"NO PERMITO A LA MUJER ENSEÑAR"
No permito a la mujer enseñar,
ni ejercer dominio sobre el hombre,
sino estar en silencio.
(1 Timoteo 2:12)
Esta carta de Pablo, dirigida a Timoteo, estaba encaminada a prevenir a los cristianos de Éfeso sobre los errores doctrinales que condujeron a muchos a la apostasía.
Después de recalcar la importancia de mantenerse en la sana doctrina enseñada por Cristo y los apóstoles, Pablo brinda instrucciones precisas para los cristianos que se reunían en Éfeso. Luego de mencionar que “quiero que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda” (1 Timoteo 2:8), el apóstol entra de lleno con las exhortaciones y mandatos para las mujeres.
Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad. (1 Timoteo 2:9-10)
El llamado era a guardar el pudor hacia los hombres y la reverencia hacia Dios; se trataba de controlar la naturaleza femenina de querer llamar la atención sobre sí misma y sus adornos. En vez de eso, insta el apóstol, las mujeres deberían “ataviarse” con buenas obras.
Debido a la gran libertad que las mujeres consiguieron como resultado del fin de la ley y el nuevo Pacto mediante Cristo, muchas de ellas abusaron de tal libertad y se desmandaron en conseguirse vestidos costosos y adornos vistosos para atraer la atención de una forma contraria el evangelio. El Espíritu Santo, pues, guía al apóstol para que este asunto sea tenido en cuenta para prevenir una desviación del evangelio cristiano.
Después de hablar sobre el vestido y los adornos, Pablo es rotundo con el siguiente tema:
La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. (1 Timoteo 2:11-12)
Algunos creyentes se sonrojan con esta clara orden divina, mientras otros la “suavizan” diciendo que Pablo estaba hablando solamente a las mujeres de su época o a las de Éfeso, y que tales órdenes no deben tomarse literalmente ni como “palabra de Dios” ya que son –dicen ellos- opiniones “personales” del apóstol Pablo que no son de obligatorio cumplimiento para el cristiano. A ellos, debemos recordarles las palabras del Espíritu Santo:
Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. (2 Timoteo 3:16-17)
Es muy claro. TODA escritura (no una parte o algunas partes) es inspirada por Dios. Es decir, esto abarcaría también la 1 carta a Timoteo. TODA escritura nos sirve para instruirnos en justicia y verdad, con el propósito de que estemos preparados para toda buena obra. Y, ciertamente, esto incluye la prohibición de apóstol respecto a que las mujeres enseñen a la iglesia.
Entonces, si la Biblia es clara en este asunto; si la prohibición a las mujeres de enseñar a la congregación es posterior a la ley mosaica, y forma parte del Nuevo Pacto, ¿por qué razón algunas personas pretenden ignorarlo..?
La “liberación femenina”, ¿doctrina de demonios..?
Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios. (1 Timoteo 4:1)
Las Escrituras predijeron claramente la corrupción de la comunidad cristiana, calificando como “apóstatas” a quienes prefieren escuchar a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios. Las iglesias denominacionales de hoy son un clarísimo ejemplo de tales enseñanzas plagadas de influencia demoniaca que millones y millones de creyentes siguen como si fueran doctrinas de Dios. Entre éstas están el establecimiento de una jerarquía espiritual humana donde apóstoles modernos, profetas, maestros, evangelistas y demás sarta de categorías, se colocan por encima de las ovejas de Cristo exigiendo hacia ellos la misma obediencia debida a Cristo, con la pobre excusa sin fundamento bíblico alguno, de que Cristo ha designado ayudantes humanos a quienes los cristianos deben reverencia y obediencia absolutas. También está el asunto del diezmo, que estos mercenarios de la fe cobran bajo la amenaza de terribles maldiciones a quien no ofrende religiosamente a las arcas del pastor y su familia. Todas estas cosas –además de otras- no forman parte del evangelio enseñado por Cristo y sus apóstoles. Al respecto, el apóstol advirtió:
Sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema. (Gálatas 1:7-9)
Anatema es alguien maldito para Dios; anatema es alguien que no tiene posibilidad de ser rescatado por el sacrificio de Cristo. Esto está prefigurado en la ley:
Ninguna persona separada como anatema podrá ser rescatada; indefectiblemente ha de ser muerta. (Levítico 37:29)
Otra doctrina engañosa que enseñan los maestros de una clase de evangelio pervertido, es esta de la “liberación femenina”, corriente bajo la cual muchas mujeres se ampararon a mediados del siglo XX y que trajeron como consecuencia la relajación de las costumbres morales, el abandono y la destrucción de hogares debido al “derecho” de las mujeres para salir a competir con el hombre en el mercado laboral, o el alegato del “derecho” a la promiscuidad sexual, el uso de tabaco, alcohol y drogas cuyos usos y abusos, hasta entonces, habían sido monopolizados casi en su totalidad por el sexo masculino.
Es de todos conocidas las consecuencias que, para la sociedad, trajo esta “revolución” de género. La violencia se disparó en forma alarmante, el delito escaló de manera increíble y los hijos de estas madres “liberadas” fueron más proclives a las conductas antisociales, al suicido y a las drogas.
Hasta mujeres “cristianas” han cedido a lo llamativo de la oferta de la “liberación femenina” y han caído en una forma de dominación y control sobre sus esposos que la Escritura condena abiertamente.
No vamos a discutir aquí sobre la obviedad de la conveniencia acerca de obedecer los mandatos bíblicos. Eso es muy claro para quienes se llaman creyentes. La Biblia afirma claramente que la esposa debe estar sujeta al esposo y que éste debe proveer para su familia; mientras la mujer instruye a sus hijos en justicia, el hombre es el responsable ante Cristo de que así se haga. Mientras que la esposa debe estar sujeta al marido, el esposo debe ejercer su jefatura de manera amorosa, tal y como Cristo ejerce su jefatura sobre la iglesia. Ese es el orden divino. Lo contrario, es enseñanza de demonios, doctrina torcida; y quien enseñe estas desviaciones como si fueran doctrina de Dios, son anatema.
Sorprendentemente, este arreglo bíblico ha sido violado flagrantemente por líderes y denominaciones que se autoproclaman como “cristianas”. Vemos hoy iglesias y “ministerios” dirigidos por mujeres; esposas creyentes que manipulan a sus esposos mediante amenazas, chantaje emocional y sexual, o con órdenes directas para que –a su vez- ellos sigan a tal o cual pastor, iglesia o doctrina. Alegan estas mujeres, que “los tiempos han cambiado y la mujer cristiana de hoy debe progresar al ritmo de la civilización”, una manera eufemística para coaccionar a que el evangelio sea desobedecido.
En la mayoría de las iglesias denominacionales de hoy, vemos a jovencitas –y no tan jovencitas- aprovechando las reuniones de culto para lucir escotes pronunciados, pantalones ajustados, maquillaje exagerado, vestidos costosos, o el “último grito de la moda”, desatendiendo las exhortaciones bíblicas a la castidad, la sujeción al esposo y la decencia y el pudor necesario ante los hombres, mucho más proclives al “deseo de los ojos” que las mujeres.
Conozco personalmente el caso de la Misión Carismática Internacional, donde las reuniones dominicales se convierten en un desfile de modas atrevidas y poco discretas, con jovencitas que danzan contoneándose exageradamente al ritmo de “regaetton cristiano”, “rock cristiano” u otras danzas sensuales que han sido “cristianizadas” bajo la excusa de estarse meneando sensualmente para la “gloria de Dios”. También, en la MCI, su líder Claudia Rodríguez de Castellanos insta a las mujeres a desarrollar su “ministerio” independientemente de la opinión de sus esposos a quienes se refieren como simples proveedores materiales. Algunas de las “pastoras” menores que están un poco más abajo en la pirámide de autoridad del G12, son animadas a “realizarse” como mujeres profesionales para que abandonen sus hogares, dejando a sus pequeños hijos al cuidado de terceros y convirtiendo a sus esposos en simples espectadores o apoyadores de esta “liberación femenina cristiana”. Los hombres que se opongan a este extraño arreglo, son vistos con malos ojos y censurados por sus líderes inmediatos. Fui testigo presencial de la manera en que algunas mujeres desatendieron a sus esposos y sus pequeños hijos –aún lactantes- en aras de esta falacia que no es más que un burdo engaño del mayor de todos los mentirosos. Vi hogares destruidos porque las mujeres, envalentonadas por Claudia de Castellanos, se rebelaban contra la autoridad del hombre y, buscando su autorrealización personal y profesional, sacrificaban sus familias creyendo que esto era algo aprobado por Dios. Prefirieron la gloria del mundo que el arreglo divino.
Enseña Claudia de Castellanos que la esposa es quien debe manejar las finanzas del hogar, que el hombre debe trabajar y proveer pero que la mujer tiene más sabiduría para definir cómo, cuándo y en qué se debe invertir el dinero. Una de las cosas en que se debe invertir, según esta “sabiduría”, es -por supuesto- en ofrendar generosamente a los pastores Castellanos. También, dicen, se debe invertir en maquillaje, perfumes costosos y ropa de moda para las esposas. Todo esto lo enseñan de manera jocosa, divertida; pero a pesar de su aparentemente inofensiva frivolidad, tales doctrinas han logrado socavar muchos matrimonios de esa denominación. Y no solamente de esa.. de muchas más.
Por supuesto, los líderes religiosos saben que las mujeres son mucho más influenciables que los hombres, más obedientes y sumisas con sus guías místicos y, al mismo tiempo, saben del poder femenino para influenciar a sus esposos y controlarlos mediante la persuasión, la frontal confrontación, o el chantaje de todo tipo. Todo eso lo conocen estos líderes perversos y por ello el centro de sus mensajes y discursos va dirigido a la “emancipación” de la mujer del supuesto “yugo” de sus maridos, mientras –obviamente- las van sujetando a su propio control. Las “liberan” de la dirección de sus esposos pero, al mismo tiempo, las sujetan bajo el influjo de ellos, los líderes espirituales. ¿Para qué..? Para satisfacer su codicia:
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis mayor condenación. (Mateo 23:14)
Los líderes religiosos de todas las religiones saben muy bien que primero deben conquistar la voluntad de las mujeres ya que, por medio de ellas, ganarán las finanzas del esposo, sea este creyente o no. Pablo también habló del asunto:
También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias. Estas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad. (2 Timoteo 3:1-7)
Pablo advierte contra los líderes religiosos que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella, y dice que ellos son los que entran a las casas y engañan a las mujeres para su propio provecho y la ruina de ellas y sus familias.
Por supuesto, la enseñanza de que la mujer debe estar sujeta a su esposo, no goza de mucha popularidad en esta época moderna. Pablo lo sabía. Y también Judas quien escribió advirtiendo de las enseñanzas falsas que convierten en libertinaje la gracia de Dios y que apuntan a valerse de los deseos propios del humano pecador, para sacar provecho de ello:
Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo. Estos son murmuradores, querellosos, que andan según sus propios deseos, cuya boca habla cosas infladas, adulando a las personas para sacar provecho. (Judas 1:4,16)
Y es que, a pesar de la claridad de la norma bíblica, quienes tuercen la verdad arguyen esgrimiendo filosofías o valiéndose de explicaciones tales como “es que los tiempos cambian”, “Dios no odia a las mujeres” “Dios no puede ser machista”, etc., para corromper principios divinos que han sido diseñados para nuestro beneficio.
Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. (Efesios 5:22-24)
Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor. (1 Pedro 3:1-6)
Aunque esta doctrina no sea muy popular en esta época, no hay razón para pensar que Dios acomoda sus normas morales de acuerdo a los tiempos en que se vive. Por otro lado, para reafirmar que la jefatura del hombre debe ser amorosa, Pedro sigue diciendo:
Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo. (1 Pedro 3:7)
Las mujeres no son, de ninguna manera, cristianas de tercera categoría; son coherederas de la gracia de Dios conjuntamente con el hombre. Pero el arreglo, al menos antes de recibir el galardón de la vida eterna, es que las esposas sean obedientes a sus esposos.
Por otro lado, contrario a las enseñanzas de las líderes religiosas, de “emancipación” de la mujer, Pablo es muy claro en el rol de la mujer cristiana:
Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada. (Tito 2:3-5)
Como se mencionó atrás, hoy, “pastoras” y otras líderes religiosas hacen estridentes llamados a “libertad de la mujer” –que confunden con el abuso de ella- y a la revolución contra la jefatura de sus esposos. Las instan a que entreguen el cuidado de sus hijos a otras personas y a que salgan de casa en búsqueda de su independencia y su realización como profesionales. Eso no tiene sustento bíblico.
Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión, a los cuales es preciso tapar la boca; que trastornan casas enteras, enseñando por ganancia deshonesta lo que no conviene. (Tito 1:10-11)
Ciertamente, enseñanzas como las de Claudia de Castellanos, o las Moreno Piraquive (todas metidas en el poder político de Colombia) –que las esposas deben buscar su realización profesional a costa de sus hogares, que deben ser “líderes” políticas y poderosas industriales o prósperas empresarias- no son enseñanzas cristianas; son enseñanzas de engañadores que, como ellas, César Castellanos (y muchos más, a decir verdad) trastornan la verdad para sacar provecho y lucro personal de la mentira. Los Castellanos han esclavizado a decenas de miles de incautos que los obedecen ciegamente y que, en cada época de elecciones políticas electorales, corren a depositar sus votos por quienes ellos ordenen, o sus ofrendas y diezmos que los hace cada vez más ricos y poderosos. Y es que los Castellanos, al igual que todos los líderes religiosos, exigen una obediencia ciega cuando instan a sus fieles a diezmar, ofrendar o regalar sus propiedades a los Castellanos, porque el trasfondo de todo este control totalitario mediante la desviación perversa del evangelio, es el amor al dinero. Eso es lo que mueve al mundo.
¿Cuál es la razón por las cuáles la mujer no puede enseñar a la iglesia?
Después de que Pablo dice que “no permito a la mujer enseñar”, pasa a explicar la razón:
Pues Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión. (1 Timoteo 2:13-14)
Esa es, dice Pablo bajo inspiración divina, la razón por la cual la mujer no puede enseñar a la congregación: que Adán fue creado primero y que Eva fue engañada.
Si repasamos el relato de Génesis, vemos que Dios formó primero al hombre y que luego, de la costilla de él, hizo a la mujer como “ayuda idónea” para el hombre. “Ayuda idónea” no significa que sea inferior a él; pero sí que quien lleva la delantera es el hombre mientras que la mujer debe convertirse en el apoyo y ayuda en el camino que abre y dirige el hombre.
De acuerdo al relato de Génesis, Eva fue engañada por la serpiente y cayó en transgresión. Adán, aunque no fue engañado, prefirió correr la suerte de su compañera cediendo a sus encantos, en cambio de haber seguido las órdenes de Dios. Sin embargo, aunque Adán no fue engañado, sino que fue seducido por la mujer para desobedecer a Dios, esto no disminuyó su responsabilidad ante el Creador; lo que sucedió no fue excusa para pecar. En Romanos 5, Pablo responsabiliza a Adán de la introducción del pecado en el mundo. Sin embargo, es claro que el apóstol sabe que Eva jugó un papel significativo en la caída en el pecado. De alguna manera, todas las mujeres han heredado este influjo sobre el sexo masculino. Un influjo poderoso que puede acarrear la desgracia de apartarse de Dios.
Y he hallado más amarga que la muerte a la mujer cuyo corazón es lazos y redes, y sus manos ligaduras. El que agrada a Dios escapará de ella; mas el pecador quedará en ella preso. (Eclesiastés 7:26)
Contrario a la mujer sensata, que obedece las normas de Dios y está sujeta a su marido, las Escrituras nos muestra a la otra clase de mujeres, las insensatas y alborotadoras que no obedecen el mandamiento de Dios:
La mujer insensata es alborotadora; Es simple e ignorante. Se sienta en una silla a la puerta de su casa, En los lugares altos de la ciudad, Para llamar a los que pasan por el camino, Que van por sus caminos derechos. Dice a cualquier simple: Ven acá. A los faltos de cordura dijo: Las aguas hurtadas son dulces, Y el pan comido en oculto es sabroso. Y no saben que allí están los muertos; Que sus convidados están en lo profundo del Seol. (Proverbios 9:13-18)
Hay muchísimos casos en las Escrituras acerca de las mujeres que hicieron apartar a hombres y pueblos enteros de la adoración exclusiva de Dios. El mismo Salomón, famoso por su sabiduría, cayó en las mieles femeninas de las extranjeras y apostató.
¿No pecó por esto Salomón, rey de Israel? Bien que en muchas naciones no hubo rey como él, que era amado de su Dios, y Dios lo había puesto por rey sobre todo Israel, aun a él le hicieron pecar las mujeres extranjeras. (Nehemías 13:26)
También, además de Salomón, muchísimos hombres desatendieron el mandato divino y cayeron en desgracia.
No des tu fuerza a las mujeres, ni tus caminos a las que destruyen a los reyes. (Proverbios 31:3)
Los opresores de mi pueblo son muchachos, y mujeres se enseñorearon de él. ¡Pueblo mío, los que te guían te engañan y tuercen el curso de tus caminos! (Isaías 3:12)
¿Quiere decir esto que las mujeres juegan un papel secundario en el arreglo divino para la predicación del evangelio...?
No. Cualquier que haya leído juiciosamente el Nuevo Testamento, puede darse cuenta de que las mujeres jugaron un rol importante en el establecimiento de la fe.
Además de sus esposas, hubo mujeres valientes que acompañaron a los apóstoles en el anuncio del evangelio. Cuando Apolos llegó a Éfeso -habiendo conocido del Señor, pero siendo solamente discípulo de Juan el bautista-, Aquilas y su esposa Priscila lo instruyeron en el camino de Dios. Priscila siempre acompañó a su esposo en la obra de evangelización, hospedando y atendiendo a los cristianos que visitaban su casa.
Así que las mujeres pueden orar y profetizar en público (1 Corintios 11:5). Pero no pueden llevar la delantera en las congregaciones, en la iglesia de Cristo. Ellas deben callar y aprender en silencio:
Las mujeres guarden silencio en las congregaciones; porque no se les permite hablar, sino que estén sujetas, como también lo dice la ley. Si quieren aprender acerca de alguna cosa, pregunten en casa a sus propios maridos; porque a la mujer le es impropio hablar en la congregación. (1 Corintios 14:34-35)
De esto se colige que las mujeres pueden enseñar en privado o en sus hogares a otras mujeres. Pueden enseñar cosas buenas, hábitos útiles (Tito: 2:3) pero siempre en la doctrina de Cristo y sin usurpar el papel del padre en enseñar tal doctrina. (Proverbios 1:8) Timoteo recibió, él mismo, instrucción de su madre creyente y de su abuela. Pero las mujeres no enseñaban en las congregaciones. El Espíritu Santo reitera una y otra vez que son los hombres quienes deben enseñar en las iglesia (sin que por “iglesia”, se entiendan los templos o las denominaciones “cristianas”, en las cuales existen jerarquías que Dios reprueba).
En el texto citado (1 Corintios 14: 34-ss) Pablo dice que si una mujer quiere aprender algo, debe preguntar en casa a su marido porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación. Pablo estaba seguro que una enseñanza así iba a levantar un gran descontento en la iglesia de Corinto. Pero aún así, lo dijo con valentía.
