despertar sospechas.”. (El énfasis es mío)

Sí. La Compañía de Jesús es una institución política y religiosa, acaparadora de la riqueza, esclavista y mercantil. Ellos actúan donde pueden obtener lucro económico.

Un japonés que disfruta de visitar continuamente Perú y Colombia, asegura que se siente realmente sorprendido de que nuestros países latinoamericanos –en especial Colombia- tengan tanta miseria. Dice él que, literalmente, estamos muriéndonos de hambre mientras estamos sentados sobre la riqueza.

Eso es cierto y no es casual. Pero es que la Orden, dominando todos los ámbitos de la vida, incluso a los grandes “pensadores” y escritores han impedido que las personas entiendan que la verdadera causa de nuestra situación son ellos, los jesuitas, “los hijos de Satanás”, como los describieron acertadamente algunos sacerdotes católicos valientes que se retiraron de la Compañía.


Ricardo Puentes M.
Enero 12 de 2008

lunes, 7 de enero de 2008

VATICANO, TERRORISMO Y EVANGELIO PARTE II

EL VATICANO, EL NARCOPARACOTERRORISMO,
LA GUERRILLA, LOS EVANGÉLICOS
Y EL POLO DEMOCRÁTICO.
Todos bajo una sola cobija
PARTE II


Desde su llegada al continente americano de mano de las coronas española y portuguesa, fieles al papa, los jesuitas se involucraron activamente en las políticas internas y externas de los países donde estaban, afectando negativamente las condiciones de vida de los pueblos y haciendo un esfuerzo feroz para que las ideas renovadoras del racionalismo y la ciencia no llegaran a sus dominios ya que esto haría muy difícil la permanencia de su yugo sobre tales naciones.

Los jesuitas participaban y controlaban todas las áreas de la vida de los individuos. Política, educación, religión, asesoría matrimonial.. nada escapaba a su influjo. La economía tampoco. Se consagraron al comercio y a la bolsa de valores. Incluso su Colegio Romano, rector de los colegios y universidades jesuitas en el mundo, se dedicó a hacer grandes cantidades de telas en Macerata, Italia, que luego vendía a cómodos precios por todo el mundo donde tenían dominio. Sus negocios en la India y en América eran prósperos e influyentes. A ellos no les molestaba defender la causa de los esclavos negros en Cartagena de Indias y, al mismo tiempo, tener vastas plantaciones en Martínica, cultivadas por esclavos negros. Esa ha sido una constante del Vaticano. La iglesia Católica jamás ha despreciado la oportunidad de obtener ganancias económicas mediante sus conquistas “espirituales”. Tal y como sucedió en Paraguay –con las famosas reducciones- y en otras partes del mundo, los jesuitas aprovechaban al máximo la mano de obra de los paganos o, como diría Hitler (al servicio del papa), la mano de obra de las castas inferiores para hacerlos trabajar gratis.

Los hijos de Loyola tenían refinerías de azúcar, minas de plata, plantaciones de cacao, fábricas de alfombras, haciendas ganaderas, servicios de préstamos, etc.. Igual que hoy: son dueños de bancos, empresas de televisión, periódicos, industrias, equipos de fútbol, equipos de básquetbol y de béisbol, editoriales, sellos discográficos y, por supuesto, también controlan los principales partidos políticos. Están en todas partes, ya sea mediante fundaciones y organizaciones no gubernamentales “sin ánimo de lucro” que defraudan al fisco, o como columnistas obligados en los grandes periódicos; pueden estar al lado del presidente y, al mismo tiempo, asesorando a la oposición ideológica y armada. En Colombia conocimos el caso del padre Cancino, miembro del “grupo de los seis”, quienes controlan y orientan el accionar de los paramilitares; también sabemos del cura jesuita Francisco de Roux, cercano a la izquierda, cuyo hermano es cabecilla del Polo Democrático, partido político de orientación socialista que es apoyado por la guerrilla de las FARC. El sacerdote Castro, de la Conferencia Episcopal, bien puede un día estar asesorando al presidente Uribe y, al siguiente, alojar como invitado al guerrillero Granda para luego acompañarlo a Cuba donde Fidel, fiel católico, a quien le estrecha la mano y le da el parte de victoria. Muy diversificados los padrecitos.