Tan serio es el asunto, que Pablo sigue diciendo, respecto a esta orden de que la mujer no enseñe:
¿Salió de vosotros la palabra de Dios? ¿O llegó a vosotros solos? Si alguien cree ser profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo es mandamiento. Pero si alguien lo ignora, él será ignorado. (1 Corintios 14:36-38)
Pablo es muy claro al afirmar que la prohibición a las mujeres de enseñar públicamente, proviene de Dios. Quienes afirmen ser cristianos, deben reconocer que esto es mandamiento de Cristo para su iglesia. Quien no lo haga, quien prefiera seguir el “buen juicio” del mundo, ignorando a Cristo, será –a su vez- ignorado y desechado por el Cabeza: Cristo Jesús.
Como Priscila, las mujeres pueden enseñar la Palabra, pero deben hacerlo ajustándose a las limitaciones que les impone el Nuevo Testamento. Es decir, pueden enseñar a otras mujeres, pueden enseñar a los niños, pueden enseñar uno a uno. Pero cuando la iglesia está reunida, la mujer debe aprender en silencio.
Así que, las mujeres que violan mandamiento de Dios ocupando un púlpito para predicar y enseñar, están en realidad deshonrando al mismo Cristo. No pueden tener su aprobación. Y, la verdad sea dicha, esta costumbre de las denominaciones “cristianas”, de permitir que las mujeres conduzcan y enseñen, está mostrando claramente que no provienen de Dios sino de la misma serpiente que engañó a Eva y que hoy hace que los hombres transgredan los mandamientos de Dios al seguir a mujeres que, como las extranjeras y rameras de las que hablan Proverbios y el resto del Antiguo Testamento, hacen que el pueblo de Dios siga a otros dioses en vez de seguir a Cristo.
Así que la decisión es suya –como siempre lo permite Dios. Cada uno debe escoger si sigue, por miedo a la burla o a ser considerado anacrónico, las filosofías mundanas de diversos movimientos “liberacionistas femeninos”; o, por el contrario, si obedece la inalterable Palabra de Dios que es la única en la que reside la verdadera libertad. Una libertad que Cristo ganó para quienes escogemos seguirlo.
Todas las denominaciones “cristianas”, organizaciones de hombres que se yerguen sobre otros alegando haber sido delegados por el mismo Dios para someter a sus ovejas, son empresas para producir dinero y utilizarán cualquier argumento posible para mantener bajo su yugo a quienes buscan a Cristo.
Mi posición personal es que los cristianos deberían aceptar la libertad que nos da Cristo (libertad bajo control por su Palabra) y rehusar ser incluido en cualquier organización religiosa donde sus líderes reclaman la obediencia debida solamente a Cristo; es decir, los cristianos deberían apartarse de las denominaciones, que no son más que organizaciones corporativas donde se sigue a hombres en vez de a Cristo.
Todo cristiano debería obedecer solamente al Evangelio y formar parte de la comunidad cristiana como un todo, mediante la fe, que es diferente a asistir regularmente a templos y demás sedes de esas organizaciones. Esto, por supuesto –y lo digo por experiencia propia-, demandará fortaleza de cada cristiano para oponerse al autoritarismo y a las exigencias “oficiales” de las diversas ramas institucionales de lo que erróneamente se conoce como “iglesia”. Quien decida obedecer a Cristo debe saber que atraerá sobre sí el escarnio público, la persecución y las burlas, aún de quienes digan llamarse cristianos.
Habrá quienes aleguen que esta actitud es un llamado al libertinaje. No es así. Cuando un creyente decide obedecer a Cristo, se comunicará con otros cristianos y los considerará como sus hermanos; por lo tanto, las normas universales bíblicas respecto a la convivencia entre cristianos, aplicará más universalmente sin que esté delimitada por sesgos denominacionales.
Creo firmemente que la única religión verdadera es el cristianismo mismo, no alguna denominación, confesión, iglesia o sistema religioso que alegue ser cristiana. Así mismo, estoy plenamente seguro de que la verdad no se encuentra en ninguna organización religiosa humana, sino que se halla en las Escrituras. Cada persona, de manera individual, tiene la responsabilidad de encontrarla; ya sea que alguien lo guíe o no, cada individuo responderá personalmente ante Dios por el camino que haya decidido tomar.
En la búsqueda de esa verdad, cada persona podrá disentir sobre algunos puntos no relevantes ni explícitos en las Escrituras. Pero jamás podrán existir dos verdades simultáneas que se opongan entre sí. O es cierto que Jesús delegó hombres para que gobiernen espiritualmente sobre otros, o solo tenemos un Cabeza, Cristo; o las mujeres sí pueden enseñar públicamente y dirigir la iglesia de Cristo, o ellas deben callar en las congregaciones; o es cierto que Jesús es Dios, o no lo es. No pueden existir dos verdades opuestas; si reconocemos que una cosa es verdad, su opuesto debe ser mentira.
Si estamos gobernados por el Espíritu Santo –y es él quien nos guía a toda verdad- no deberíamos tener problema en reconocer la verdad ni en estar unidos en una sola fe y bajo un solo Cabeza: Cristo:
Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo. (Efesios 4:13-15)
Ricardo Puentes M.
Marzo 11 de 2008.
miércoles, 12 de marzo de 2008
lunes, 3 de marzo de 2008
VATICANO Y MAGNICIDIOS PARTE V
VATICANO, GUERRAS Y MAGNICIDIOS
Parte V
Como ya vimos, Tomás Cipriano de Mosquera había expulsado a los jesuitas del país y estos habían iniciado una ofensiva en todos los frentes para anular la Constitución de Rionegro y establecer otra que se acomodara a sus ambiciones y que, por supuesto, permitiera la firma de un Concordato con la Santa Sede.
Hacia 1870, pese a que muchos de los bienes desamortizados de la Iglesia habían sido comprados por las familias poderosas de la época, estas operaciones comenzaron a tener un riguroso descenso. A pesar de que se seguían sacando fincas para remate, la inexistencia de compradores logró que la Iglesia Católica conservara millones de hectáreas.
Esto fue posible debido a la posición que tomó la jerarquía Católica, respecto a defender férreamente sus bienes materiales mediante sus poderes espirituales. Desde el púlpito y mediante numerosas guerras intestinas, los sacerdotes y obispos lograron que los fieles católicos tomaran las armas para defender las riquezas de la Iglesia, demostrando el inmenso poder que tenía –y sigue teniendo- el Vaticano en las mentes de una sociedad aún adicta a la dominación.
Los liberales creyeron ilusamente que podrían terminar con un imperio –el del Papa- que llevaba más de 400 años trabajando laboriosamente sobre la ideología popular, logrando superar al propio Estado tanto en influencia social como en riquezas, organización, manejo internacional y capacidad política. Creyeron tontamente que si enunciaban ideales de libertad, el pueblo los apoyaría inmediatamente; confiaron ilusamente en que los colombianos tenían el suficiente uso de razón para diferenciar la libertad de la esclavitud. Cosa más que descartada hasta el día de hoy si se analiza por qué los bogotanos votaron masivamente por Samuel Moreno, un candidato apoyado por la Iglesia y por la guerrilla colombiana.
Así, pues, se inicia la guerra de 1876-1878, instigada desde los púlpitos y ejecutada por los conservadores proeclesiales, bajo la comandancia del conservador Francisco de Paula Madriñán; guerra que se extendió por todo el país, con excepción de algunos departamentos de la Costa Atlántica. El resultado fue que ganaron los liberales y, como consecuencia, el presidente Aquileo Parra firmó un contrato con Francia para la apertura de un Canal Interoceánico en Panamá. En 1878 vino la presidencia del “liberal” Julián Trujillo, un general apoyado por Rafael Núñez, también “liberal” bajo cuyo gobierno se inició el movimiento conocido como “La Regeneración” que, entre otras cosas, buscaba solucionar el conflicto de las relaciones entre Iglesia y Estado mediante un Concordato con la Santa Sede. Decía Trujillo que la única manera de evitar las guerras civiles, de raíces evidentemente religiosas, era mediante la firma del Concordato, el restablecimiento del poder papal y la conmutación de las penas de destierro impuestas a varios obispos y prelados acusados de sedición y de propiciar la violencia en el país. El Congreso de la República se negó a estas medidas. Y eso enfureció aún más a los jesuitas quienes confiaban en que Trujillo lograría convencer al poder legislativo.
Finalmente, durante el gobierno de Rafael Núñez, ideólogo en el gobierno de Trujillo, él impuso sus medidas de manera autoritaria y, en otros casos, sobornando a los congresistas de los partidos políticos opositores para suprimir la tuición de cultos y permitir el regreso de los obispos desterrados. Creó el Banco Nacional e implantó el papel moneda. Favoreció ampliamente a los banqueros privados entregándoles el manejo de las finanzas públicas. Los banqueros más poderosos, aliados del régimen, quebraron a los más pequeños y empezaron a gestarse los grandes monopolios bancarios que prevalecen hasta el día de hoy. Los poderosos banqueros acapararon la exportación de café y, aunque a ellos les iba bastante bien, no sucedía lo mismo con los pequeños agricultores y obreros que vieron decrecer su poder adquisitivo.
Ya los jesuitas habían regresado al país gracias a la gestión de Eusebio Otálora, ferviente seguidor del papa. Y el propósito de la Compañía de Jesús, de reformar la Constitución para beneficiar los intereses de la Iglesia Católica, ya iba bastante adelantado.
Durante el segundo mandato de Núñez, en 1884, él dejó ver claramente su intención de reformar la Constitución de 1863 (de Rionegro) para respaldar el imperio del papa. Entonces, los liberales “radicales”, como eran conocidos los defensores de la Constitución de Rionegro, se levantaron contra Núñez, mientras que los conservadores apoyaron a este presidente que no era más que un instrumento de los jesuitas. Los seguidores de Núñez, compuestos por los conservadores y algunos liberales, crearon el “Partido Nacional”, para concretar todos los cambios necesarios enunciados por la “Regeneración”.
Los liberales defensores de la Constitución de Rionegro fueron vencidos y diezmados, razón por la cual se rindieron el 26 de agosto de 1885. Como en guerras anteriores, quienes pusieron los muertos fueron los campesinos y la clase obrera. Y quienes resultaron favorecidos fueron, como siempre, la Iglesia Católica y sus apoyadores.
Sin tiempo que perder, los jesuitas convencieron a Núñez de realizar una nueva Constitución. Así, este oscuro personaje, altamente alabado por la educación eclesial, presentó su propuesta de Constitución con la dramática frase: “Regeneración o catástrofe”; alegando la suma urgencia de una centralización política que diera entierro de tercera a la libre autodeterminación regional plasmada en la Constitución de Rionegro. Inmediatamente declaró: “La Constitución de Rionegro ha dejado de existir”.
Dijo también Núñez, en defensa de su proyecto político: “Las repúblicas deben ser autoritarias, so pena de incidir en permanente desorden y aniquilarse en vez de progresar”, un principio claramente jesuita, mírese por donde se mire.
Con esta Constitución del 1886, Núñez reestableció la pena de muerte y declaró que “solo el gobierno puede introducir, fabricar y poseer armas y municiones de guerra”, como una medida para evitar futuras rebeliones en contra de la nueva Constitución. También declaró que se debía “prevenir y reprimir todos los abusos de la prensa”, para amordazar al periodismo de oposición, avanzando hacia la “República autoritaria” como proclamara Núñez el orden político, económico y social impuesto desde el Vaticano.
Núñez, conociendo que Napoleón también propició el camino para el poder temporal del papa, mediante el Concordato entre Francia y la Santa Sede, dijo: “A principio de este siglo se palpó también en Francia la necesidad de ocurrir al sentimiento religioso allí predominante, para dar nueva savia moral a aquella nación, hondamente turbada por el jacobinismo”. Todo estos adornos para que en la Constitución de 1886 quedara establecido esto:
“La religión Católica, Apostólica, Romana, es de la Nación: los poderes públicos la protegerán y harán que sea respetada, como esencial elemento del orden social.” De ñapa, se le entregó a la iglesia el poder total sobre la educación: “La educación pública será organizada y dirigida en concordancia con la Religión Católica.” También quedó como mandato constitucional que en todos los centros de enseñanza, “la educación e instrucción pública se organizará y dirigirá en conformidad con los dogmas y la moral de la Religión Católica. La enseñanza religiosa será obligatoria en tales centros, y se observarán en ellos las prácticas piadosas de la Religión Católica”. “El gobierno impedirá que en el desempeño de asignaturas literarias, científicas y, en general, en todos los ramos de la instrucción, se propaguen ideas contrarias al dogma católico y al respeto y veneración debidos a la Iglesia”. De igual manera, a cambio de los bienes de la iglesia que ya habían sido adquiridos por los poderosos terratenientes, la oligarquía le cedió a la Iglesia la administración de los cementerios y todo lo referente a la existencia civil de las personas, para quienes era obligatorio acudir a la curia en búsqueda de registros de nacimientos, defunciones, matrimonios y todo lo demás.
Cuando ya estuvo todo concluido, cuando la Iglesia finalmente venció sobre los ideales de libertad del pueblo que dio su vida en pro de aquella, la Santa Sede proclamó su triunfo con la firma del Concordato en 1887. Fueron casi setenta años de guerras planeadas sistemáticamente por la Iglesia para llegar a esta meta.
Núñez abandonó su disfraz de liberal y proclamó su “conversión” al partido conservador, eminentemente clerical. Declaró, además de lo anterior, que los párrocos y, en general, la Iglesia, podían cobrar a los colombianos lo que consideraran conveniente por ejercer sus funciones como administradores de la situación civil de los ciudadanos. Núñez alegaría poco tiempo después que él había entregado el país a manos de la Iglesia Católica a cambio de la paz nacional. Fue un chantaje que nos volvió a sumir en la esclavitud de la cual, en realidad, nunca hemos salido.
Con el control total de la educación, los jesuitas pudieron moverse a sus anchas. Pudieron comprobar plenamente que, como dijo Ignacio de Loyola, “Si los niños han hecho una buena comunión, ellos serán sumisos al Papa, ¡Como el bastón en la mano del viajero, no tendrán ni voluntad ni pensamiento propio!”.
También dijo Loyola, en sus “Ejercicios Espirituales”: “...debemos siempre mantener como principio fijo que lo que veo que es blanco, creeré que es negro si las autoridades superiores de la Iglesia así lo definen.” Todos saben que Roma siempre ha declarado abiertamente su deseo de colocar la educación pública en manos de los Jesuitas, porque, dice la gran Ramera Católica, que ellos son los mejores maestros y modelos. ¿Por qué?
La respuesta es también sencilla: Porque los jesuitas han demostrado mucha más audacia y éxito que las otras órdenes religiosas, en destruir la inteligencia, la conciencia y la inclinación a la libertad de sus alumnos. La Historia ha demostrado que cuando un hombre ha sido entrenado por ellos durante el suficiente tiempo, se convierte en un cadáver moral, en un instrumento fácil del general jesuita. Sus superiores pueden hacer con él lo que les dé la gana, pueden ordenarle cualquier cosa con la certeza de que obedecerá ciegamente. Esto lo plasmó muy bien el papa Gregorio XVI en su celebrada Encíclica del 15 de Agosto de 1832: “Si la santa Iglesia así lo requiere, sacrificaremos nuestras propias opiniones, nuestro conocimiento, nuestra inteligencia, los sueños espléndidos de nuestra imaginación y las realizaciones más sublimes del entendimiento humano.”
Los jesuitas, maestros de la injuria, el engaño y las conspiraciones, no solamente controlan el sistema educativo en Colombia y en casi la totalidad de Latinoamérica, sino que prácticamente han cumplido su meta de controlar la educación en Estados Unidos, país al cual empezaron a ingresar desde cuando arribó el segundo grupo de peregrinos, abriendo el camino para que miles de familias católicas de Inglaterra, Irlanda y Francia –enviadas por el Vaticano- migraran hacia este país protestante, haciendo que estas familias católicas pasaran como protestantes para integrarse a las colonias.
A través de los años, los jesuitas han logrado infiltrar todas las escuelas protestantes de Estados Unidos y han entrado a formar parte de las juntas escolares en los Estados de la Unión. Lograron erradicar la enseñanza de la Biblia para reemplazarla con la psicología evolutiva en un fiel reflejo de los Ejercicios Espirituales de Loyola. Luego, establecieron sus propias escuelas y universidades controladas por jesuitas y hoy, éstas superan en número a todas las escuelas y universidades protestantes de Estados Unidos.
Harvard y Yale, antes protestantes, ahora están bajo el control jesuita; igual sucede con Penn, UCLA, Princenton y Cornell, por mencionar solamente algunas; además de la de Georgetown donde se educaron Clinton y otros presidentes. Clinton también estudió en la ultracatólica Yale, donde se conoció con su actual esposa, Hillary, hoy candidata presidencial. También en Yale se graduaron George Bush y George W. Bush, todos, nefastos gobernantes para Estados Unidos, un país que nació con ideales protestantes y que hoy día está controlado por los asesinos jesuitas.
Así, aunque Colombia y el resto de Latinoamérica han sido presas fáciles de la ideología jesuítica, debido a siglos de adoctrinamiento, en Estados Unidos, el asunto se puso más difícil para ellos. Desde el Congreso de Viena, Verona y Chieri –que ya vimos anteriormente- los jesuitas dejaron muy claro que recurrirían al asesinato de líderes en Estados Unidos si estos se oponían a sus planes. Fue por eso que desde 1841 hasta 1857 tres presidentes fueron atacados por ellos. Dos murieron y uno logró escapar con dificultad. Como declaró el papa en ese Congreso: “Nosotros también estamos determinados a tomar posesión de los Estados Unidos; pero debemos proceder con el mayor secreto”.
Con suma paciencia y sigilo, procedieron a masificar a los norteamericanos mediante el control de la educación y de la industria del entretenimiento. Implantaron millares de católicos en las principales ciudades con la convicción absoluta de uno de los prelados que dijo: “el voto de cualquier individuo aunque esté cubierto de harapos tiene tanto peso en la escala de poderes como el del millonario, Astor y que si tenemos dos votos en contra de los suyos él se convertirá en alguien con tan poco poder como el de una ostra”. Por eso gestionaron desde Roma la migración de millones de irlandeses e italianos pobres pero fieles al papa, y los colocaron en los cinturones de miseria de Washington, Nueva York, Boston, Chicago, Buffalo, Albano, Troy, Cincinnati y San Francisco.
La meta era, y es, que el voto católico sea esencial para elegir quien regirá los destinos de esa nación. Como narró Charles Chiniquy, un exsacerdote canadiense que, en el siglo XIX, dedicó el final de su vida a desenmascarar a Roma; él revela lo expresado por el general jesuita en documentos descubiertos: “Entonces ¡sí! gobernaremos a los Estados Unidos y los pondremos a los pies del Vicario de Jesucristo (el papa), para que le ponga fin a su sistema de educación que se encuentra ausente de Dios y a sus leyes impías de libertad de conciencia, que son un insulto a Dios y al hombre!” (Charles Chiniquy, Fifty Years in the Church of Rome. Chick Pulications, pp. 281-282.)
Precisamente, Chiniquy fue objeto de los ataques de los jesuitas, quienes montaron un tinglado de injurias para desprestigiar al entonces sacerdote. Lincoln sabía que a Chiniquy se le había acusado injustamente y aceptó defenderlo. Y ganó.
Debido al éxito de la defensa, Chiniquy salió victorioso y la conjura de los jesuitas fue descubierta; pero esto también desembocó en que Abraham Lincoln se ganara un odio más profundo de los hijos de Loyola. Un odio que ya se estaba gestando debido a que Lincoln era partidario y defensor de la libertad de los esclavos, algo que atentaba contra los intereses económicos de la Santa Sede en Estados Unidos. Los jesuitas controlaban el tráfico de esclavos y se beneficiaban directamente de ellos en sus enormes plantaciones de algodón que tenían en el sur. Igual que se habían beneficiado en Paraguay hacía siglos. Y, debido a las pretensiones de Lincoln –y de otros gobernantes que fueron asesinados también-, esta maléfica Orden desató la guerra civil estadounidense usando como detonante a su súbdito, Jeff Davis.
El mismo Lincoln escribió, refiriéndose a esta guerra: “Desgraciadamente, siento más y más cada día que la lucha que estoy librando no es únicamente contra los americanos del Sur, es más que nada en contra del Papa de Roma, sus perversos Jesuitas y sus esclavos ciegos y sedientos de sangre. Mientras esperen conquistar el Norte, ellos salvarán mi vida; pero el día que eliminemos su ejército, tomemos sus ciudades y los forcemos a someterse entonces me da la impresión de que los Jesuitas quienes son los gobernadores principales del Sur harán lo que casi invariablemente han hecho en el pasado. El cuchillo o la pistola lograrán lo que los guerreros no pueden lograr. La guerra civil parece ser un mero asunto político para aquellos que no ven lo que yo veo. El secreto surge de ese drama terrible. Pero es una guerra más religiosa que civil. Es Roma la que quiere gobernar y degradar al Norte como ya ha gobernado y degradado al Sur, desde el mismo día de su descubrimiento. Hay sólo unos pocos de los líderes del Sur quienes no están más o menos bajo la influencia de los Jesuitas a través de sus esposas, parientes y sus amigos. Algunos miembros de la familia de Jeff Davis pertenecen a la iglesia de Roma”.
Morse, el inventor del telégrafo, supo de las conjuras desde Roma contra Abraham Lincoln y así se lo advirtió al presidente. Por esta razón, cuando el sacerdote Chiniquy también lo alertó del plan para asesinarlo, Lincoln dijo: “(Morse) me dijo que cuando estaba en Roma no hacía mucho tiempo encontró las pruebas de que existe una conspiración formidable en contra de este país y de sus instituciones. Sin duda le debemos a las intrigas y a los emisarios del papa la mayor parte del terror que estamos viviendo con esta guerra civil que está amenazando con cubrir todo el país de sangre y de ruinas. (...) El Papa y los Jesuitas, con su infernal Inquisición, son el único poder organizado en el mundo que tiene el recurso de la daga del asesino para asesinar a aquellos a quienes ellos no puedan convencer con sus argumentos o conquistar con la espada. Los Jesuitas son tan expertos en esos hechos de sangre, que Enrique IV dijo que era imposible escapar de ellos, y él llegó a ser su víctima, aunque él hizo todo lo que podía haber hecho para protegerse a sí mismo. Mi escape de sus manos, desde la carta del papa a Jeff Davis que ha aguzado un millón de cuchilleros para partir mi pecho, sería más que un milagro".
Se le hicieron varios atentados, aún antes de que Lincoln se convirtiera en presidente de los Estados Unidos. Contrataron a un barbero italiano para que lo atacara con granadas, pero éste y otros intentos fallaron.
Mientras iba en un tren se le cayó una carta a John Wilkes Booth, el actor que disparó contra Lincoln; la carta le había sido enviada por Charles Shelby y cuando fue encontrada, se la enviaron al presidente Lincoln quien, después de haberla leído, escribió sobre ella la palabra “asesinato” y la archivó en su oficina. Después de su muerte, esta carta fue encontrada y utilizada como evidencia en la corte. Un extracto de la carta dice: “Abe debe morir y debe ser ahora. Pueden escoger sus armas, la copa, las balas o el cuchillo. La copa (veneno) nos falló una vez y podría volver a fallarnos... Sabes donde encontrar tus amigos. Tus disfraces son tan perfectos y completos... Realicen su misión por su hogar, por su país, aprovechen su tiempo, asegúrense de hacer lo que tienen que hacer. “Los amigos” a los que se refiere, eran los emisarios del Papa: los Jesuitas.
Un conocido investigador de este episodio, nos dice: “Me siento seguro al afirmar que ninguna otra parte puede ser encontrada en un libro acerca de la presentación coordinada de la historia completa de la muerte de Abraham Lincoln, la cual fue instigada por el papa “negro”, el General de la Orden Jesuita, camuflado por el papa “blanco”, Pío IX; ayudado, instigado y financiado por otros abogados del "Derecho Divino" de Europa, y finalmente consumado por la Jerarquía Romana y sus agentes pagados en este país y Canadá Francesa en “Viernes Santo” a la noche, el 14 de Abril, en 1865, en el Teatro de Ford, Washington, D.C.” (La Verdad Suprimida Sobre El Asesinato De Abraham Lincoln, Burke McCarty, 1973, originalmente publicado en 1924)
Lincoln tenía muy en claro que “Esta guerra nunca habría sido posible sin la influencia siniestra de los Jesuitas. Nosotros se lo debemos al papado, el hecho que ahora nosotros vemos nuestra tierra enrojecida con la sangre de sus hijos más nobles.”
Esa misma influencia siniestra fue la que llevó a la piadosa católica Mary Surrat a prestar su casa para planear cuidadosamente el asesinato, con la visita permanente y profusa de muchos sacerdotes católicos que los vecinos veían entrar y salir. Los sacerdotes jesuitas eran los confesores de John y Mary Surrat, de Booth y de Davis, quien puso el dinero para el asesinato. Booth, antes de morir, escribió: “Nunca podré arrepentirme, Dios me hizo el instrumento de su castigo”.
Cuando uno compara estas palabras con los principios y doctrinas que se enseñan y se decretan como de obligatorio cumplimiento desde los Concilios y las escuelas controladas por los jesuitas, se entiende cuál fue el origen de la ciega obediencia, sin importar las consecuencias, como si la orden de asesinar emanara del mismo Cristo. Mary Surrat, una de las conspiradoras, fiel comulgadora católica, declaró al día siguiente del crimen, que “La muerte de Abraham Lincoln no es más que la muerte de cualquier negro en el ejército”. Veamos algunas de las doctrinas católicas que inspiran a los magnicidas y demás asesinos:
“¿Será lícito a un hijo matar a su padre cuando está proscrito? Muchos autores sostienen que sí, y si el padre fuera nocivo a la Sociedad, opino lo mismo que esos autores.” (Dicastillo, jesuita español, en el tomo 2º de La justicia del Derecho, página 511)
El también jesuita, Amicis, dice que, “un religioso debe matar al hombre capaz de dañarle a él o a su religión, si cree que abriga tal intento”.
Con estas enseñanzas “divinas” no es raro que los fieles seguidores católicos cumplan cualquier capricho de sus amos, los sacerdotes, ya que creen que estos tienen autoridad delegada de Dios sobre la tierra. Igual sucede por los lados de las iglesias evangélicas cuyos pastores se endilgan la autoridad de Cristo y hacen que sus fieles ataquen, en toda forma, a quienes pongan en duda las órdenes de estos pastores. Y es que estas iglesias, supuestamente “cristianas”, también están controladas por la Orden. Pero continuemos.
Después del juicio, Mary Surrat, Lewis Paine, David Herold y George Atzerodt fueron colgados en la horca. Los cuatro eran católicos y dos de ellos eran sacerdotes jesuitas.
John Surratt, otro de los conspiradores, logró tomar un vuelo a Montreal y, desde allí, fue llevado a Liverpool, Inglaterra, y luego a Roma. Un oficial de Estados Unidos lo encontró en Roma, formando parte del ejército personal del papa. El Sumo Pontífice patrocinó protegió a este asesino hasta su muerte, igual que protegió y patrocinó a Hitler, Mussolini, Lenin, Franco, los Borbones, Fidel Castro, Pinochet y demás marionetas del Vaticano. Por supuesto, la protección solamente llega hasta donde empiece a peligrar la integridad del papa.
Por eso, hoy no es extraño ver que en un régimen supuestamente ateo, como es el de Cuba, el segundo a bordo en el Vaticano sea recibido con todos los honores de un jefe de Estado. No es raro, por eso, que lo mismo suceda en Nicaragua, México y, en general en todos los países latinoamericanos que han estado –y estarán- bajo el control del Vaticano, sean “democracias”, dictaduras, movimientos bolivarianos, revolución cubana, sandinismo, o como quiera que se llamen, los jesuitas están detrás de todos los regímenes controlando los destinos del país mediante el uso de las guerras civiles, la mafia, el narcotráfico, la corrupción moral, el analfabetismo y la pobreza. Con todo esto, ellos salen ganando.
Así como en Estados Unidos los jesuitas lograron introducirse en las Cortes y las instancias del poder judicial, como también en la CIA, ocupando cargos como magistrados y legisladores para manipular la constitución a su favor, lo mismo sucede en nuestros países latinoamericanos de una manera mucho más descarada. Por eso vemos a hampones, secuestradores, genocidas, mafiosos y rateros amnistiados mediante el amañamiento de las leyes y decretos que usan a su favor. Por eso el presidente Samper fue declarado inocente por el Congreso, por eso los guerrilleros del M-19 y los narcotraficantes –sus financiadores- fueron amnistiados y no extraditados: llegaron al descaro de cambiar una Constitución solamente para beneficio de unos pocos. César Gaviria fue el principal promotor de esta nueva Constitución, junto a los carteles de la droga que presionaron a los constitucionalistas para aprobar lo necesario para escapar de la justicia norteamericana. Por eso no es raro que asesinos guerrilleros sean huéspedes de honor de la curia colombiana, ni que ésta funja como agencia de viajes y compañía de guardaespaldas para escoltar a estos hampones hasta Cuba, otro fortín del Vaticano. Por eso los paramilitares siguen delinquiendo desde la cárcel; por eso las víctimas nunca serán reparadas; por eso las tierras que los paramilitares les quitaron a los campesinos, ahora pretenden dárselas a poderosos industriales para que se lucren de ellas y sigan esclavizando a los impotentes agricultores. Por eso nadie dice nada. (El Tiempo mencionó algo, pero lo hizo buscando beneficiar la candidatura de Santos para las próximas elecciones presidenciales)
En Estados Unidos, el plan jesuita incluye el control de los partidos políticos. Ya han avanzado mucho en eso: han colocado a Clinton, a Bush –padre e hijo- y a algunos más antes de ellos. En Colombia, esto ha sido mucho más evidente debido a que este país siempre ha estado bajo el dominio de la Iglesia Católica. Hasta los partidos de izquierda, como el Polo Democrático, están controlados abierta y descaradamente por ellos. El mismo Francisco de Roux, importante e influyente sacerdote jesuita, no tiene reparo en declarar públicamente su respaldo a este partido socialista católico. Un hermano de este jesuita es miembro importante del partido. Igual con las guerrillas. Éstas han nacido en los púlpitos y han sido apoyadas por muchos sacerdotes, algunos de los cuales han entrado a formar parte de sus filas armadas. El ELN, al igual que Sendero Luminoso, en el Perú, ha tenido entre sus ideólogos al mando, a jesuitas.
Todos los presidentes colombianos han sido fieles a Roma, son devotos de la Virgen María, del Divino Niño y del infernal rosario de patronos ante cuyas estatuas no dudan en hincarse. Los prelados católicos influyen en las decisiones del presidente, lo asesoran, le hablan al oído, le exigen usando el nombre de Dios. Recientemente han sido nombrados como únicos mediadores autorizados entre el gobierno y la guerrilla. ¿Por qué? Porque son amigos de ambos lados. Son los confesores y asesores de ambos bandos, como confesores y asesores fueron de Pablo Escobar y el resto de narcotraficantes que sumieron al país en una cruenta cadena de masacres financiadas y planeadas desde Medellín, el gran fortín de Roma en Colombia.
Por último, en la etapa de penetración en los Estados Unidos, el Vaticano planeó tomar el control de las fuerzas militares y de los medios de comunicación. Hoy en día, en Estados Unidos, hay un gran número de generales fieles a Roma. Si en los tiempos de Lincoln, el Vaticano controlaba más de la mitad de los periódicos norteamericanos, imagínense cómo estará la situación hoy día.
¿Sucede en Colombia lo mismo...? No lo duden. El Tiempo, cuyo dueño fue el presidente Eduardo Santos, quien acogió a los asesinos nazis embarcados por el papa en Roma para que huyeran de la justicia, ahora está en manos de esa misma familia cuyos principales miembros pertenecen a logias masónicas y están muy altos en los círculos de poder. Uno de ellos, Juan Manuel Santos, es Ministro de Defensa, mientras el otro –Francisco Santos- es el vicepresidente. Enrique Santos, director del periódico, fue y es un importante militante de izquierda que ha apoyado al Polo Democrático y a los jesuitas. Precisamente, en el editorial del 23 de febrero de 2008, El Tiempo felicita al nuevo general jesuita, el sacerdote español Nicolás, y hace una apología de las acciones de estos asesinos, la orden de Loyola que, como bien lo aseguró Lincoln, son los peores enemigos de la libertad.
Ricardo Puentes M.
Febrero 23 de 2008
Parte V
Como ya vimos, Tomás Cipriano de Mosquera había expulsado a los jesuitas del país y estos habían iniciado una ofensiva en todos los frentes para anular la Constitución de Rionegro y establecer otra que se acomodara a sus ambiciones y que, por supuesto, permitiera la firma de un Concordato con la Santa Sede.
Hacia 1870, pese a que muchos de los bienes desamortizados de la Iglesia habían sido comprados por las familias poderosas de la época, estas operaciones comenzaron a tener un riguroso descenso. A pesar de que se seguían sacando fincas para remate, la inexistencia de compradores logró que la Iglesia Católica conservara millones de hectáreas.
Esto fue posible debido a la posición que tomó la jerarquía Católica, respecto a defender férreamente sus bienes materiales mediante sus poderes espirituales. Desde el púlpito y mediante numerosas guerras intestinas, los sacerdotes y obispos lograron que los fieles católicos tomaran las armas para defender las riquezas de la Iglesia, demostrando el inmenso poder que tenía –y sigue teniendo- el Vaticano en las mentes de una sociedad aún adicta a la dominación.
Los liberales creyeron ilusamente que podrían terminar con un imperio –el del Papa- que llevaba más de 400 años trabajando laboriosamente sobre la ideología popular, logrando superar al propio Estado tanto en influencia social como en riquezas, organización, manejo internacional y capacidad política. Creyeron tontamente que si enunciaban ideales de libertad, el pueblo los apoyaría inmediatamente; confiaron ilusamente en que los colombianos tenían el suficiente uso de razón para diferenciar la libertad de la esclavitud. Cosa más que descartada hasta el día de hoy si se analiza por qué los bogotanos votaron masivamente por Samuel Moreno, un candidato apoyado por la Iglesia y por la guerrilla colombiana.
Así, pues, se inicia la guerra de 1876-1878, instigada desde los púlpitos y ejecutada por los conservadores proeclesiales, bajo la comandancia del conservador Francisco de Paula Madriñán; guerra que se extendió por todo el país, con excepción de algunos departamentos de la Costa Atlántica. El resultado fue que ganaron los liberales y, como consecuencia, el presidente Aquileo Parra firmó un contrato con Francia para la apertura de un Canal Interoceánico en Panamá. En 1878 vino la presidencia del “liberal” Julián Trujillo, un general apoyado por Rafael Núñez, también “liberal” bajo cuyo gobierno se inició el movimiento conocido como “La Regeneración” que, entre otras cosas, buscaba solucionar el conflicto de las relaciones entre Iglesia y Estado mediante un Concordato con la Santa Sede. Decía Trujillo que la única manera de evitar las guerras civiles, de raíces evidentemente religiosas, era mediante la firma del Concordato, el restablecimiento del poder papal y la conmutación de las penas de destierro impuestas a varios obispos y prelados acusados de sedición y de propiciar la violencia en el país. El Congreso de la República se negó a estas medidas. Y eso enfureció aún más a los jesuitas quienes confiaban en que Trujillo lograría convencer al poder legislativo.
Finalmente, durante el gobierno de Rafael Núñez, ideólogo en el gobierno de Trujillo, él impuso sus medidas de manera autoritaria y, en otros casos, sobornando a los congresistas de los partidos políticos opositores para suprimir la tuición de cultos y permitir el regreso de los obispos desterrados. Creó el Banco Nacional e implantó el papel moneda. Favoreció ampliamente a los banqueros privados entregándoles el manejo de las finanzas públicas. Los banqueros más poderosos, aliados del régimen, quebraron a los más pequeños y empezaron a gestarse los grandes monopolios bancarios que prevalecen hasta el día de hoy. Los poderosos banqueros acapararon la exportación de café y, aunque a ellos les iba bastante bien, no sucedía lo mismo con los pequeños agricultores y obreros que vieron decrecer su poder adquisitivo.
Ya los jesuitas habían regresado al país gracias a la gestión de Eusebio Otálora, ferviente seguidor del papa. Y el propósito de la Compañía de Jesús, de reformar la Constitución para beneficiar los intereses de la Iglesia Católica, ya iba bastante adelantado.
Durante el segundo mandato de Núñez, en 1884, él dejó ver claramente su intención de reformar la Constitución de 1863 (de Rionegro) para respaldar el imperio del papa. Entonces, los liberales “radicales”, como eran conocidos los defensores de la Constitución de Rionegro, se levantaron contra Núñez, mientras que los conservadores apoyaron a este presidente que no era más que un instrumento de los jesuitas. Los seguidores de Núñez, compuestos por los conservadores y algunos liberales, crearon el “Partido Nacional”, para concretar todos los cambios necesarios enunciados por la “Regeneración”.
Los liberales defensores de la Constitución de Rionegro fueron vencidos y diezmados, razón por la cual se rindieron el 26 de agosto de 1885. Como en guerras anteriores, quienes pusieron los muertos fueron los campesinos y la clase obrera. Y quienes resultaron favorecidos fueron, como siempre, la Iglesia Católica y sus apoyadores.
Sin tiempo que perder, los jesuitas convencieron a Núñez de realizar una nueva Constitución. Así, este oscuro personaje, altamente alabado por la educación eclesial, presentó su propuesta de Constitución con la dramática frase: “Regeneración o catástrofe”; alegando la suma urgencia de una centralización política que diera entierro de tercera a la libre autodeterminación regional plasmada en la Constitución de Rionegro. Inmediatamente declaró: “La Constitución de Rionegro ha dejado de existir”.
Dijo también Núñez, en defensa de su proyecto político: “Las repúblicas deben ser autoritarias, so pena de incidir en permanente desorden y aniquilarse en vez de progresar”, un principio claramente jesuita, mírese por donde se mire.
Con esta Constitución del 1886, Núñez reestableció la pena de muerte y declaró que “solo el gobierno puede introducir, fabricar y poseer armas y municiones de guerra”, como una medida para evitar futuras rebeliones en contra de la nueva Constitución. También declaró que se debía “prevenir y reprimir todos los abusos de la prensa”, para amordazar al periodismo de oposición, avanzando hacia la “República autoritaria” como proclamara Núñez el orden político, económico y social impuesto desde el Vaticano.