Una de las maniobras que usaban los jesuitas durante la Colonia para estafar al fisco, se evidenció en la conocida historia de las famosas cajas de chocolate que eran ingresadas por la Orden a Europa. En realidad, las cajas no contenían chocolate sino oro en polvo. Por algo, el obispo Palafox, enviado por el papa Inocencio VIII como visitador apostólico, le escribió al pontífice que: “toda la riqueza de Sudamérica está en manos de los jesuitas”.

Fue precisamente la inmoralidad y la codicia de la Orden, sus intrigas políticas y sus frecuentes crímenes, lo que les ha ganado que una y otra vez sean expulsados de los países donde han sido acogidos. En Paraguay, por ejemplo, donde instituyeron las Reducciones (comunas) de indios guaraníes bajo su control total, los jesuitas habían hecho el ensayo de lo que posteriormente instaurarían en Rusia: el comunismo.

Fue allí donde los jesuitas armaron por primera vez una guerrilla revolucionaria. Sucedió así:

España y Portugal firmaron un tratado en 1750 para establecer los límites de sus colonias en Sudamérica. El tratado firmado le concedía a Portugal el territorio donde, precisamente, los jesuitas trabajaban explotando y esclavizando a los indios guaraníes. Los jesuitas no iban a renunciar tan fácilmente a sus dominios y sus vastas plantaciones, así que armaron a sus conversos guaraníes y libraron una prolongada guerra de guerrillas que finalmente obtuvo la victoria para los jesuitas ganando ese territorio “para la corona española”. ¿Por qué no movieron sus influencias para que el rey de Portugal los dejará seguir con su negocio..? Pues porque el primer ministro de Portugal, el marqués de Pombal, a pesar de ser discípulo de jesuitas, había acogido ideas de filósofos franceses e ingleses que eran contrarios al papado. Poco después de finalizada la guerra en Paraguay, el marqués expulsó a todos los jesuitas de Portugal y sus dominios y logró que el papa Benedicto XIV investigara a la Compañía de Jesús.

El error de los Jesuitas en Paraguay, dejándose llevar por su codicia, tuvo fuertes repercusiones en Europa que llevó a la Orden al borde de su desaparición. Lo de Portugal tuvo un efecto dominó. En Francia se confiscaron sus propiedades, en España los Borbones prohibieron todos los establecimientos de los jesuitas en la península y en sus colonias. Los gobiernos de Parma, Nápoles y Malta los desterraron. El rey Carlos III apresó a 6.000 jesuitas y los envió al papa Clemente XIII quien estaba siendo presionado por las principales cortes europeas para que suprimiera la Orden. “Por fortuna” para los jesuitas, cuando el papa Clemente XIII estaba a punto de acceder a esa exigencia, y había ya convocado un consistorio donde anunciaría a los cardenales su decisión de suprimir definitivamente la Orden, el pontífice murió envenenado.

Pero el papa Clemente XIV, el sucesor del difunto, finalmente firmó la disolución en 1773. Poco después, este papa también murió envenenado.

Así, los jesuitas, aunque legalmente no existían, siguieron funcionando en Rusia, el único país que no los había proscrito. Conocido es de todos que el zar era defensor de la libertad religiosa. Los jesuitas lo enfrentaron por este motivo, buscando que la educación de los rusos quedará en sus manos. Lograron convertir al catolicismo a varios miembros de la familia del zar, y algunos de sus ministros, y todo esto llevó al zar a firmar el decreto que los expulsaba de Rusia, en diciembre de 1815. Finalmente, en 1820 los desterraron de toda Rusia. Pero ellos juraron volver. Como en efecto lo hicieron vengándose sobre la casa del zar: trajeron la revolución bolchevique a Rusia y sumieron al valiente pueblo ruso en la esclavitud socialista, misma que habían ensayado ya en Paraguay.

Los jesuitas en el siglo XIX
Durante los años de su proscripción, los jesuitas permanecieron en el anonimato y se mezclaron con el clero común y con otras órdenes, lo cual los ayudó a sobrevivir. Siguieron viviendo en Francia, Austria, España e Italia. En 1794, en Bélgica, fundaron la Sociedad del Sagrado Corazón, un cuerpo docente, y fundaron órdenes alternas, como la de los Hermanos de la Fe, que en 1799 se fusionarían, uniéndose a su vez con los jesuitas rusos. Poco a poco fueron cobrando vida de nuevo, para desventura de las naciones.