Núñez, conociendo que Napoleón también propició el camino para el poder temporal del papa, mediante el Concordato entre Francia y la Santa Sede, dijo: “A principio de este siglo se palpó también en Francia la necesidad de ocurrir al sentimiento religioso allí predominante, para dar nueva savia moral a aquella nación, hondamente turbada por el jacobinismo”. Todo estos adornos para que en la Constitución de 1886 quedara establecido esto:
“La religión Católica, Apostólica, Romana, es de la Nación: los poderes públicos la protegerán y harán que sea respetada, como esencial elemento del orden social.” De ñapa, se le entregó a la iglesia el poder total sobre la educación: “La educación pública será organizada y dirigida en concordancia con la Religión Católica.” También quedó como mandato constitucional que en todos los centros de enseñanza, “la educación e instrucción pública se organizará y dirigirá en conformidad con los dogmas y la moral de la Religión Católica. La enseñanza religiosa será obligatoria en tales centros, y se observarán en ellos las prácticas piadosas de la Religión Católica”. “El gobierno impedirá que en el desempeño de asignaturas literarias, científicas y, en general, en todos los ramos de la instrucción, se propaguen ideas contrarias al dogma católico y al respeto y veneración debidos a la Iglesia”. De igual manera, a cambio de los bienes de la iglesia que ya habían sido adquiridos por los poderosos terratenientes, la oligarquía le cedió a la Iglesia la administración de los cementerios y todo lo referente a la existencia civil de las personas, para quienes era obligatorio acudir a la curia en búsqueda de registros de nacimientos, defunciones, matrimonios y todo lo demás.
Cuando ya estuvo todo concluido, cuando la Iglesia finalmente venció sobre los ideales de libertad del pueblo que dio su vida en pro de aquella, la Santa Sede proclamó su triunfo con la firma del Concordato en 1887. Fueron casi setenta años de guerras planeadas sistemáticamente por la Iglesia para llegar a esta meta.
Núñez abandonó su disfraz de liberal y proclamó su “conversión” al partido conservador, eminentemente clerical. Declaró, además de lo anterior, que los párrocos y, en general, la Iglesia, podían cobrar a los colombianos lo que consideraran conveniente por ejercer sus funciones como administradores de la situación civil de los ciudadanos. Núñez alegaría poco tiempo después que él había entregado el país a manos de la Iglesia Católica a cambio de la paz nacional. Fue un chantaje que nos volvió a sumir en la esclavitud de la cual, en realidad, nunca hemos salido.
Con el control total de la educación, los jesuitas pudieron moverse a sus anchas. Pudieron comprobar plenamente que, como dijo Ignacio de Loyola, “Si los niños han hecho una buena comunión, ellos serán sumisos al Papa, ¡Como el bastón en la mano del viajero, no tendrán ni voluntad ni pensamiento propio!”.
También dijo Loyola, en sus “Ejercicios Espirituales”: “...debemos siempre mantener como principio fijo que lo que veo que es blanco, creeré que es negro si las autoridades superiores de la Iglesia así lo definen.” Todos saben que Roma siempre ha declarado abiertamente su deseo de colocar la educación pública en manos de los Jesuitas, porque, dice la gran Ramera Católica, que ellos son los mejores maestros y modelos. ¿Por qué?
La respuesta es también sencilla: Porque los jesuitas han demostrado mucha más audacia y éxito que las otras órdenes religiosas, en destruir la inteligencia, la conciencia y la inclinación a la libertad de sus alumnos. La Historia ha demostrado que cuando un hombre ha sido entrenado por ellos durante el suficiente tiempo, se convierte en un cadáver moral, en un instrumento fácil del general jesuita. Sus superiores pueden hacer con él lo que les dé la gana, pueden ordenarle cualquier cosa con la certeza de que obedecerá ciegamente. Esto lo plasmó muy bien el papa Gregorio XVI en su celebrada Encíclica del 15 de Agosto de 1832: “Si la santa Iglesia así lo requiere, sacrificaremos nuestras propias opiniones, nuestro conocimiento, nuestra inteligencia, los sueños espléndidos de nuestra imaginación y las realizaciones más sublimes del entendimiento humano.”
Los jesuitas, maestros de la injuria, el engaño y las conspiraciones, no solamente controlan el sistema educativo en Colombia y en casi la totalidad de Latinoamérica, sino que prácticamente han cumplido su meta de controlar la educación en Estados Unidos, país al cual empezaron a ingresar desde cuando arribó el segundo grupo de peregrinos, abriendo el camino para que miles de familias católicas de Inglaterra, Irlanda y Francia –enviadas por el Vaticano- migraran hacia este país protestante, haciendo que estas familias católicas pasaran como protestantes para integrarse a las colonias.
A través de los años, los jesuitas han logrado infiltrar todas las escuelas protestantes de Estados Unidos y han entrado a formar parte de las juntas escolares en los Estados de la Unión. Lograron erradicar la enseñanza de la Biblia para reemplazarla con la psicología evolutiva en un fiel reflejo de los Ejercicios Espirituales de Loyola. Luego, establecieron sus propias escuelas y universidades controladas por jesuitas y hoy, éstas superan en número a todas las escuelas y universidades protestantes de Estados Unidos.
Harvard y Yale, antes protestantes, ahora están bajo el control jesuita; igual sucede con Penn, UCLA, Princenton y Cornell, por mencionar solamente algunas; además de la de Georgetown donde se educaron Clinton y otros presidentes. Clinton también estudió en la ultracatólica Yale, donde se conoció con su actual esposa, Hillary, hoy candidata presidencial. También en Yale se graduaron George Bush y George W. Bush, todos, nefastos gobernantes para Estados Unidos, un país que nació con ideales protestantes y que hoy día está controlado por los asesinos jesuitas.
Así, aunque Colombia y el resto de Latinoamérica han sido presas fáciles de la ideología jesuítica, debido a siglos de adoctrinamiento, en Estados Unidos, el asunto se puso más difícil para ellos. Desde el Congreso de Viena, Verona y Chieri –que ya vimos anteriormente- los jesuitas dejaron muy claro que recurrirían al asesinato de líderes en Estados Unidos si estos se oponían a sus planes. Fue por eso que desde 1841 hasta 1857 tres presidentes fueron atacados por ellos. Dos murieron y uno logró escapar con dificultad. Como declaró el papa en ese Congreso: “Nosotros también estamos determinados a tomar posesión de los Estados Unidos; pero debemos proceder con el mayor secreto”.
Con suma paciencia y sigilo, procedieron a masificar a los norteamericanos mediante el control de la educación y de la industria del entretenimiento. Implantaron millares de católicos en las principales ciudades con la convicción absoluta de uno de los prelados que dijo: “el voto de cualquier individuo aunque esté cubierto de harapos tiene tanto peso en la escala de poderes como el del millonario, Astor y que si tenemos dos votos en contra de los suyos él se convertirá en alguien con tan poco poder como el de una ostra”. Por eso gestionaron desde Roma la migración de millones de irlandeses e italianos pobres pero fieles al papa, y los colocaron en los cinturones de miseria de Washington, Nueva York, Boston, Chicago, Buffalo, Albano, Troy, Cincinnati y San Francisco.
La meta era, y es, que el voto católico sea esencial para elegir quien regirá los destinos de esa nación. Como narró Charles Chiniquy, un exsacerdote canadiense que, en el siglo XIX, dedicó el final de su vida a desenmascarar a Roma; él revela lo expresado por el general jesuita en documentos descubiertos: “Entonces ¡sí! gobernaremos a los Estados Unidos y los pondremos a los pies del Vicario de Jesucristo (el papa), para que le ponga fin a su sistema de educación que se encuentra ausente de Dios y a sus leyes impías de libertad de conciencia, que son un insulto a Dios y al hombre!” (Charles Chiniquy, Fifty Years in the Church of Rome. Chick Pulications, pp. 281-282.)
Precisamente, Chiniquy fue objeto de los ataques de los jesuitas, quienes montaron un tinglado de injurias para desprestigiar al entonces sacerdote. Lincoln sabía que a Chiniquy se le había acusado injustamente y aceptó defenderlo. Y ganó.
Debido al éxito de la defensa, Chiniquy salió victorioso y la conjura de los jesuitas fue descubierta; pero esto también desembocó en que Abraham Lincoln se ganara un odio más profundo de los hijos de Loyola. Un odio que ya se estaba gestando debido a que Lincoln era partidario y defensor de la libertad de los esclavos, algo que atentaba contra los intereses económicos de la Santa Sede en Estados Unidos. Los jesuitas controlaban el tráfico de esclavos y se beneficiaban directamente de ellos en sus enormes plantaciones de algodón que tenían en el sur. Igual que se habían beneficiado en Paraguay hacía siglos. Y, debido a las pretensiones de Lincoln –y de otros gobernantes que fueron asesinados también-, esta maléfica Orden desató la guerra civil estadounidense usando como detonante a su súbdito, Jeff Davis.
El mismo Lincoln escribió, refiriéndose a esta guerra: “Desgraciadamente, siento más y más cada día que la lucha que estoy librando no es únicamente contra los americanos del Sur, es más que nada en contra del Papa de Roma, sus perversos Jesuitas y sus esclavos ciegos y sedientos de sangre. Mientras esperen conquistar el Norte, ellos salvarán mi vida; pero el día que eliminemos su ejército, tomemos sus ciudades y los forcemos a someterse entonces me da la impresión de que los Jesuitas quienes son los gobernadores principales del Sur harán lo que casi invariablemente han hecho en el pasado. El cuchillo o la pistola lograrán lo que los guerreros no pueden lograr. La guerra civil parece ser un mero asunto político para aquellos que no ven lo que yo veo. El secreto surge de ese drama terrible. Pero es una guerra más religiosa que civil. Es Roma la que quiere gobernar y degradar al Norte como ya ha gobernado y degradado al Sur, desde el mismo día de su descubrimiento. Hay sólo unos pocos de los líderes del Sur quienes no están más o menos bajo la influencia de los Jesuitas a través de sus esposas, parientes y sus amigos. Algunos miembros de la familia de Jeff Davis pertenecen a la iglesia de Roma”.
Morse, el inventor del telégrafo, supo de las conjuras desde Roma contra Abraham Lincoln y así se lo advirtió al presidente. Por esta razón, cuando el sacerdote Chiniquy también lo alertó del plan para asesinarlo, Lincoln dijo: “(Morse) me dijo que cuando estaba en Roma no hacía mucho tiempo encontró las pruebas de que existe una conspiración formidable en contra de este país y de sus instituciones. Sin duda le debemos a las intrigas y a los emisarios del papa la mayor parte del terror que estamos viviendo con esta guerra civil que está amenazando con cubrir todo el país de sangre y de ruinas. (...) El Papa y los Jesuitas, con su infernal Inquisición, son el único poder organizado en el mundo que tiene el recurso de la daga del asesino para asesinar a aquellos a quienes ellos no puedan convencer con sus argumentos o conquistar con la espada. Los Jesuitas son tan expertos en esos hechos de sangre, que Enrique IV dijo que era imposible escapar de ellos, y él llegó a ser su víctima, aunque él hizo todo lo que podía haber hecho para protegerse a sí mismo. Mi escape de sus manos, desde la carta del papa a Jeff Davis que ha aguzado un millón de cuchilleros para partir mi pecho, sería más que un milagro".
Se le hicieron varios atentados, aún antes de que Lincoln se convirtiera en presidente de los Estados Unidos. Contrataron a un barbero italiano para que lo atacara con granadas, pero éste y otros intentos fallaron.
Mientras iba en un tren se le cayó una carta a John Wilkes Booth, el actor que disparó contra Lincoln; la carta le había sido enviada por Charles Shelby y cuando fue encontrada, se la enviaron al presidente Lincoln quien, después de haberla leído, escribió sobre ella la palabra “asesinato” y la archivó en su oficina. Después de su muerte, esta carta fue encontrada y utilizada como evidencia en la corte. Un extracto de la carta dice: “Abe debe morir y debe ser ahora. Pueden escoger sus armas, la copa, las balas o el cuchillo. La copa (veneno) nos falló una vez y podría volver a fallarnos... Sabes donde encontrar tus amigos. Tus disfraces son tan perfectos y completos... Realicen su misión por su hogar, por su país, aprovechen su tiempo, asegúrense de hacer lo que tienen que hacer. “Los amigos” a los que se refiere, eran los emisarios del Papa: los Jesuitas.
Un conocido investigador de este episodio, nos dice: “Me siento seguro al afirmar que ninguna otra parte puede ser encontrada en un libro acerca de la presentación coordinada de la historia completa de la muerte de Abraham Lincoln, la cual fue instigada por el papa “negro”, el General de la Orden Jesuita, camuflado por el papa “blanco”, Pío IX; ayudado, instigado y financiado por otros abogados del "Derecho Divino" de Europa, y finalmente consumado por la Jerarquía Romana y sus agentes pagados en este país y Canadá Francesa en “Viernes Santo” a la noche, el 14 de Abril, en 1865, en el Teatro de Ford, Washington, D.C.” (La Verdad Suprimida Sobre El Asesinato De Abraham Lincoln, Burke McCarty, 1973, originalmente publicado en 1924)
Lincoln tenía muy en claro que “Esta guerra nunca habría sido posible sin la influencia siniestra de los Jesuitas. Nosotros se lo debemos al papado, el hecho que ahora nosotros vemos nuestra tierra enrojecida con la sangre de sus hijos más nobles.”
Esa misma influencia siniestra fue la que llevó a la piadosa católica Mary Surrat a prestar su casa para planear cuidadosamente el asesinato, con la visita permanente y profusa de muchos sacerdotes católicos que los vecinos veían entrar y salir. Los sacerdotes jesuitas eran los confesores de John y Mary Surrat, de Booth y de Davis, quien puso el dinero para el asesinato. Booth, antes de morir, escribió: “Nunca podré arrepentirme, Dios me hizo el instrumento de su castigo”.
Cuando uno compara estas palabras con los principios y doctrinas que se enseñan y se decretan como de obligatorio cumplimiento desde los Concilios y las escuelas controladas por los jesuitas, se entiende cuál fue el origen de la ciega obediencia, sin importar las consecuencias, como si la orden de asesinar emanara del mismo Cristo. Mary Surrat, una de las conspiradoras, fiel comulgadora católica, declaró al día siguiente del crimen, que “La muerte de Abraham Lincoln no es más que la muerte de cualquier negro en el ejército”. Veamos algunas de las doctrinas católicas que inspiran a los magnicidas y demás asesinos:
“¿Será lícito a un hijo matar a su padre cuando está proscrito? Muchos autores sostienen que sí, y si el padre fuera nocivo a la Sociedad, opino lo mismo que esos autores.” (Dicastillo, jesuita español, en el tomo 2º de La justicia del Derecho, página 511)
El también jesuita, Amicis, dice que, “un religioso debe matar al hombre capaz de dañarle a él o a su religión, si cree que abriga tal intento”.
Con estas enseñanzas “divinas” no es raro que los fieles seguidores católicos cumplan cualquier capricho de sus amos, los sacerdotes, ya que creen que estos tienen autoridad delegada de Dios sobre la tierra. Igual sucede por los lados de las iglesias evangélicas cuyos pastores se endilgan la autoridad de Cristo y hacen que sus fieles ataquen, en toda forma, a quienes pongan en duda las órdenes de estos pastores. Y es que estas iglesias, supuestamente “cristianas”, también están controladas por la Orden. Pero continuemos.
Después del juicio, Mary Surrat, Lewis Paine, David Herold y George Atzerodt fueron colgados en la horca. Los cuatro eran católicos y dos de ellos eran sacerdotes jesuitas.
John Surratt, otro de los conspiradores, logró tomar un vuelo a Montreal y, desde allí, fue llevado a Liverpool, Inglaterra, y luego a Roma. Un oficial de Estados Unidos lo encontró en Roma, formando parte del ejército personal del papa. El Sumo Pontífice patrocinó protegió a este asesino hasta su muerte, igual que protegió y patrocinó a Hitler, Mussolini, Lenin, Franco, los Borbones, Fidel Castro, Pinochet y demás marionetas del Vaticano. Por supuesto, la protección solamente llega hasta donde empiece a peligrar la integridad del papa.
Por eso, hoy no es extraño ver que en un régimen supuestamente ateo, como es el de Cuba, el segundo a bordo en el Vaticano sea recibido con todos los honores de un jefe de Estado. No es raro, por eso, que lo mismo suceda en Nicaragua, México y, en general en todos los países latinoamericanos que han estado –y estarán- bajo el control del Vaticano, sean “democracias”, dictaduras, movimientos bolivarianos, revolución cubana, sandinismo, o como quiera que se llamen, los jesuitas están detrás de todos los regímenes controlando los destinos del país mediante el uso de las guerras civiles, la mafia, el narcotráfico, la corrupción moral, el analfabetismo y la pobreza. Con todo esto, ellos salen ganando.
Así como en Estados Unidos los jesuitas lograron introducirse en las Cortes y las instancias del poder judicial, como también en la CIA, ocupando cargos como magistrados y legisladores para manipular la constitución a su favor, lo mismo sucede en nuestros países latinoamericanos de una manera mucho más descarada. Por eso vemos a hampones, secuestradores, genocidas, mafiosos y rateros amnistiados mediante el amañamiento de las leyes y decretos que usan a su favor. Por eso el presidente Samper fue declarado inocente por el Congreso, por eso los guerrilleros del M-19 y los narcotraficantes –sus financiadores- fueron amnistiados y no extraditados: llegaron al descaro de cambiar una Constitución solamente para beneficio de unos pocos. César Gaviria fue el principal promotor de esta nueva Constitución, junto a los carteles de la droga que presionaron a los constitucionalistas para aprobar lo necesario para escapar de la justicia norteamericana. Por eso no es raro que asesinos guerrilleros sean huéspedes de honor de la curia colombiana, ni que ésta funja como agencia de viajes y compañía de guardaespaldas para escoltar a estos hampones hasta Cuba, otro fortín del Vaticano. Por eso los paramilitares siguen delinquiendo desde la cárcel; por eso las víctimas nunca serán reparadas; por eso las tierras que los paramilitares les quitaron a los campesinos, ahora pretenden dárselas a poderosos industriales para que se lucren de ellas y sigan esclavizando a los impotentes agricultores. Por eso nadie dice nada. (El Tiempo mencionó algo, pero lo hizo buscando beneficiar la candidatura de Santos para las próximas elecciones presidenciales)
En Estados Unidos, el plan jesuita incluye el control de los partidos políticos. Ya han avanzado mucho en eso: han colocado a Clinton, a Bush –padre e hijo- y a algunos más antes de ellos. En Colombia, esto ha sido mucho más evidente debido a que este país siempre ha estado bajo el dominio de la Iglesia Católica. Hasta los partidos de izquierda, como el Polo Democrático, están controlados abierta y descaradamente por ellos. El mismo Francisco de Roux, importante e influyente sacerdote jesuita, no tiene reparo en declarar públicamente su respaldo a este partido socialista católico. Un hermano de este jesuita es miembro importante del partido. Igual con las guerrillas. Éstas han nacido en los púlpitos y han sido apoyadas por muchos sacerdotes, algunos de los cuales han entrado a formar parte de sus filas armadas. El ELN, al igual que Sendero Luminoso, en el Perú, ha tenido entre sus ideólogos al mando, a jesuitas.
Todos los presidentes colombianos han sido fieles a Roma, son devotos de la Virgen María, del Divino Niño y del infernal rosario de patronos ante cuyas estatuas no dudan en hincarse. Los prelados católicos influyen en las decisiones del presidente, lo asesoran, le hablan al oído, le exigen usando el nombre de Dios. Recientemente han sido nombrados como únicos mediadores autorizados entre el gobierno y la guerrilla. ¿Por qué? Porque son amigos de ambos lados. Son los confesores y asesores de ambos bandos, como confesores y asesores fueron de Pablo Escobar y el resto de narcotraficantes que sumieron al país en una cruenta cadena de masacres financiadas y planeadas desde Medellín, el gran fortín de Roma en Colombia.
Por último, en la etapa de penetración en los Estados Unidos, el Vaticano planeó tomar el control de las fuerzas militares y de los medios de comunicación. Hoy en día, en Estados Unidos, hay un gran número de generales fieles a Roma. Si en los tiempos de Lincoln, el Vaticano controlaba más de la mitad de los periódicos norteamericanos, imagínense cómo estará la situación hoy día.
¿Sucede en Colombia lo mismo...? No lo duden. El Tiempo, cuyo dueño fue el presidente Eduardo Santos, quien acogió a los asesinos nazis embarcados por el papa en Roma para que huyeran de la justicia, ahora está en manos de esa misma familia cuyos principales miembros pertenecen a logias masónicas y están muy altos en los círculos de poder. Uno de ellos, Juan Manuel Santos, es Ministro de Defensa, mientras el otro –Francisco Santos- es el vicepresidente. Enrique Santos, director del periódico, fue y es un importante militante de izquierda que ha apoyado al Polo Democrático y a los jesuitas. Precisamente, en el editorial del 23 de febrero de 2008, El Tiempo felicita al nuevo general jesuita, el sacerdote español Nicolás, y hace una apología de las acciones de estos asesinos, la orden de Loyola que, como bien lo aseguró Lincoln, son los peores enemigos de la libertad.
Ricardo Puentes M.
Febrero 23 de 2008
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sábado, 19 de enero de 2008
VATICANO, IDOLATRÍA Y GUERRAS, PARTE IV
VATICANO, IDOLATRÍA Y GUERRAS
Parte IV
Sergio Arboleda, conservador e intelectual perteneciente a una familia católica prestante, declaró en 1867 que la República atravesaba una difícil situación y denunció, entre varios asuntos, la explotación que sufrían “las razas inferiores”, es decir, todos aquellos que no pertenecían a la raza blanca europea. Dijo también –cómo no- que para conjurar esta ‘terrible situación’ era necesario adelantar una moralización del país, y que esta misión debía encargársele a la Iglesia Católica a través de la educación. Como muestra para nosotros hoy, Arboleda apoyó su idea aduciendo que los miembros de la institución –la iglesia- “toman al niño en la cama, le dan su nombre, lo dirigen en la infancia, lo aconsejan en la juventud, le consuelan en la vejez, le asisten en el lecho de muerte, y su poder se extiende hasta más allá del sepulcro..(...) El clero puede salvarnos y nadie puede salvarnos sino el clero”
Este terrible cuadro nos da una idea clara de la profunda influencia y control que tenía la iglesia –aún la tiene- sobre la vida de las personas en nuestros países latinoamericanos. Cuando dice Arboleda que “su poder se extiende más allá del sepulcro”, se refiere a la creencia de que los sacerdotes tienen poder para sacar las almas de los difuntos del purgatorio o condenarlas a los más profundos infiernos. El destino de las almas dependerá –claro que sí- de si los familiares sobrevivientes están en capacidad de pagar o no las correspondientes misas y donaciones a la ‘santa’ madre iglesia.
Pocos años antes, en 1857, Napoleón III, cómplice y aliado del Vaticano, había desatado la guerra de Crimea, con la excusa de brindar protección a los lugares sagrados y colocar su custodia bajo la influencia de los jesuitas. Francia puso 100.000 muertos en esta absurda guerra (¿cuál guerra no lo es...?) que pronto fueron declarados como “mártires de la fe” por monseñor Sibour, obispo de París. Este mismo personaje declaró que: “la guerra de Crimea entre Francia y Rusia no es política, sino una guerra santa. No se trata de un Estado que lucha contra otro Estado; personas que pelean contra otras personas, sino una guerra religiosa, una Cruzada”.
En 1863 Francia realiza una expedición a México con el objetivo de transformar la república seglar en imperio y ofrecérselo entonces a Maximiliano, archiduque de Austria. Como todos sabemos, Austria era el principal sostén del papado, así que había otro objetivo importante en la expedición a México: levantar una fuerte barrera que impidiera la influencia de las ideas protestantes de Estados Unidos sobre los países latinoamericanos, que estaban en poder del papado. Además, el Vaticano quería vengarse de las medidas en contra de los bienes de la Iglesia (incluida la desamortización) que se habían decretado en 1856.
Así que Maximiliano I de Habsburgo, hermano del emperador de Austria Francisco José I, fue emperador de México desde 1864 hasta 1867, fecha en que fue capturado y fusilado por el liberal republicano Benito Juárez. La Revolución Francesa le estaba saliendo muy cara a Francia. Debido al apoyo del Vaticano al trono imperial, los franceses fueron llevados a pelear en muchas partes del mundo, defendiendo intereses ajenos. Entretanto, la Prusia protestante ganó la guerra contra Austria asestando un terrible golpe al Vaticano y los Habsburgo. No obstante, el Vaticano ya tenía la mano vengadora, “el dedo de Dios”, “el hombre enviado por la Providencia” para combatir a la nación ‘hereje’: Napoleón III. Aunque el emperador sabía que Francia no estaba lista para una confrontación con la poderosa Prusia, el Vaticano lo empujó a la guerra. Así que Francia declaró la guerra a Prusia. Gastón Bally dijo que “esa guerra de 1870, como la historia lo demostró, fue obra de Jesuitas”. (En: Les Jesuites)
Bismark falsificó el famoso “telegrama de Ems” y los franceses católicos, instigados por los jesuitas, no se detuvieron a confirmar el contenido del mensaje. Los jesuitas tenían mucha prisa para encontrar un pretexto para la guerra y así ocurrió. Las consecuencias, todos las conocemos: Francia colapsó y los acontecimientos le dieron una gran justificación para el contragolpe papal.
Así, Francia fue conquistada y los jesuitas obtuvieron su victoria. ¿Por qué ganan los jesuitas si estaban también del lado de los derrotados..? Por la misma razón que buscaban al instigar a Napoleón a la guerra con Prusia a sabiendas de su segura derrota. El Vaticano siempre gana en cualquier confrontación. Actúa como lo hacen los buitres sobre la carne de los muertos. Se nutre de la carroña.
Años antes, en 1789, cuando ocurrió la Revolución Francesa, el sacerdote Marquigny anunció que los principios de libertad que inspiraron la revolución, serían sepultados para siempre. Cosa que celebrarían en la iglesia en Montmartre, París, levantada por ellos, donde consagrarían arbitrariamente a Francia al Sagrado Corazón. Después de tres años, cuando los prusianos abandonaron Francia, los jesuitas salieron de sus escondites para aprovecharse de la desesperanza del pueblo, de sus muertes y miserias. Las personas, buscando consuelo en algún lugar, lo hallaron fácilmente en las prácticas místicas de los jesuitas quienes se fortalecieron, como lo han hecho en las guerras del siglo XX.
Aseguraban los clérigos católicos después de la guerra, que ésta había llegado como consecuencia del castigo de Dios debido al terrible pecado del pueblo francés. ¿Cuál era ese abominable pecado contra el Creador..? “La revolución de 1789, ese es el crimen que debemos expiar”. Aseguraban los jesuitas que la revolución Francesa, aquella que enarboló la bandera de la lucha por los Derechos Humanos, había causado la ira de Dios, engaño que, en los años de la posguerra Franco-prusiana, logró que los jesuitas reforzaran su poder controlando escaños políticos y manejando a su antojo y conveniencia el sistema educativo francés.
Así, mientras México era invadido por Austria y el Vaticano, instaurando el imperio de Maximiliano, en Colombia Tomás Cipriano de Mosquera ganaba la guerra contra el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez; guerra que había sido instigada por los jesuitas que convencieron a Ospina Rodríguez de su conveniencia. Así lo reconoció el cónsul norteamericano George W. Jones, quien escribió a su gobierno que los jesuitas habían ejercido presión sobre Ospina “para inducirlo a preparar la revolución, facilitándole dinero para llevar a cabo la guerra civil y rehusando la absolución de los católicos que no estuvieran del lado de los conservadores”.
Esta declaración se filtró a la prensa de la época y el clero pronto salió a desmentirla. Pero era tan fuerte la evidencia, que la Iglesia se justificó diciendo que la guerra había ocurrido porque había un complot para apoderarse de los bienes eclesiásticos.
Mosquera, pues, aún en medio de la guerra inconclusa, ordenó la disolución y la expulsión de los jesuitas y decretó la desamortización de los bienes de la Iglesia. Con esa desamortización, Mosquera esperaba cubrir gran parte de la deuda externa y el déficit fiscal interno.
Mediante estas medidas en contra del clero, Mosquera pretendía confirmar de una vez por todas la superioridad del Estado sobre la Iglesia; Mosquera sabía que la dominación real del imperio español tenía su sustento en el Vaticano. Se decretó la tuición de cultos y el arzobispo de Bogotá protesto enérgica e inútilmente. Ante la solicitud de revocatoria del decreto, por parte del arzobispo, el gobierno de Mosquera respondió negativamente aduciendo que tal medida era necesaria debido “a las agresiones (...) de vuestro clero, que por medio (...) de palabra y de obra ha perturbado el orden sacudiendo la sociedad..”.
Cuando se hicieron las cuentas, se llegó a la conclusión de que los bienes y riquezas del clero ascendían a cerca de 12 millones de pesos, es decir, tres veces el presupuesto de ingresos de la Nación de entonces. La cifra hubiera sido muchísimo más alta. Pero los astutos curas, durante la administración de Santander en la Gran Colombia, habían vendido la mayor parte de sus tierras, joyas, oro, plata, obras de arte y otros tesoros, y habían guardado el dinero en el exterior.
Contra la medida de Mosquera, la Iglesia contraatacó instigando a los fieles católicos a que se alzaran violentamente contra las autoridades civiles. Entonces, el papa Pío IX, el mismo que patrocinó la expedición a México para instalar el imperio de Maximiliano I, y el mismo que promulgara el dogma jesuítico de la “infabilidad papal” aceptando la declaración de los jesuitas de que el papa era el “rey del mundo” y que todo debería quedar sujeto a los pies del pontífice; este papa Pío IX, que también redactaría el famoso “Syllabus errorum” condenando todos los principios democráticos de las naciones, escribió una carta pastoral al arzobispo y a todos los obispos del país condenando “todos los gravísimos daños y ultrajes que la Iglesia, sus individuos y sus cosas y esta misma Santa Sede han sufrido de parte del gobierno neogranadino, y reprobamos y condenamos con toda nuestra autoridad Apostólica, todas y cada una de las cosas decretadas, efectuadas o de cualquier manera intentadas por dicho gobierno..” (En El Conservador, Bogotá, diciembre 5 de 1863)
Mosquera le respondió que protestaba contra “la conducta hostil del pontífice romano, que no es dueño de Colombia..” Naturalmente, el presidente Mosquera fue excomulgado pero a él poco le importó ya que contaba con el apoyo del ejército. Entonces, el cura Vicente Bernal, párroco de la Ermita de Monserrate, le escribió al papa asegurando que Mosquera pretendía introducir el protestantismo en el país.
Mosquera apresuró la venta de los bienes desamortizados y estos fueron adquiridos por especuladores y terratenientes. Sucedió todo lo contrario a lo que supuestamente buscaba Mosquera. El presidente propugnaba públicamente por una reforma agraria que beneficiara a los campesinos, pero lo que resultó fue que hubo una mayor concentración de la propiedad de la tierra, aumentando enormemente las riquezas de las oligarquías. En Antioquia la desamortización no se pudo hacer a cabalidad debido a la oposición feroz de los fieles católicos, mientras que en Bogotá el proceso transcurrió con cierta normalidad. Entre los mayores compradores de los bienes de la Iglesia estuvieron Medardo Rivas, notable historiador y oligarca bogotano que se apropió de inmensas propiedades a lo largo de la ribera del río Magdalena, despojando a los moradores –junto con otros miembros de la oligarquía bogotana- e importando campesinos desde otros lugares para talar los bosques y sembrar las tabacaleras que aumentaron muchísimo más las riquezas de la clase dominante y explotadora. De ahí derivan sus fortunas los Rivas, los Montoya, los descendientes de Sergio Arboleda y otras familias del Cauca, Valle y Bogotá. También se beneficiaron con la venta de los bienes en Bogotá: Jesús María Gutiérrez, Meliton Escovar, Juan de Dios Muñoz, José Borda, Fernando Párraga y Dámaso Gaviria. En Boyacá se beneficiaron los Montejo, antepasados de los Santos, dueños de El Tiempo. El asunto es que los bienes eclesiásticos, todos, fueron adjudicados a las personas más influyentes y adineradas de la sociedad. Y el presidente Mosquera era uno de ellos. Por supuesto, también se beneficiaron los comerciantes que aprovecharon el momento y amasaron sus fortunas, entre estos, los López (poderosa familia de presidentes, empresarios y dueños de medios), y los Samper, otra poderosa familia que ha controlado –junto a otros apellidos- todas las instancias de la vida en Colombia: industria, comercio, educación, finanzas, legislación, poder ejecutivo y judicial.. en fin.. Ya pueden ustedes entender que la presencia de ciertos apellidos en la vida nacional no llega de la noche a la mañana por favor de Dios, sino que surge de la rapiña que se hizo a los pobres. Igual podemos ver cómo nació la dinastía de los Rojas Moreno; su abuelo Gustavo Rojas Pinilla se enriqueció enormemente cuando fue dictador de Colombia y hoy podemos ver a su hija y nietos apropiados de una enorme tajada del poder. Ah.. y todo con la anuencia de los curitas, como siempre.
Los jesuitas, queriendo vengarse de Mosquera buscando derrocarlo para poder regresar al país, agudizaron la guerra conduciendo a los conservadores a formar guerrillas para combatir a Mosquera. Al final de ésta, aunque ganaron los liberales, el país quedó mucho más sumido que antes en la miseria y la desesperanza.
Una vez adjudicados los bienes de la iglesia a los ricos liberales, Mosquera se sintió más seguro y se reunió con algunos de ellos en Bogotá para reorganizar el país. Se convocó la Convención de Rionegro donde se aprobó la Constitución de 1863. Esta Constitución ha sido, en opinión de la mayoría de expertos, la más liberal de todas las que han existido. En ella se consagraron los derechos individuales, se abolió la esclavitud, se eliminó la pena de muerte, se implantó la libertad de pensamiento, de imprenta y de palabra y la libertad religiosa, entre otras. Tan ambiciosa era esta Constitución que Víctor Hugo, el gran pensador y escritor francés, defensor de las libertades individuales y civiles, dijo que ésta era una Constitución “para un país de ángeles”. Y de ella surgieron los Estados Unidos de Colombia.
Entonces, el Vaticano instó al ecuatoriano Juan José Flórez a invadir Colombia y tomar Túquerres. Esto obligó a Mosquera a desplazarse hacia Nariño, situación que aprovecharon los jesuitas para instar a un levantamiento militar de los conservadores en Antioquia contra el gobierno liberal de Pascual Bravo en ese Estado. Ganaron los conservadores quienes derrocaron a Bravo y nombraron a Pedro Justo Berrío como presidente de ese Estado, uno de los nueve que conformaban la nación. Manuel Murillo Toro, presidente de la confederación después de Mosquera, reconoció el gobierno de Berrío. De ahí en adelante, durante la duración de los Estados Unidos de Colombia, la iglesia instigó y patrocinó continuamente el accionar de las guerrillas conservadoras.
Y no solamente eso. La iglesia también penetró los círculos liberales que habían inspirado la Constitución de Rionegro, y sembró en las mentes de algunos caudillos liberales, como la de Manuel Murillo Toro, ideas del socialismo que los curas habían ensayado con los indios Guaraníes en las Reducciones paraguayas. No en vano Murillo había sido alumno de los jesuitas, igual que José María Rojas Garrido y Manuel María Madiedo, quien fuera el precursor del socialismo católico en Colombia.
Tomás Cipriano de Mosquera había abandonado la presidencia en 1864, debido a la obligación constitucional. Pero fue elegido de nuevo en 1866. En este, su cuarto mandato, Mosquera propuso una revisión de los remates de los bienes desamortizados de la iglesia ya que no se había cumplido el objetivo de que estos quedaran en manos de campesinos y no de terratenientes y comerciantes. Para infortunio de Mosquera, el Congreso estaba compuesto en su mayoría por estos comerciantes, terratenientes y curas, así que el presidente comenzó a ser atacado desde todos los frentes buscando torpedear su gestión y desacreditarlo ante la opinión pública. Mosquera atacó al Congreso en una alocución pública y éste respondió con medidas que limitaban el poder presidencial. La iglesia, que estaba deseosa de venganza debido a la expulsión de los jesuitas y del arzobispo Arbeláez, apoyó el golpe de Estado que le propinó el general boyacense Santos Acosta, familiar de los Samper, dinastía de comerciantes.
En 1870, los ricos comerciantes iniciaron la era de los bancos. Se fundó el primer banco privado, el Banco de Bogotá, con 107 accionistas procedentes de las mismas familias de siempre, entre las cuales estaban los Samper, obviamente. Los jesuitas también estaban entre los principales accionistas.
En Antioquia, familias poderosas como los Ospina, los Uribe, los Vélez y los Restrepo se hicieron a cientos de miles de hectáreas estableciendo sus haciendas en las márgenes del río Cauca. Al contrario del modelo norteamericano, que no permitía la posesión de la tierra por encima de la capacidad de la familia para trabajarla, aquí –y en toda Latinoamérica- el modelo a seguir fue la apropiación de grandes extensiones de tierras, cosa que agravó el tema agrario perpetuando la desdicha y la pobreza de los eternos malogrados: el pueblo común y corriente, ignorante y católico.
Por su parte, la iglesia se valió también de la Constitución liberal de Rionegro para fortalecerse en las regiones – estados de la nación. Como la Constitución decía que el Estado Central no podía intervenir en las guerras “internas” de cada Estado de la Unión, el clero pudo instigar el levantamiento conservador en Antioquia para derrocar la autoridad legítima con la seguridad constitucional de que el gobierno central no intervendría. Otra consecuencia de esta constitución liberal, “hecha para ángeles” no para hombres educados por jesuitas, fue que el ejército del gobierno central se debilitó mientras que los ejércitos de algunos Estados de la Unión se hicieron muy poderosos. Alvaro Tirado Mejía calcula que durante la vigencia de la Constitución de Rionegro ocurrieron cerca de 40 rebeliones y levantamientos regionales, y una guerra a nivel nacional, la de 1876-1877, auspiciada por la iglesia Católica, ¡por quién más habría de ser..! que insurreccionó a los conservadores en contra del gobierno central liberal. La guerra fue acaudillada por los Estados de Antioquia y Tolima, ambos conservadores pro eclesiales.
Entretanto, en la Francia derrotada por Prusia, los jesuitas ganaban con la conquista. Mediante una ley se les autorizó a construir la basílica del Sagrado Corazón en la colina de Montmartre, en París, en pleno corazón de la Revolución Francesa. Era el cumplimiento de las palabras del clérigo que había anunciado que esos principios inspiradores de la revolución serían pisoteados. La basílica era el símbolo de la victoria de la Compañía de Jesús. El cura Olivier dijo en esa ocasión que: “la basílica del Sagrado Corazón simboliza el arrepentimiento de Francia y expresa nuestra firme intención de reparar los errores. Es un monumento de expiación y reparación.” Inmediatamente, los jesuitas empezaron a trabajar en la restauración de la Orden y de la monarquía, esto último infructuoso a pesar de las continuas y remozadas peregrinaciones organizadas por ellos hacia los santuarios de la virgen de la Medalla Milagrosa en París, y al de Lourdes. El pueblo francés, no obstante su apariencia externa de piedad y devoción católica, internamente mantenía un obstinado rechazo contra las pretensiones de poder político de la iglesia. A pesar de que los jesuitas estaban controlando la educación de los niños hijos de las clases medias que tenían el poder, tratando de que estos aborrecieran la república y ansiaran la monarquía, otra cosa les enseñaban los padres en sus hogares, los mismos que habían luchado para derrocar la tiranía monárquica pro eclesial.