La Revolución Francesa le dio un nuevo aire a la Compañía de Loyola. Las monarquías, temerosas de que lo sucedido en Francia les ocurriera a ellos, recurrieron de nuevo a los jesuitas ya que sabían de sus capacidades para manipular a las masas. El mismo Napoleón I, quien había prometido que bajo su imperio no habría cabida para los jesuitas, una vez coronado como emperador, se valió de la ayuda de ellos para el establecimiento de un sistema educativo que mantuviera al pueblo sometido y alejado de las ideas revolucionarias protestantes.

Los jesuitas idearon la famosa “Congregación”, una hermandad precursora del Opus Dei, formada por eclesiásticos y laicos prestantes que lograron colocarse en posiciones influyentes en el ejército, la docencia, la administración, el comercio y la magistratura. La Congregación realizaba “misiones” a diferentes partes, incitando al pueblo a la rebelión y a la defensa armada de los intereses del papa. Cualquier parecido con el partido comunista clandestino colombiano, no es mera coincidencia.

En resumen, durante todo el siglo XIX, la Orden sufrió muchos altibajos. Fue expulsada y restituida varias veces en diferentes países. Donde quiera que los defensores de la mentalidad liberal ganaban el poder político, de allí eran expulsado; pero si ganaban los conservadores, nuevamente eran reestablecidos.

En países donde el protestantismo era mayoría, increíblemente los jesuitas vivían en relativa calma. Y esto se debía a que en esas naciones esa maléfica organización no podía –en esa época- ejercer control político ni financiero. Estos países donde permanecieron sin ser molestados fueron: Estados Unidos, Inglaterra, Suecia y Dinamarca.

Pero en estos países los jesuitas también encontraron la forma de influir. Paulatinamente, de manera serpentina, desplegaron una actividad constante y fructífera, gracias a que no eran restringidos por la ley, y penetraron todos los estamentos religiosos, políticos y económicos de estas naciones protestantes.

John Adams, el presidente de la Unión, le escribió en 1816 a Thomas Jefferson: “Muchos de ellos se presentarán bajo más disfraces de los que haya usado jamás un jefe de los bohemios: como impresores, escritores, editores, maestros de escuela, etc. Si alguna asociación de personas ha merecido condenación eterna en esta tierra y en el infierno, es esta Sociedad de Loyola. Sin embargo, debido a nuestro sistema de libertad religiosa, sólo podemos ofrecerle refugio”.

Los temores de Adams estaban justificados. Los jesuitas, cien años después, ya controlaban la política estadounidense, colocando presidentes que han servido a sus fines, como Clinton, Roosevelt, Nixon, Reagan, Bush padre, Bush hijo y otros más de los cuales ya hablaremos. Los jesuitas lograron, gracias a su control sobre la educación de Sudamérica y otras partes del mundo, que los niños y jóvenes odiaran todo lo que encarnaba el ideal de la Constitución de los Estados Unidos: las libertades individuales. No es gratuito el odio visceral hacia todo lo que tenga color gringo. Y es que esta tenebrosa orden, controlando los grandes capitales norteamericanos, han hecho que sus empresas siembren el terror y exploten la mano de obra de latinoamericanos en nuestra propia tierra logrando el objetivo doble de lucro para ellos y odio hacia el pueblo norteamericano vulgar y llano de ideas protestantes. Ese es el modus operandi de ellos.

Así, en el siglo XIX, la Orden pudo mantener su control en los sistemas educativos de los países bajo su influencia. Pero hagamos un paréntesis de la situación de los jesuitas en el mundo, y veamos qué sucedía en Colombia después de la guerra de Independencia.

Los jesuitas en Colombia después de la Independencia
Como ya vimos en la primera parte de esta serie de ensayos, la independencia surgió debido al descontento de la aristocracia criolla que buscaba una serie de prebendas que les eran negadas por el virreinato. No es cierto que, como nos lo han enseñado los historiadores eclesiales, la independencia haya surgido de las entrañas del pueblo iletrado y pobre. Mírese por donde se mire, desde el mismo movimiento comunero, la lucha ha estado liderada e ideada por apellidos de familias poderosas que aún hoy se mantienen vigentes en el dominio. Berbeo, Plata, Monsalve, Nariño, Caldas, Acevedo y Gómez, Torres, Vargas, Zea, Galán, entre otros, todos eran apellidos prestantes y de familias adineradas.

Durante los pocos años de la Gran Colombia, el Estado siguió permitiendo el cobro del diezmo y tributos para la manutención del clero. La única medida radical que se tomó fue la supresión de la Inquisición con la subsecuente transferencia de sus bienes y rentas a manos del Estado.

La aristocracia esclavista y latifundista solamente tomó partido cuando supo quiénes eran los ganadores; sólo cuando los patriotas ganaron, dejaron sus vestidos realistas y se convirtieron entonces en republicanos; pero tanto ellos como los comerciantes (la naciente burguesía) querían para sí el poder estatal una vez los españoles se fueran.

Durante estos años fue que llegaron las familias Lleras y Samper, por nombrar algunas, quienes se dedicaron al comercio y que, gracias a los convenientes matrimonios de algunos de sus miembros con la aristocracia, pronto entraron a formar parte de la vida política de la nación. Tanto estos comerciantes, como la aristocracia rancia prolongaron durante varias décadas las instituciones que les ayudaban a mantener el control del Estado y sus rentas.

El asunto es que la rapiña de los independentistas los hizo olvidarse de que los jesuitas estaban al asecho, esperando la más mínima oportunidad para reencaminar a los libres hacia la cobertura papal. Portugal y España consiguieron el apoyo de Roma para recuperar las colonias perdidas; así firmaron lo que se conoce como la “Santa Alianza”, un pacto para impedir que en ninguna de sus colonias perdidas se estableciera un régimen de libertades semejante al norteamericano.

Los monarcas europeos y los jesuitas se congregaron para definir su plan de acción en contra de las nuevas naciones “libres”. Se reunieron en Viena y definieron volver a encontrarse en dos congresos más.

El siguiente Congreso ocurrió en Verona, 1822. Durante esta reunión, se decidió que Estados Unidos sería el blanco de los emisarios jesuitas encubiertos y que los principios constitucionales de esta nación serían destruidos a cualquier precio. Se buscaba que el papa ejerciera su poder allí y, al mismo tiempo, que los monarcas de Portugal y España estuvieran seguros de que los protestantes norteamericanos no influirían ideológicamente en Sudamérica, donde durante siglos se había adiestrado al pueblo en la obediencia y sometimiento total y ciego al poder temporal del papa.

La siguiente reunión se llevó a cabo en Chieri, Italia, en 1825. Allí, “se discutieron planes para el avance del poder Papal en todo el mundo, la desestabilización de gobiernos que representaran obstáculos y la destrucción de cualquier esquema que se interpusiera en su camino y sus ambiciones. “Esa es nuestra meta, los Imperios del Mundo. Debemos hacerles entender a los grandes hombres de la tierra que la causa del mal, levadura leuda, existirá en cuanto exista el protestantismo. Se abolirá el Protestantismo …los herejes son los enemigos que estamos dispuestos a exterminar completamente... Y la Biblia, esa serpiente que con su cabeza erecta y sus ojos relampagueantes nos amenaza con su veneno mientras se arrastra en la tierra, debe ser transformada en un bastón tan pronto podamos apoderarnos de ella” (Hector Macpherson, Los Jesuitas en la Historia , Ozark Book Publishers,1997)

Estas tres reuniones (Viena, Verona y Chieri) se llevaron a cabo en medio del mayor sigilo posible. Sin embargo, George Canning, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, había asistido a las reuniones y, siendo un defensor de los movimientos independentistas de América, escribió al gobierno de Estados Unidos para alertarlo sobre los planes de los monarcas de Europa quienes buscaban destruir las instituciones libres del continente americano.

Thomas Jefferson apoyó decididamente al presidente James Monroe quien, en su mensaje anual al Congreso de los Estados Unidos, en 1822, declaró que “el más leve intento de las coronas europeas de extender su dominación política a cualquier parte del territorio americano, será visto como un acto de agresión contra los Estados Unidos de Norteamérica”, y que “el continente no podrá ser objeto de futuras colonizaciones”.