Mientras en Francia ocurría esto, en Colombia los jesuitas, proscritos pero presentes, organizaron la guerra de 1876-1877 bajo la excusa de “problema religioso” causado por la enseñanza laica que algunos Estados de la Unión querían implantar. Los Estados de Antioquia y Tolima, conservadores y clericales, armaron fuertes ejércitos con armas modernas y los curas encabezaron la lucha “revolucionaria” a favor de la moral y la religión. Sin embargo, los mismos ideales egoístas implantados por los jesuitas en sus alumnos, produjo el fracaso de estos ejércitos. Los líderes de Antioquia querían gobernar cuando ganaran la guerra, y los líderes tolimenses y del Cauca buscaban lo mismo. Los antioqueños esgrimían su superioridad racial como garante del derecho a gobernar, mientras que los “negros del Cauca”, también conservadores, no estaban dispuestos a que los antioqueños los dejaran sin parte del botín. Por conveniencia, se firmó la paz.
Pero los jesuitas ya tenían adelantada la redacción del Concordato que afirmaría el poder papal en la región. Pero, para que éste se firmara, la Constitución de Rionegro debía terminarse. ¿Cómo lograrían anular la Constitución y establecer otra que se acomodara a sus ambiciones...? Como siempre lo han hecho. Con su especialidad: La guerra.
Ricardo Puentes M.
Enero 16 de 2008.
Parte IV
Sergio Arboleda, conservador e intelectual perteneciente a una familia católica prestante, declaró en 1867 que la República atravesaba una difícil situación y denunció, entre varios asuntos, la explotación que sufrían “las razas inferiores”, es decir, todos aquellos que no pertenecían a la raza blanca europea. Dijo también –cómo no- que para conjurar esta ‘terrible situación’ era necesario adelantar una moralización del país, y que esta misión debía encargársele a la Iglesia Católica a través de la educación. Como muestra para nosotros hoy, Arboleda apoyó su idea aduciendo que los miembros de la institución –la iglesia- “toman al niño en la cama, le dan su nombre, lo dirigen en la infancia, lo aconsejan en la juventud, le consuelan en la vejez, le asisten en el lecho de muerte, y su poder se extiende hasta más allá del sepulcro..(...) El clero puede salvarnos y nadie puede salvarnos sino el clero”
Este terrible cuadro nos da una idea clara de la profunda influencia y control que tenía la iglesia –aún la tiene- sobre la vida de las personas en nuestros países latinoamericanos. Cuando dice Arboleda que “su poder se extiende más allá del sepulcro”, se refiere a la creencia de que los sacerdotes tienen poder para sacar las almas de los difuntos del purgatorio o condenarlas a los más profundos infiernos. El destino de las almas dependerá –claro que sí- de si los familiares sobrevivientes están en capacidad de pagar o no las correspondientes misas y donaciones a la ‘santa’ madre iglesia.
Pocos años antes, en 1857, Napoleón III, cómplice y aliado del Vaticano, había desatado la guerra de Crimea, con la excusa de brindar protección a los lugares sagrados y colocar su custodia bajo la influencia de los jesuitas. Francia puso 100.000 muertos en esta absurda guerra (¿cuál guerra no lo es...?) que pronto fueron declarados como “mártires de la fe” por monseñor Sibour, obispo de París. Este mismo personaje declaró que: “la guerra de Crimea entre Francia y Rusia no es política, sino una guerra santa. No se trata de un Estado que lucha contra otro Estado; personas que pelean contra otras personas, sino una guerra religiosa, una Cruzada”.
En 1863 Francia realiza una expedición a México con el objetivo de transformar la república seglar en imperio y ofrecérselo entonces a Maximiliano, archiduque de Austria. Como todos sabemos, Austria era el principal sostén del papado, así que había otro objetivo importante en la expedición a México: levantar una fuerte barrera que impidiera la influencia de las ideas protestantes de Estados Unidos sobre los países latinoamericanos, que estaban en poder del papado. Además, el Vaticano quería vengarse de las medidas en contra de los bienes de la Iglesia (incluida la desamortización) que se habían decretado en 1856.
Así que Maximiliano I de Habsburgo, hermano del emperador de Austria Francisco José I, fue emperador de México desde 1864 hasta 1867, fecha en que fue capturado y fusilado por el liberal republicano Benito Juárez. La Revolución Francesa le estaba saliendo muy cara a Francia. Debido al apoyo del Vaticano al trono imperial, los franceses fueron llevados a pelear en muchas partes del mundo, defendiendo intereses ajenos. Entretanto, la Prusia protestante ganó la guerra contra Austria asestando un terrible golpe al Vaticano y los Habsburgo. No obstante, el Vaticano ya tenía la mano vengadora, “el dedo de Dios”, “el hombre enviado por la Providencia” para combatir a la nación ‘hereje’: Napoleón III. Aunque el emperador sabía que Francia no estaba lista para una confrontación con la poderosa Prusia, el Vaticano lo empujó a la guerra. Así que Francia declaró la guerra a Prusia. Gastón Bally dijo que “esa guerra de 1870, como la historia lo demostró, fue obra de Jesuitas”. (En: Les Jesuites)
Bismark falsificó el famoso “telegrama de Ems” y los franceses católicos, instigados por los jesuitas, no se detuvieron a confirmar el contenido del mensaje. Los jesuitas tenían mucha prisa para encontrar un pretexto para la guerra y así ocurrió. Las consecuencias, todos las conocemos: Francia colapsó y los acontecimientos le dieron una gran justificación para el contragolpe papal.
Así, Francia fue conquistada y los jesuitas obtuvieron su victoria. ¿Por qué ganan los jesuitas si estaban también del lado de los derrotados..? Por la misma razón que buscaban al instigar a Napoleón a la guerra con Prusia a sabiendas de su segura derrota. El Vaticano siempre gana en cualquier confrontación. Actúa como lo hacen los buitres sobre la carne de los muertos. Se nutre de la carroña.
Años antes, en 1789, cuando ocurrió la Revolución Francesa, el sacerdote Marquigny anunció que los principios de libertad que inspiraron la revolución, serían sepultados para siempre. Cosa que celebrarían en la iglesia en Montmartre, París, levantada por ellos, donde consagrarían arbitrariamente a Francia al Sagrado Corazón. Después de tres años, cuando los prusianos abandonaron Francia, los jesuitas salieron de sus escondites para aprovecharse de la desesperanza del pueblo, de sus muertes y miserias. Las personas, buscando consuelo en algún lugar, lo hallaron fácilmente en las prácticas místicas de los jesuitas quienes se fortalecieron, como lo han hecho en las guerras del siglo XX.
Aseguraban los clérigos católicos después de la guerra, que ésta había llegado como consecuencia del castigo de Dios debido al terrible pecado del pueblo francés. ¿Cuál era ese abominable pecado contra el Creador..? “La revolución de 1789, ese es el crimen que debemos expiar”. Aseguraban los jesuitas que la revolución Francesa, aquella que enarboló la bandera de la lucha por los Derechos Humanos, había causado la ira de Dios, engaño que, en los años de la posguerra Franco-prusiana, logró que los jesuitas reforzaran su poder controlando escaños políticos y manejando a su antojo y conveniencia el sistema educativo francés.
Así, mientras México era invadido por Austria y el Vaticano, instaurando el imperio de Maximiliano, en Colombia Tomás Cipriano de Mosquera ganaba la guerra contra el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez; guerra que había sido instigada por los jesuitas que convencieron a Ospina Rodríguez de su conveniencia. Así lo reconoció el cónsul norteamericano George W. Jones, quien escribió a su gobierno que los jesuitas habían ejercido presión sobre Ospina “para inducirlo a preparar la revolución, facilitándole dinero para llevar a cabo la guerra civil y rehusando la absolución de los católicos que no estuvieran del lado de los conservadores”.
Esta declaración se filtró a la prensa de la época y el clero pronto salió a desmentirla. Pero era tan fuerte la evidencia, que la Iglesia se justificó diciendo que la guerra había ocurrido porque había un complot para apoderarse de los bienes eclesiásticos.
Mosquera, pues, aún en medio de la guerra inconclusa, ordenó la disolución y la expulsión de los jesuitas y decretó la desamortización de los bienes de la Iglesia. Con esa desamortización, Mosquera esperaba cubrir gran parte de la deuda externa y el déficit fiscal interno.
Mediante estas medidas en contra del clero, Mosquera pretendía confirmar de una vez por todas la superioridad del Estado sobre la Iglesia; Mosquera sabía que la dominación real del imperio español tenía su sustento en el Vaticano. Se decretó la tuición de cultos y el arzobispo de Bogotá protesto enérgica e inútilmente. Ante la solicitud de revocatoria del decreto, por parte del arzobispo, el gobierno de Mosquera respondió negativamente aduciendo que tal medida era necesaria debido “a las agresiones (...) de vuestro clero, que por medio (...) de palabra y de obra ha perturbado el orden sacudiendo la sociedad..”.
Cuando se hicieron las cuentas, se llegó a la conclusión de que los bienes y riquezas del clero ascendían a cerca de 12 millones de pesos, es decir, tres veces el presupuesto de ingresos de la Nación de entonces. La cifra hubiera sido muchísimo más alta. Pero los astutos curas, durante la administración de Santander en la Gran Colombia, habían vendido la mayor parte de sus tierras, joyas, oro, plata, obras de arte y otros tesoros, y habían guardado el dinero en el exterior.
Contra la medida de Mosquera, la Iglesia contraatacó instigando a los fieles católicos a que se alzaran violentamente contra las autoridades civiles. Entonces, el papa Pío IX, el mismo que patrocinó la expedición a México para instalar el imperio de Maximiliano I, y el mismo que promulgara el dogma jesuítico de la “infabilidad papal” aceptando la declaración de los jesuitas de que el papa era el “rey del mundo” y que todo debería quedar sujeto a los pies del pontífice; este papa Pío IX, que también redactaría el famoso “Syllabus errorum” condenando todos los principios democráticos de las naciones, escribió una carta pastoral al arzobispo y a todos los obispos del país condenando “todos los gravísimos daños y ultrajes que la Iglesia, sus individuos y sus cosas y esta misma Santa Sede han sufrido de parte del gobierno neogranadino, y reprobamos y condenamos con toda nuestra autoridad Apostólica, todas y cada una de las cosas decretadas, efectuadas o de cualquier manera intentadas por dicho gobierno..” (En El Conservador, Bogotá, diciembre 5 de 1863)
Mosquera le respondió que protestaba contra “la conducta hostil del pontífice romano, que no es dueño de Colombia..” Naturalmente, el presidente Mosquera fue excomulgado pero a él poco le importó ya que contaba con el apoyo del ejército. Entonces, el cura Vicente Bernal, párroco de la Ermita de Monserrate, le escribió al papa asegurando que Mosquera pretendía introducir el protestantismo en el país.
Mosquera apresuró la venta de los bienes desamortizados y estos fueron adquiridos por especuladores y terratenientes. Sucedió todo lo contrario a lo que supuestamente buscaba Mosquera. El presidente propugnaba públicamente por una reforma agraria que beneficiara a los campesinos, pero lo que resultó fue que hubo una mayor concentración de la propiedad de la tierra, aumentando enormemente las riquezas de las oligarquías. En Antioquia la desamortización no se pudo hacer a cabalidad debido a la oposición feroz de los fieles católicos, mientras que en Bogotá el proceso transcurrió con cierta normalidad. Entre los mayores compradores de los bienes de la Iglesia estuvieron Medardo Rivas, notable historiador y oligarca bogotano que se apropió de inmensas propiedades a lo largo de la ribera del río Magdalena, despojando a los moradores –junto con otros miembros de la oligarquía bogotana- e importando campesinos desde otros lugares para talar los bosques y sembrar las tabacaleras que aumentaron muchísimo más las riquezas de la clase dominante y explotadora. De ahí derivan sus fortunas los Rivas, los Montoya, los descendientes de Sergio Arboleda y otras familias del Cauca, Valle y Bogotá. También se beneficiaron con la venta de los bienes en Bogotá: Jesús María Gutiérrez, Meliton Escovar, Juan de Dios Muñoz, José Borda, Fernando Párraga y Dámaso Gaviria. En Boyacá se beneficiaron los Montejo, antepasados de los Santos, dueños de El Tiempo. El asunto es que los bienes eclesiásticos, todos, fueron adjudicados a las personas más influyentes y adineradas de la sociedad. Y el presidente Mosquera era uno de ellos. Por supuesto, también se beneficiaron los comerciantes que aprovecharon el momento y amasaron sus fortunas, entre estos, los López (poderosa familia de presidentes, empresarios y dueños de medios), y los Samper, otra poderosa familia que ha controlado –junto a otros apellidos- todas las instancias de la vida en Colombia: industria, comercio, educación, finanzas, legislación, poder ejecutivo y judicial.. en fin.. Ya pueden ustedes entender que la presencia de ciertos apellidos en la vida nacional no llega de la noche a la mañana por favor de Dios, sino que surge de la rapiña que se hizo a los pobres. Igual podemos ver cómo nació la dinastía de los Rojas Moreno; su abuelo Gustavo Rojas Pinilla se enriqueció enormemente cuando fue dictador de Colombia y hoy podemos ver a su hija y nietos apropiados de una enorme tajada del poder. Ah.. y todo con la anuencia de los curitas, como siempre.
Los jesuitas, queriendo vengarse de Mosquera buscando derrocarlo para poder regresar al país, agudizaron la guerra conduciendo a los conservadores a formar guerrillas para combatir a Mosquera. Al final de ésta, aunque ganaron los liberales, el país quedó mucho más sumido que antes en la miseria y la desesperanza.
Una vez adjudicados los bienes de la iglesia a los ricos liberales, Mosquera se sintió más seguro y se reunió con algunos de ellos en Bogotá para reorganizar el país. Se convocó la Convención de Rionegro donde se aprobó la Constitución de 1863. Esta Constitución ha sido, en opinión de la mayoría de expertos, la más liberal de todas las que han existido. En ella se consagraron los derechos individuales, se abolió la esclavitud, se eliminó la pena de muerte, se implantó la libertad de pensamiento, de imprenta y de palabra y la libertad religiosa, entre otras. Tan ambiciosa era esta Constitución que Víctor Hugo, el gran pensador y escritor francés, defensor de las libertades individuales y civiles, dijo que ésta era una Constitución “para un país de ángeles”. Y de ella surgieron los Estados Unidos de Colombia.
Entonces, el Vaticano instó al ecuatoriano Juan José Flórez a invadir Colombia y tomar Túquerres. Esto obligó a Mosquera a desplazarse hacia Nariño, situación que aprovecharon los jesuitas para instar a un levantamiento militar de los conservadores en Antioquia contra el gobierno liberal de Pascual Bravo en ese Estado. Ganaron los conservadores quienes derrocaron a Bravo y nombraron a Pedro Justo Berrío como presidente de ese Estado, uno de los nueve que conformaban la nación. Manuel Murillo Toro, presidente de la confederación después de Mosquera, reconoció el gobierno de Berrío. De ahí en adelante, durante la duración de los Estados Unidos de Colombia, la iglesia instigó y patrocinó continuamente el accionar de las guerrillas conservadoras.
Y no solamente eso. La iglesia también penetró los círculos liberales que habían inspirado la Constitución de Rionegro, y sembró en las mentes de algunos caudillos liberales, como la de Manuel Murillo Toro, ideas del socialismo que los curas habían ensayado con los indios Guaraníes en las Reducciones paraguayas. No en vano Murillo había sido alumno de los jesuitas, igual que José María Rojas Garrido y Manuel María Madiedo, quien fuera el precursor del socialismo católico en Colombia.
Tomás Cipriano de Mosquera había abandonado la presidencia en 1864, debido a la obligación constitucional. Pero fue elegido de nuevo en 1866. En este, su cuarto mandato, Mosquera propuso una revisión de los remates de los bienes desamortizados de la iglesia ya que no se había cumplido el objetivo de que estos quedaran en manos de campesinos y no de terratenientes y comerciantes. Para infortunio de Mosquera, el Congreso estaba compuesto en su mayoría por estos comerciantes, terratenientes y curas, así que el presidente comenzó a ser atacado desde todos los frentes buscando torpedear su gestión y desacreditarlo ante la opinión pública. Mosquera atacó al Congreso en una alocución pública y éste respondió con medidas que limitaban el poder presidencial. La iglesia, que estaba deseosa de venganza debido a la expulsión de los jesuitas y del arzobispo Arbeláez, apoyó el golpe de Estado que le propinó el general boyacense Santos Acosta, familiar de los Samper, dinastía de comerciantes.
En 1870, los ricos comerciantes iniciaron la era de los bancos. Se fundó el primer banco privado, el Banco de Bogotá, con 107 accionistas procedentes de las mismas familias de siempre, entre las cuales estaban los Samper, obviamente. Los jesuitas también estaban entre los principales accionistas.
En Antioquia, familias poderosas como los Ospina, los Uribe, los Vélez y los Restrepo se hicieron a cientos de miles de hectáreas estableciendo sus haciendas en las márgenes del río Cauca. Al contrario del modelo norteamericano, que no permitía la posesión de la tierra por encima de la capacidad de la familia para trabajarla, aquí –y en toda Latinoamérica- el modelo a seguir fue la apropiación de grandes extensiones de tierras, cosa que agravó el tema agrario perpetuando la desdicha y la pobreza de los eternos malogrados: el pueblo común y corriente, ignorante y católico.
Por su parte, la iglesia se valió también de la Constitución liberal de Rionegro para fortalecerse en las regiones – estados de la nación. Como la Constitución decía que el Estado Central no podía intervenir en las guerras “internas” de cada Estado de la Unión, el clero pudo instigar el levantamiento conservador en Antioquia para derrocar la autoridad legítima con la seguridad constitucional de que el gobierno central no intervendría. Otra consecuencia de esta constitución liberal, “hecha para ángeles” no para hombres educados por jesuitas, fue que el ejército del gobierno central se debilitó mientras que los ejércitos de algunos Estados de la Unión se hicieron muy poderosos. Alvaro Tirado Mejía calcula que durante la vigencia de la Constitución de Rionegro ocurrieron cerca de 40 rebeliones y levantamientos regionales, y una guerra a nivel nacional, la de 1876-1877, auspiciada por la iglesia Católica, ¡por quién más habría de ser..! que insurreccionó a los conservadores en contra del gobierno central liberal. La guerra fue acaudillada por los Estados de Antioquia y Tolima, ambos conservadores pro eclesiales.
Entretanto, en la Francia derrotada por Prusia, los jesuitas ganaban con la conquista. Mediante una ley se les autorizó a construir la basílica del Sagrado Corazón en la colina de Montmartre, en París, en pleno corazón de la Revolución Francesa. Era el cumplimiento de las palabras del clérigo que había anunciado que esos principios inspiradores de la revolución serían pisoteados. La basílica era el símbolo de la victoria de la Compañía de Jesús. El cura Olivier dijo en esa ocasión que: “la basílica del Sagrado Corazón simboliza el arrepentimiento de Francia y expresa nuestra firme intención de reparar los errores. Es un monumento de expiación y reparación.” Inmediatamente, los jesuitas empezaron a trabajar en la restauración de la Orden y de la monarquía, esto último infructuoso a pesar de las continuas y remozadas peregrinaciones organizadas por ellos hacia los santuarios de la virgen de la Medalla Milagrosa en París, y al de Lourdes. El pueblo francés, no obstante su apariencia externa de piedad y devoción católica, internamente mantenía un obstinado rechazo contra las pretensiones de poder político de la iglesia. A pesar de que los jesuitas estaban controlando la educación de los niños hijos de las clases medias que tenían el poder, tratando de que estos aborrecieran la república y ansiaran la monarquía, otra cosa les enseñaban los padres en sus hogares, los mismos que habían luchado para derrocar la tiranía monárquica pro eclesial.
Mientras en Francia ocurría esto, en Colombia los jesuitas, proscritos pero presentes, organizaron la guerra de 1876-1877 bajo la excusa de “problema religioso” causado por la enseñanza laica que algunos Estados de la Unión querían implantar. Los Estados de Antioquia y Tolima, conservadores y clericales, armaron fuertes ejércitos con armas modernas y los curas encabezaron la lucha “revolucionaria” a favor de la moral y la religión. Sin embargo, los mismos ideales egoístas implantados por los jesuitas en sus alumnos, produjo el fracaso de estos ejércitos. Los líderes de Antioquia querían gobernar cuando ganaran la guerra, y los líderes tolimenses y del Cauca buscaban lo mismo. Los antioqueños esgrimían su superioridad racial como garante del derecho a gobernar, mientras que los “negros del Cauca”, también conservadores, no estaban dispuestos a que los antioqueños los dejaran sin parte del botín. Por conveniencia, se firmó la paz.
Pero los jesuitas ya tenían adelantada la redacción del Concordato que afirmaría el poder papal en la región. Pero, para que éste se firmara, la Constitución de Rionegro debía terminarse. ¿Cómo lograrían anular la Constitución y establecer otra que se acomodara a sus ambiciones...? Como siempre lo han hecho. Con su especialidad: La guerra.
Ricardo Puentes M.
Enero 16 de 2008.
domingo, 13 de enero de 2008
VATICANO, EDUCACIÓN Y POBREZA PARTE 3
VATICANO, EDUCACIÓN, POBREZA Y SOCIALISMO
Parte III
Como era de esperarse, tras la guerra de independencia de las colonias españolas, toda la región quedó sumida en la ruina, lo cual favorecía a la Compañía de Jesús, como ya vimos. Los bandoleros, antiguos militantes patriotas que se habían quedado sin trabajo, merodeaban, atracaban y asesinaban; la situación era dramática. Junto a las clases dominantes, surgió otra: la oligarquía militar. Refiriéndose a ésta, el general Páez escribió: “los militares aspiraban a ver premiados con usura sus servicios a la patria, a que se les conservaran sus fueros y exenciones..” Y para ellos buscaban que frente al gobierno estuvieran individuos de su misma clase.
En Colombia, luego de las administraciones de Santander y José Ignacio de Márquez Barreto, presidente procedente de una familia latifundista con cercanos vínculos sanguíneos con altos prelados del clero, la iglesia Católica resultó fortalecida. Márquez permitió nuevamente que los bienes de la iglesia fueran desamortizados e hizo posible otra vez que la iglesia pudiera adquirir tierras.
La situación para el pueblo vino a resultar peor que la que tenía bajo la corona española. La aristocracia criolla perpetuó las instituciones coloniales y, bajo la excusa de la nueva situación, sometió al pueblo a impuestos más altos y elevados niveles de segregación.
De ahí en adelante, las consecuentes administraciones le dieron cada vez más prebendas a la iglesia Católica y, aunque se tenía cierta tolerancia hacia los demás grupos religiosos, era evidente la preponderancia de la iglesia Católica y su injerencia en todos los asuntos del Estado. Durante la administración de Pedro Alcántara Herrán, su ministro del Interior, Mariano Ospina Rodríguez –en 1842- agenció el regreso de los jesuitas. Igual que lo han sabido los aristócratas de todo el mundo, Ospina sabía que si quería un pueblo sujeto y servil, nadie mejor que los jesuitas para lograrlo. Por ello le entregó a la Compañía de Jesús la educación en el país, con la misión especial de abrir colegios en los lugares apartados de la nación, para consolidar el poder central y la obediencia a éste. Se creó una policía escolar y se uniformó al estudiantado de los colegios más pudientes. Valga la pena recordar que los descendientes de Ospina Rodríguez se dedicaron al narcotráfico desde tiempos bien tempranos a mediados del siglo XX; otro de sus descendientes fue secretario general de la administración de Lucho Garzón en Bogotá, del partido socialista Polo Democrático.
El método de enseñanza de los jesuitas
Igual que siempre lo ha hecho, la Compañía de Jesús utiliza el misticismo –cargado de temor- para instruir a sus alumnos y prepararlos para una vida de obediencia ciega a las órdenes de las autoridades eclesiales. El sacerdote jesuita F. Charmot escribió: “El método pedagógico de la Compañía, consiste en rodear primeramente a los alumnos con una gran cadena de oraciones.. (...) ¡No nos preocupemos de dónde y cómo se inserta el misticismo en la educación..! No se hace por medio de un sistema o una técnica artificial, sino mediante infiltración por ‘endósmosis’. Las almas de los niños son impregnadas por estar en estrecho contacto con maestros que están literalmente saturados con el misticismo..” También escribió este jesuita que: “el objetivo del profesor jesuita es que por medio de su enseñanza se propone formar, no una élite cristiana intelectual, sino cristianos elitistas”. (F. Charmot, S.J., “La pedagogie des Jesuites”)
Esto, respecto a la educación que impartían en las clases altas. En cuanto a las clases bajas, la gente del pueblo, la técnica también les funcionó bastante bien, pero con otro propósito: el de esclavizarlos y someterlos para manejarlos como sirvientes. Cuando subyugaron a los indios guaraníes bajo las Reducciones en Paraguay, donde ensayaron los primeros pasos del moderno socialismo, allí, los jesuitas pusieron en evidencia el tipo de educación que impartían: los sacerdotes eran paternalistas, todo era de propiedad de la iglesia y nada era de los indios; los jesuitas les ordenaban qué hacer y cómo hacerlo y hasta elegían las parejas para el matrimonio. Ninguno de los indios podía ser sacerdote y mucho menos jesuita. Los hacían levantar muy temprano, iban a misa y luego a trabajar. En su camino al trabajo, tenían que cantar himnos religiosos y siempre iban precedidos por alguna imagen religiosa. En la noche, después de la jornada laboral, los indios regresaban a la Reducción, también cantando himnos religiosos y los ponían a rezar el rosario. El sistema de castigo para los “errores” de los indios, era usando el látigo, el ayuno y la prisión; también los avergonzaban públicamente. Los padres jesuitas convirtieron al indio en un católico muy devoto, supersticioso al extremo, que imaginaba apariciones y milagros por todos lados y que encontraba cierto placer en la autoflagelación. El indio aprendió a obedecer a los sacerdotes y creyeron que su palabra era la palabra de Dios, un Dios que jamás conocieron.
El propósito de la educación jesuita era, es y será, impedir que sus alumnos piensen por sí mismos y que su cotidianidad esté cargada de un profundo temor supersticioso. Como lo escribió un jesuita contemporáneo: “El jesuita no olvidará que la virtud característica de la Compañía es obediencia total de la acción, la voluntad y aun del criterio... Todos los superiores estarán obligados de la misma forma a otros superiores a ellos, y el Padre General lo estará al Santo Padre...”
Los mismo principios que usaron con los indios guaraníes los han aplicado siempre, en todos los países y pueblos donde han estado. Los mismos principios que se inculcan en las iglesias “evangélicas” donde la obediencia ciega a los pastores es una ley y quien la viole, dicen, se expone al castigo de Dios y a cientos de maldiciones para el desobediente y su descendencia. La misma obediencia que exigen los líderes socialistas bajo amenazas de fusilamiento. Ya no es la virgen María sino la “madre Rusia”, “la madre Cuba”, “la madre Venezuela” o la “madre Patria”, en todos los casos se ordena ciega obediencia. La obediencia ciega es, definitivamente, un precepto jesuita.
Pero, ¿cómo ‘inoculan’ el misticismo en sus alumnos..? ¿Cómo es que forman esos ‘cristianos elitistas’ de los que habló el jesuita Charmot..?
Algo sumamente importante en los jesuitas, es la adoración a la virgen María. Es su sello distintivo. Aunque la Biblia no menciona nada de adorar a la madre de Jesús, sí nos cuenta que los pueblos paganos y espiritistas adoraban a la “Reina del Cielo”, una deidad que siempre aparecía con un niño en brazos y que tiene su origen en la religión babilónica. Los mismos teólogos y estudiosos católicos han asegurado, con muchísima razón, que la verdadera religión de los jesuitas es la adoración a la virgen María.
Ignacio de Loyola aseguraba que la virgen María lo había inspirado cuando escribió sus famosos “Ejercicios Espirituales”, una versión antigua de los “Encuentros Espirituales” que César Castellanos y su esposa Claudia aseguran que Jesús les dictó palabra por palabra. Encontramos relatos de jesuitas que tenían visiones de la virgen, y otro –en 1851- que cuenta la historia de un novicio que luchaba constantemente contra los deseos de la carne y al cual la virgen se le aparecía constantemente para fortalecerlo y “darle a probar la sangre de su Hijo y el consuelo de sus pechos” (J. Huber, “Les jesuites”)
Este misticismo jesuítico también es aplicado en las iglesias evangélicas pentecostales. Sus adeptos viven escuchando todo el día música de Marcos Witt o cualquier otro cantante, amanecen escuchando emisoras “cristianas” o canales de televisión “cristianos”; viven ayunando y flagelando continuamente su cuerpo mediante la abstención de alimentos, sin ningún propósito aparte de obtener milagros ya que sus pastores les enseñan que dando dinero y ayunando se “obliga” a Dios para que haga el milagro. Estos pastores también inducen a sus fieles a un constante temor de satanás y los demonios y enseñan que el diablo y demás potestades espirituales pueden controlar nuestras vidas a menos que se diezme y ofrende, y se castigue la carne. Las instrucciones de los pastores alcanzan hasta el lecho matrimonial. Dice César Castellanos que, debido a que las relaciones sexuales pueden ser poco santas, la pareja, inmediatamente antes de cada relación, debe arrodillarse a orarle a Dios para tener su permiso y, de paso, impedir que los demonios controlen los pensamientos de la pareja durante la relación. Increíble pero cierto.
Cuando la doctrina de la “inmaculada concepción” fue inventada por el franciscano Juan Duns Escoto, la Orden la aceptó con entusiasmo y se dedicó a propagarla por el mundo. También lograron los jesuitas que Pío IX la convirtiera en dogma de la iglesia en 1854.
“Cuando llegaron a la iglesia de San Miguel, en Munich”, relata Bucher en sus ‘Obras completas’, “los jesuitas presentaron toda clase de reliquias de la madre de Dios, ofrecieron a los fieles algunos trozos del velo de María, varios mechones de su cabello y pedazos de su peine, y se instituyó un culto especial para adorar tales objetos.. (...) Esta adoración degeneró en manifestaciones inmorales y sensuales, especialmente en los himnos que el padre Jacques Pontanus le dedicó a la virgen María. El poeta expresaba que no había nada más hermoso que el seno de María, nada más dulce que su leche, y nada más agradable que su abdomen..”
Ese fetichismo erótico hizo que los jesuitas tuvieran bastante éxito en la educación de los indígenas americanos.
En Italia, donde la Orden echó raíces antes de expandirse, vemos su influencia en los artistas del renacimiento cuyas obras están cargadas de un pronunciado sensualismo religioso. Desde el principio, “los alumnos de los jesuitas son demasiado clericales, devotos y absortos como para preservar estas cualidades. Las visiones e iluminaciones extáticas los dominan; literalmente se embriagan con las pinturas de las aterradoras mortificaciones y los tormentos atroces y de los mártires”, cuyos rostros reflejan –en las pinturas- un rictus masoquista de placer causado por el dolor. Toda esta teatralidad y pompa religiosa tenía y tiene por objeto el impactar las mentes.
Los jesuitas propagan sus prácticas idólatras gracias a que controlan el trono papal. El fin justifica los medios, es la máxima jesuítica que ellos han implementado en la religión, la política, la economía y, en general, en todos los aspectos de la vida de sus alumnos. El padre Barri decía que no era importante la manera de entrar al Reino de Dios, sino que lo vital era entrar. En su teología, el padre Barri dice que no interesa el conocimiento de la Biblia ni su estudio, sino que al paraíso se entra por medio de rezar constantemente el rosario, día y noche, en esas oraciones repetitivas, llevando siempre un rosario como brazalete, o una imagen de María, una medallita o una estampa y, por supuesto, obedeciendo ciegamente al clero católico en la tierra.
Así, pues, tenemos que los colegios jesuitas impregnan las mentes de los niños con este misticismo, con los escapularios, las imágenes, las reliquias, el relato de los milagros y apariciones de la virgen María –Lourdes y Fátima-, la adoración del Sagrado Corazón y otras cosas que nos dan una idea de la manera en que los niños y jóvenes son trabajados durante años. Eso es parte de la manera en que se forman “cristianos elitistas”.
Aunque enseñan filosofía y ciencias, los jesuitas se cuidan para que el sistema de aprendizaje imponga subrepticiamente a sus alumnos la obediencia completa a la iglesia. La “cadena de oraciones” con la que son ‘rodeados’ los alumnos de los jesuitas, no son otra cosa que lo mismo de las oraciones de santeros y chamanes, cargadas de brujería y espiritismo.
Como dice Boehmer de los jesuitas: “Ellos no creían en la libertad, lo que resultó fatal para la enseñanza”.
Por esta razón es que entendemos que los independentistas, educados por jesuitas, jamás pretendieron aliviar las cargas del pueblo. Los maestros de la Orden los habían educado para sentir profundo desprecio por las “castas inferiores” o por los blancos pobres. Los oligarcas, entonces y ahora, han considerado que quienes no son de su clase no son sus iguales y no merecen los mismos privilegios y derechos. Al respecto, recuerdo que escuché en una reunión social a un ministro de educación que hablaba con sus “iguales” acerca de la educación en Colombia, más exactamente refiriéndose a la Universidad Antonio Nariño, que ha hecho papel importante en permitir el acceso de gente sin recursos a educación de alta calidad. En ese entonces, se estaba ejerciendo una presión enorme por parte de los dueños de otras universidades privadas, para que cerraran la Antonio Nariño. Dijo el ministro a sus amigos, en medio de carcajadas: “Vamos a cerrarla.. Es que esa vaina de que los pobres se eduquen no puede ser... Nos friegan a nosotros, caray...”
En Estados Unidos, donde a comienzos de su vida independiente de la corona británica, los jesuitas no controlaban la educación, las personas tenían igualdad de acceso al sistema educativo y a los cargos públicos. Con los años, esta pretendida libertad se ha perdido y ahora, la educación controlada por los jesuitas, ellos han pervertido esos principios negando el derecho a la igualdad educativa. Universidades como Harvard, Yale, Cornell y Georgetown, entre otras, son controladas por la Orden y es de allí que han emanado los dirigentes del país que se han encargado de seguir las normas elitistas de los jesuitas.
Aprovechándose de la libertad de enseñanza en los países protestantes, como Estados Unidos, donde la educación existe como un derecho real de los ciudadanos, los jesuitas inculcan los principios de obediencia ciega a sus alumnos. Por este motivo, los egresados que llegan a gobernar les dispensan protección a los jesuitas y les ofrecen beneficios a cambio de que la Orden siga inculcando en la juventud la obediencia y el sometimiento a este nuevo tipo de monarcas. Los jesuitas tienen bajo su control a los opresores de los pueblos. Y cabe pensar que si el sistema educativo de los jesuitas es bueno para que los tiranos se beneficien de la obediencia de los desamparados, eso quiere decir que los educados por la Compañía de Jesús no están preparados para ejercer la libertad, ni para respetarla.
Es increíble, sin embargo, que siempre se recomendará a los jesuitas como educadores. Los opresores lo hacen porque les conviene, mientras que los oprimidos aspiran ilusamente a entrar –por medio de la educación de los jesuitas- a formar parte de la clase dirigente. El record de presidentes, ministros, obispos, jueces y empresarios que han pasado por sus aulas es verdaderamente impresionante. Así que esto deslumbra a todos los padres quienes imaginan que el sistema de enseñanza de los jesuitas hace que los alumnos aprendan más y mejor. Eso es falso. Si bien el sistema educativo en Colombia, y en especial en ciudades como Bogotá, está bajo el control de FECODE, el sindicato de maestros, FECODE, a su vez, está bajo el control de los jesuitas. A ellos no les interesa que el pueblo tenga una educación de calidad. Y la prueba está en el bajísimo y vergonzante nivel que demostraron nuestros estudiantes en la reciente prueba en la que se compararon las competencias de los alumnos con las de otros países. Fue un verdadero fiasco. Abel Rodríguez, el responsable de la educación en Bogotá, fue ratificado por el nuevo alcalde quien, entre otras cosas, defiende la tesis de que la educación pública debe ser totalmente controlada y dirigida en pénsum y demás, por FECODE, el sindicato que está en manos de los jesuitas. Y Samuel Moreno defiende esta tesis a pesar de que él se educó fuera del control de FECODE, en otro colegio elitista controlado por curas. Moreno y todos los socialistas saben que debe haber dos tipos de educación: Uno para los futuros gobernantes y otro para los gobernados. Los jesuitas saben que, de cualquier manera, teniendo ellos el control en ambos tipos de establecimientos beneficiarán su causa.
Si echamos una rápida mirada a los países donde la Compañía ejerció predominio en la educación, vemos sus efectos: atraso e ignorancia. Todos los países católicos estuvieron a la cola del progreso y la ciencia: España, Sudamérica, Nápoles, los cantones italianos, Suiza y Francia fueron naciones atrasadas y supersticiosas bajo en control católico. Por otro lado, Holanda, Inglaterra, Alemania, de donde los jesuitas fueron expulsados a finales del siglo XVI, progresaron e impulsaron fuertemente la ciencia.
Mientras las naciones liberales avanzaban, las católicas se sumían en la oscuridad. Pero los jesuitas no pudieron frenar durante mucho tiempo la penetración de las ideas liberales en sus vastos dominios. Mientras los métodos de educación, basados en un concepto de libertad, progresaban, la influencia de los jesuitas mermaba. A pesar de que durante el siglo XVI los jesuitas llevaban la delantera, a partir del siglo XVIII se volvieron anacrónicos.
El dogma de la “infabilidad papal”, inventado por los jesuitas, ya no tenía tanta preeminencia como antes. Sin embargo, en los países católicos, este dogma continúa vigente y es altamente conveniente para los intereses de la Orden. Gracias a los concordatos, y a las representaciones diplomáticas (otro “acierto” de los jesuitas cuando apoyaron que el Vaticano ejerciera como Estado político), en cada país del mundo el Vaticano tiene un representante acreditado que ejerce como líder espiritual, moral y político. Con la excusa de la moral, el dogma de la infabilidad papal es tremendamente conveniente para ellos. Prácticamente el papa ejerce hoy una autoridad ilimitada sobre la conciencia de sus fieles.
Y donde quiera que no tengan preeminencia religiosa, o donde las ideas reformistas hayan penetrado, el Vaticano crea los famosos partidos católicos. Mismos que han llevado al poder a Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet, Salvador Allende y varios más. La iglesia Católica, por medio de estos partidos, no ha dudado en apoyar tiranos de la peor clase, siempre que sirvan a sus intereses. Tienen a Fidel Castro controlando la educación y las finanzas de la isla; tienen a Hugo Chávez quien, bajo la mentira de la revolución, ahora controla constitucionalmente todo el sistema educativo de Venezuela, excluyendo cualquier tipo de educación que no se apegue a sus dogmas, controlando lo que la gente debe leer y lo que no.