Los jesuitas juraron no cejar hasta destruir los principios democráticos que inspiraron la independencia norteamericana; pocos años después, iniciarían su dominio subrepticio en Estados Unidos usando la conspiración y valiéndose de los mismos principios de la Constitución norteamericana para expandir el delito y el caos en Estados Unidos. Ellos se han infiltrado en todos los estamentos de poder en Norteamérica y han logrado lo que precisamente la doctrina Monroe trataba de evitar. El poder del Vaticano se encuentra hoy sobre Estados Unidos y el papa ha sabido utilizar astutamente el ejército norteamericano para conseguir por la fuerza lo que su poder financiero no ha alcanzado. Y bien temprano en la historia de ese país, la Compañía de Jesús empezó su trabajo. Fueron ellos quienes asesinaron a Abraham Lincoln en 1865. Más adelante hablaremos de ello.

En una carta al Presidente Monroe, Thomas Jefferson le hizo las siguientes observaciones: La pregunta que me presentas en las cartas que me has enviado, es la más profunda que me han hecho después de la relacionada con la Independencia. Ella nos hizo una nación y ha marcado el ritmo y la dirección en la que navegaremos a través del océano del tiempo a medida que el mismo se abre ante nosotros. Y nunca podríamos navegarlo en condiciones más apropiadas. Nuestra primera y más fundamental regla debe ser el no envolvernos en los asuntos de Europa. La segunda debe ser nunca utilizar a Europa como intermediaria en los asuntos de este lado del Atlántico. América, Norte y Sur tienen unos intereses completamente diferentes de los de Europa, intereses que le son particulares. Por tanto debe tener un sistema propio, separado y completamente aparte del sistema Europeo. Aunque los europeos traten de convertirse en el hogar del despotismo nuestra tarea debe ser hacer de nuestro hemisferio, un hemisferio de libertad. . . [Es nuestra obligación] declarar nuestra protesta en contra de las violaciones atroces de los derechos de las naciones, por la interferencia de cualquiera de ellas en los asuntos internos de la otra, intervención que comenzó con Bonaparte y que hoy día continúa por parte de aquellos que llevan a cabo alianzas ilegales llamándose a sí mismos Santos. (Archivos de la Universidad de Mount Holyoke).

Toda buena intención quedó malograda. Los jesuitas colocarían a sus hombres en posiciones de riqueza y poder ya que tenían los medios para hacerlo. Lograrían que sus infiltrados usaran su influencia para inducir a los norteamericanos a la subversión, a la inmoralidad y a la destrucción de cualquier principio cristiano incluido en la Constitución de Estados Unidos.

Entretanto, en Sudamérica, con la batalla de Ayacucho en 1824 –dos años después de la declaración de Monroe- el territorio hispanoamericano (excepto Cuba y Puerto Rico) quedaba totalmente libre del yugo de la monarquía española.

Después, los enfrentamientos ideológicos entre Santander y Bolívar llevaron a que éste último se convirtiera en dictador. La diferencia básica entre Santander y Bolívar radicaba en que Bolívar y sus seguidores (principalmente militares venezolanos) querían que fueran los militares quienes ejercieran el poder; ellos veían con recelo que los civiles –que no habían tomado las armas en la guerra- fueran a gobernarlos a ellos. Por su parte Santander y sus seguidores defendían una tradición civilista, donde los civiles ejercieran el control creando un sistema de leyes bajo las cuales todos –militares y civiles- quedaran sujetos. Los bolivarianos no querían que se ejercieran libertades individuales ya que sentían temor de posibles excesos. Era obvio que los bolivarianos estaban influenciados por las doctrinas jesuíticas.

Otra diferencia era que Santander era partidario de un gobierno federalista, donde cada región tuviera autonomía presupuestaria (algo inspirado en el proceso estadounidense), y Bolívar prefería un gobierno centralista con concentración del poder en una sola persona. Otra principio jesuítico.

Este era el conflicto cuando fue convocada la Convención de Ocaña de 1828, donde se buscaba reformar la constitución boliviana de 1821. Una minoría bolivariana, 17 contra 54 santanderistas, logró sabotear la decisión democrática de la mayoría. Las reuniones de la convención estuvieron cargadas de insultos y amenazas... la Gran Colombia quedó dividida en dos bandos opuestos, bolivarianos y santanderistas, y Bolívar asumió como dictador. Pronto, el “Libertador” colocó nuevamente la educación en manos de la Iglesia Católica reforzando su poder político y financiero para que el clero, a su vez, lo apoyara a él, subió los impuestos (tributos) a los indígenas y benefició grandemente los intereses de los aristócratas latifundistas, que eran de su misma clase.

Así, surgió nuevamente la guerra civil de la cual salió fortalecida la iglesia Católica y, como no, las clases dominantes que consolidaron su poder apoyadas por el clero.

Básicamente, durante la Gran Colombia, la iglesia católica había perdido su control directo sobre el sistema educativo. Aunque durante el gobierno de Santander, él expropió a los jesuitas del Colegio Mayor de San Bartolomé y éste pasó a manos del Estado, a los sacerdotes se les permitió seguir enseñando –tremendo error- y se utilizaban métodos de sacerdotes para la enseñanza; fue evidente para los jesuitas que si no lograban retomar el control del sistema educativo, pronto quedarían excluidos de éste. La Universidad Central fue creada y se nombró como rector al conservador católico Rufino Cuervo Barreto y como vicerrector a su primo, el obispo Silvestre Indalecio Barreto y Martínez; se fundaron universidades públicas.

Sin embargo, como también vimos antes, la posición de Santander cambió durante un posterior gobierno suyo (1832-1835) debido a la presión directa que ejerció el papa quien aceptó reconocer la independencia de Colombia siempre y cuando Santander no tocara los privilegios de la Iglesia. Santander claudicó y, así, todo tuvo un buen resultado para los jesuitas.

Por otro lado, si bien Bolívar intentó congraciarse con los jesuitas, ellos jamás le perdonaron su intentona para librarse del control de la Orden. Aunque en los años de su dictadura –que fueron los últimos de su vida- Bolívar había restituido el control total de la educación a la Iglesia, amén de las prebendas ya mencionadas, el 17 de diciembre de 1830, finalmente, Simón Bolívar, el gran tirano de Sudamérica, muere traicionado por los mismos a quien él intentó traicionar. No obstante sus ideas siguen vivas bajo las banderas de Hugo Chávez quien aspira, con una clarísima política jesuítica, revivir la Gran Colombia para llevar las cinco naciones –bajo las banderas socialistas del Vaticano- a ofrecerlas como ofrenda expiatoria al papa nazi Ratzinger. Sí.. como dijo, Schmaus, el prelado alemán en tiempos de Hitler, “las leyes del nacional socialismo y las de la Iglesia Católica tienen el mismo objetivo”. No es casualidad que Ratzinger haya sido seguidor de Hitler. No es casualidad que Chávez sea un socialista católico, represor de las libertades individuales. En realidad, nada ocurre por casualidad.

En 1831, después de la muerte de Bolívar y disuelta la Gran Colombia, nace la Nueva Granada. Doce años después de la batalla de Boyacá aún no había ocurrido la independencia de los pobres, no se habían roto sus cadenas, ni jamás se romperían. Con una Iglesia Católica reforzada y aliada con las clases dominantes para continuar con la subyugación de los pobres, los ideales de verdadera libertad y democracia se diluyeron de inmediato dejando vigente la misma estructura económica y social de la Colonia. La única diferencia fue el cambio de mando de los europeos a los criollos, los oligarcas nacidos en suelo americano. Todo el armazón de dominación siguió intacto: los privilegios de clase, los diezmos a la iglesia católica, los monopolios, la dominación de la oligarquía y su derecho para legislar y para establecer las condiciones económicas, políticas y sociales que redundaran en su propio beneficio y que aseguraran su permanencia en el poder durante generaciones hegemónicas, todo eso sirvió a los propósitos del Vaticano que pudo dominar fácilmente a los nuevos dueños de las repúblicas.

Nada había cambiado. Los jesuitas habían ganado.


Ricardo Puentes M.
Enero 4 de 2008