Aquí, en Colombia, sucede algo parecido –igual que en todos los países con Concordato, pretendidamente ‘democráticos’. Las personas no tienen opciones. Están obligadas a leer lo mismo, no les han enseñado otro idioma –lo que limita sus posibilidades-. Solamente tenemos El Tiempo que nos informa lo que sucede. A propósito, este periódico está dirigido por los Santos, masones –que son controlados por jesuitas- y socialistas; mientras unos miembros de esta familia patrocinan al partido de la oposición, el Polo Democrático, apoyado también por las FARC, otros miembros están con el gobierno. Aunque el mismo Tiempo editorializa jocosamente sobre el asunto, haciéndolo ver como algo cómico y garante de la “democracia”, lo cierto es que ellos ya tuvieron presidente y quieren colocar otro en 2010. Eduardo Santos, masón y presidente de Colombia, dueño de El Tiempo, durante su presidencia abrió las puertas del país a los asesinos nazis y los asiló proveyéndoles de dinero y empresas, gracias a la solicitud directa del papa.
Por otro lado, los “protestantes” -que no lo son de ninguna manera- prefieren leer libros de Benny Hinn, K. Kuhlman, César Castellanos o cualquier otro de esos timadores, que verificar sus creencias y dogmas. Estos “protestantes” prefieren seguir ignorando que el Vaticano está infiltrado en sus iglesias, que sus pastores repiten como loros preceptos jesuíticos, que la música “cristiana” no es más que otro negocio lucrativo y que la televisión y las editoriales “cristianas” –todo junto- no les deja ver la verdad; ellos quieren seguir ignorando que los jesuitas están asesorando al mismo tiempo al gobierno y la guerrilla, que están en los medios de comunicación, que son dueños de bancos y entidades financieras que cada día –mediante la usura- sumen más y más en la miseria a los colombianos pobres que no ven otra salida que acudir a ellas para obtener una casa paupérrima que terminan pagando hasta seis y siete veces su valor, y que, en caso de que no puedan seguir pagando, la vivienda les es expropiada sin importar que ya hayan cancelado el 70% o el 100% del valor original.
No es exagerado afirmar que la raíz de todos los males de Latinoamérica se encuentra en Roma. Tampoco es exagerado afirmar que nuestros países jamás saldrán del atraso, la ignorancia y la pobreza. Estamos bajo el yugo del Vaticano y éste jamás permitirá que los latinoamericanos abran sus ojos y vean que tanto la izquierda socialista como la derecha conservadora están, igualmente, bajo control de los jesuitas. Esta es la razón, la verdadera razón por la cual no hay escapatoria.
A quien le parezca exagerado este deprimente cuadro, lo remito a las palabras del jesuita Bartoli, quien escribió una historia de la Compañía de Jesús: “No tiene la Compañía ningún vestido particular, y donde hay razón para ello, o la costumbre del lugar lo reclama, podemos cambiar el que usemos.” “Habiendo excitado los nuevos herejes, en el norte de Europa, antipatías hacía el hábito religioso, se consideró prudente que los miembros de la Compañía usaran trajes que no les impidieran vivir familiarmente con los que debían convertir. Por esta misma razón nuestros misioneros en la China y en la India, se visten de Mandarines y de Brahmanes, que son los más respetables en aquellos países; y en las naciones heréticas los transformamos en mercaderes, médicos y artistas, y hasta en criados, para poder desempeñar nuestras misiones sin despertar sospechas.”. (El énfasis es mío)
Sí. La Compañía de Jesús es una institución política y religiosa, acaparadora de la riqueza, esclavista y mercantil. Ellos actúan donde pueden obtener lucro económico.
Un japonés que disfruta de visitar continuamente Perú y Colombia, asegura que se siente realmente sorprendido de que nuestros países latinoamericanos –en especial Colombia- tengan tanta miseria. Dice él que, literalmente, estamos muriéndonos de hambre mientras estamos sentados sobre la riqueza.
Eso es cierto y no es casual. Pero es que la Orden, dominando todos los ámbitos de la vida, incluso a los grandes “pensadores” y escritores han impedido que las personas entiendan que la verdadera causa de nuestra situación son ellos, los jesuitas, “los hijos de Satanás”, como los describieron acertadamente algunos sacerdotes católicos valientes que se retiraron de la Compañía.
Ricardo Puentes M.
Enero 12 de 2008
Parte III
Como era de esperarse, tras la guerra de independencia de las colonias españolas, toda la región quedó sumida en la ruina, lo cual favorecía a la Compañía de Jesús, como ya vimos. Los bandoleros, antiguos militantes patriotas que se habían quedado sin trabajo, merodeaban, atracaban y asesinaban; la situación era dramática. Junto a las clases dominantes, surgió otra: la oligarquía militar. Refiriéndose a ésta, el general Páez escribió: “los militares aspiraban a ver premiados con usura sus servicios a la patria, a que se les conservaran sus fueros y exenciones..” Y para ellos buscaban que frente al gobierno estuvieran individuos de su misma clase.
En Colombia, luego de las administraciones de Santander y José Ignacio de Márquez Barreto, presidente procedente de una familia latifundista con cercanos vínculos sanguíneos con altos prelados del clero, la iglesia Católica resultó fortalecida. Márquez permitió nuevamente que los bienes de la iglesia fueran desamortizados e hizo posible otra vez que la iglesia pudiera adquirir tierras.
La situación para el pueblo vino a resultar peor que la que tenía bajo la corona española. La aristocracia criolla perpetuó las instituciones coloniales y, bajo la excusa de la nueva situación, sometió al pueblo a impuestos más altos y elevados niveles de segregación.
De ahí en adelante, las consecuentes administraciones le dieron cada vez más prebendas a la iglesia Católica y, aunque se tenía cierta tolerancia hacia los demás grupos religiosos, era evidente la preponderancia de la iglesia Católica y su injerencia en todos los asuntos del Estado. Durante la administración de Pedro Alcántara Herrán, su ministro del Interior, Mariano Ospina Rodríguez –en 1842- agenció el regreso de los jesuitas. Igual que lo han sabido los aristócratas de todo el mundo, Ospina sabía que si quería un pueblo sujeto y servil, nadie mejor que los jesuitas para lograrlo. Por ello le entregó a la Compañía de Jesús la educación en el país, con la misión especial de abrir colegios en los lugares apartados de la nación, para consolidar el poder central y la obediencia a éste. Se creó una policía escolar y se uniformó al estudiantado de los colegios más pudientes. Valga la pena recordar que los descendientes de Ospina Rodríguez se dedicaron al narcotráfico desde tiempos bien tempranos a mediados del siglo XX; otro de sus descendientes fue secretario general de la administración de Lucho Garzón en Bogotá, del partido socialista Polo Democrático.
El método de enseñanza de los jesuitas
Igual que siempre lo ha hecho, la Compañía de Jesús utiliza el misticismo –cargado de temor- para instruir a sus alumnos y prepararlos para una vida de obediencia ciega a las órdenes de las autoridades eclesiales. El sacerdote jesuita F. Charmot escribió: “El método pedagógico de la Compañía, consiste en rodear primeramente a los alumnos con una gran cadena de oraciones.. (...) ¡No nos preocupemos de dónde y cómo se inserta el misticismo en la educación..! No se hace por medio de un sistema o una técnica artificial, sino mediante infiltración por ‘endósmosis’. Las almas de los niños son impregnadas por estar en estrecho contacto con maestros que están literalmente saturados con el misticismo..” También escribió este jesuita que: “el objetivo del profesor jesuita es que por medio de su enseñanza se propone formar, no una élite cristiana intelectual, sino cristianos elitistas”. (F. Charmot, S.J., “La pedagogie des Jesuites”)
Esto, respecto a la educación que impartían en las clases altas. En cuanto a las clases bajas, la gente del pueblo, la técnica también les funcionó bastante bien, pero con otro propósito: el de esclavizarlos y someterlos para manejarlos como sirvientes. Cuando subyugaron a los indios guaraníes bajo las Reducciones en Paraguay, donde ensayaron los primeros pasos del moderno socialismo, allí, los jesuitas pusieron en evidencia el tipo de educación que impartían: los sacerdotes eran paternalistas, todo era de propiedad de la iglesia y nada era de los indios; los jesuitas les ordenaban qué hacer y cómo hacerlo y hasta elegían las parejas para el matrimonio. Ninguno de los indios podía ser sacerdote y mucho menos jesuita. Los hacían levantar muy temprano, iban a misa y luego a trabajar. En su camino al trabajo, tenían que cantar himnos religiosos y siempre iban precedidos por alguna imagen religiosa. En la noche, después de la jornada laboral, los indios regresaban a la Reducción, también cantando himnos religiosos y los ponían a rezar el rosario. El sistema de castigo para los “errores” de los indios, era usando el látigo, el ayuno y la prisión; también los avergonzaban públicamente. Los padres jesuitas convirtieron al indio en un católico muy devoto, supersticioso al extremo, que imaginaba apariciones y milagros por todos lados y que encontraba cierto placer en la autoflagelación. El indio aprendió a obedecer a los sacerdotes y creyeron que su palabra era la palabra de Dios, un Dios que jamás conocieron.
El propósito de la educación jesuita era, es y será, impedir que sus alumnos piensen por sí mismos y que su cotidianidad esté cargada de un profundo temor supersticioso. Como lo escribió un jesuita contemporáneo: “El jesuita no olvidará que la virtud característica de la Compañía es obediencia total de la acción, la voluntad y aun del criterio... Todos los superiores estarán obligados de la misma forma a otros superiores a ellos, y el Padre General lo estará al Santo Padre...”
Los mismo principios que usaron con los indios guaraníes los han aplicado siempre, en todos los países y pueblos donde han estado. Los mismos principios que se inculcan en las iglesias “evangélicas” donde la obediencia ciega a los pastores es una ley y quien la viole, dicen, se expone al castigo de Dios y a cientos de maldiciones para el desobediente y su descendencia. La misma obediencia que exigen los líderes socialistas bajo amenazas de fusilamiento. Ya no es la virgen María sino la “madre Rusia”, “la madre Cuba”, “la madre Venezuela” o la “madre Patria”, en todos los casos se ordena ciega obediencia. La obediencia ciega es, definitivamente, un precepto jesuita.
Pero, ¿cómo ‘inoculan’ el misticismo en sus alumnos..? ¿Cómo es que forman esos ‘cristianos elitistas’ de los que habló el jesuita Charmot..?
Algo sumamente importante en los jesuitas, es la adoración a la virgen María. Es su sello distintivo. Aunque la Biblia no menciona nada de adorar a la madre de Jesús, sí nos cuenta que los pueblos paganos y espiritistas adoraban a la “Reina del Cielo”, una deidad que siempre aparecía con un niño en brazos y que tiene su origen en la religión babilónica. Los mismos teólogos y estudiosos católicos han asegurado, con muchísima razón, que la verdadera religión de los jesuitas es la adoración a la virgen María.
Ignacio de Loyola aseguraba que la virgen María lo había inspirado cuando escribió sus famosos “Ejercicios Espirituales”, una versión antigua de los “Encuentros Espirituales” que César Castellanos y su esposa Claudia aseguran que Jesús les dictó palabra por palabra. Encontramos relatos de jesuitas que tenían visiones de la virgen, y otro –en 1851- que cuenta la historia de un novicio que luchaba constantemente contra los deseos de la carne y al cual la virgen se le aparecía constantemente para fortalecerlo y “darle a probar la sangre de su Hijo y el consuelo de sus pechos” (J. Huber, “Les jesuites”)
Este misticismo jesuítico también es aplicado en las iglesias evangélicas pentecostales. Sus adeptos viven escuchando todo el día música de Marcos Witt o cualquier otro cantante, amanecen escuchando emisoras “cristianas” o canales de televisión “cristianos”; viven ayunando y flagelando continuamente su cuerpo mediante la abstención de alimentos, sin ningún propósito aparte de obtener milagros ya que sus pastores les enseñan que dando dinero y ayunando se “obliga” a Dios para que haga el milagro. Estos pastores también inducen a sus fieles a un constante temor de satanás y los demonios y enseñan que el diablo y demás potestades espirituales pueden controlar nuestras vidas a menos que se diezme y ofrende, y se castigue la carne. Las instrucciones de los pastores alcanzan hasta el lecho matrimonial. Dice César Castellanos que, debido a que las relaciones sexuales pueden ser poco santas, la pareja, inmediatamente antes de cada relación, debe arrodillarse a orarle a Dios para tener su permiso y, de paso, impedir que los demonios controlen los pensamientos de la pareja durante la relación. Increíble pero cierto.
Cuando la doctrina de la “inmaculada concepción” fue inventada por el franciscano Juan Duns Escoto, la Orden la aceptó con entusiasmo y se dedicó a propagarla por el mundo. También lograron los jesuitas que Pío IX la convirtiera en dogma de la iglesia en 1854.
“Cuando llegaron a la iglesia de San Miguel, en Munich”, relata Bucher en sus ‘Obras completas’, “los jesuitas presentaron toda clase de reliquias de la madre de Dios, ofrecieron a los fieles algunos trozos del velo de María, varios mechones de su cabello y pedazos de su peine, y se instituyó un culto especial para adorar tales objetos.. (...) Esta adoración degeneró en manifestaciones inmorales y sensuales, especialmente en los himnos que el padre Jacques Pontanus le dedicó a la virgen María. El poeta expresaba que no había nada más hermoso que el seno de María, nada más dulce que su leche, y nada más agradable que su abdomen..”
Ese fetichismo erótico hizo que los jesuitas tuvieran bastante éxito en la educación de los indígenas americanos.
En Italia, donde la Orden echó raíces antes de expandirse, vemos su influencia en los artistas del renacimiento cuyas obras están cargadas de un pronunciado sensualismo religioso. Desde el principio, “los alumnos de los jesuitas son demasiado clericales, devotos y absortos como para preservar estas cualidades. Las visiones e iluminaciones extáticas los dominan; literalmente se embriagan con las pinturas de las aterradoras mortificaciones y los tormentos atroces y de los mártires”, cuyos rostros reflejan –en las pinturas- un rictus masoquista de placer causado por el dolor. Toda esta teatralidad y pompa religiosa tenía y tiene por objeto el impactar las mentes.
Los jesuitas propagan sus prácticas idólatras gracias a que controlan el trono papal. El fin justifica los medios, es la máxima jesuítica que ellos han implementado en la religión, la política, la economía y, en general, en todos los aspectos de la vida de sus alumnos. El padre Barri decía que no era importante la manera de entrar al Reino de Dios, sino que lo vital era entrar. En su teología, el padre Barri dice que no interesa el conocimiento de la Biblia ni su estudio, sino que al paraíso se entra por medio de rezar constantemente el rosario, día y noche, en esas oraciones repetitivas, llevando siempre un rosario como brazalete, o una imagen de María, una medallita o una estampa y, por supuesto, obedeciendo ciegamente al clero católico en la tierra.
Así, pues, tenemos que los colegios jesuitas impregnan las mentes de los niños con este misticismo, con los escapularios, las imágenes, las reliquias, el relato de los milagros y apariciones de la virgen María –Lourdes y Fátima-, la adoración del Sagrado Corazón y otras cosas que nos dan una idea de la manera en que los niños y jóvenes son trabajados durante años. Eso es parte de la manera en que se forman “cristianos elitistas”.
Aunque enseñan filosofía y ciencias, los jesuitas se cuidan para que el sistema de aprendizaje imponga subrepticiamente a sus alumnos la obediencia completa a la iglesia. La “cadena de oraciones” con la que son ‘rodeados’ los alumnos de los jesuitas, no son otra cosa que lo mismo de las oraciones de santeros y chamanes, cargadas de brujería y espiritismo.
Como dice Boehmer de los jesuitas: “Ellos no creían en la libertad, lo que resultó fatal para la enseñanza”.
Por esta razón es que entendemos que los independentistas, educados por jesuitas, jamás pretendieron aliviar las cargas del pueblo. Los maestros de la Orden los habían educado para sentir profundo desprecio por las “castas inferiores” o por los blancos pobres. Los oligarcas, entonces y ahora, han considerado que quienes no son de su clase no son sus iguales y no merecen los mismos privilegios y derechos. Al respecto, recuerdo que escuché en una reunión social a un ministro de educación que hablaba con sus “iguales” acerca de la educación en Colombia, más exactamente refiriéndose a la Universidad Antonio Nariño, que ha hecho papel importante en permitir el acceso de gente sin recursos a educación de alta calidad. En ese entonces, se estaba ejerciendo una presión enorme por parte de los dueños de otras universidades privadas, para que cerraran la Antonio Nariño. Dijo el ministro a sus amigos, en medio de carcajadas: “Vamos a cerrarla.. Es que esa vaina de que los pobres se eduquen no puede ser... Nos friegan a nosotros, caray...”
En Estados Unidos, donde a comienzos de su vida independiente de la corona británica, los jesuitas no controlaban la educación, las personas tenían igualdad de acceso al sistema educativo y a los cargos públicos. Con los años, esta pretendida libertad se ha perdido y ahora, la educación controlada por los jesuitas, ellos han pervertido esos principios negando el derecho a la igualdad educativa. Universidades como Harvard, Yale, Cornell y Georgetown, entre otras, son controladas por la Orden y es de allí que han emanado los dirigentes del país que se han encargado de seguir las normas elitistas de los jesuitas.
Aprovechándose de la libertad de enseñanza en los países protestantes, como Estados Unidos, donde la educación existe como un derecho real de los ciudadanos, los jesuitas inculcan los principios de obediencia ciega a sus alumnos. Por este motivo, los egresados que llegan a gobernar les dispensan protección a los jesuitas y les ofrecen beneficios a cambio de que la Orden siga inculcando en la juventud la obediencia y el sometimiento a este nuevo tipo de monarcas. Los jesuitas tienen bajo su control a los opresores de los pueblos. Y cabe pensar que si el sistema educativo de los jesuitas es bueno para que los tiranos se beneficien de la obediencia de los desamparados, eso quiere decir que los educados por la Compañía de Jesús no están preparados para ejercer la libertad, ni para respetarla.
Es increíble, sin embargo, que siempre se recomendará a los jesuitas como educadores. Los opresores lo hacen porque les conviene, mientras que los oprimidos aspiran ilusamente a entrar –por medio de la educación de los jesuitas- a formar parte de la clase dirigente. El record de presidentes, ministros, obispos, jueces y empresarios que han pasado por sus aulas es verdaderamente impresionante. Así que esto deslumbra a todos los padres quienes imaginan que el sistema de enseñanza de los jesuitas hace que los alumnos aprendan más y mejor. Eso es falso. Si bien el sistema educativo en Colombia, y en especial en ciudades como Bogotá, está bajo el control de FECODE, el sindicato de maestros, FECODE, a su vez, está bajo el control de los jesuitas. A ellos no les interesa que el pueblo tenga una educación de calidad. Y la prueba está en el bajísimo y vergonzante nivel que demostraron nuestros estudiantes en la reciente prueba en la que se compararon las competencias de los alumnos con las de otros países. Fue un verdadero fiasco. Abel Rodríguez, el responsable de la educación en Bogotá, fue ratificado por el nuevo alcalde quien, entre otras cosas, defiende la tesis de que la educación pública debe ser totalmente controlada y dirigida en pénsum y demás, por FECODE, el sindicato que está en manos de los jesuitas. Y Samuel Moreno defiende esta tesis a pesar de que él se educó fuera del control de FECODE, en otro colegio elitista controlado por curas. Moreno y todos los socialistas saben que debe haber dos tipos de educación: Uno para los futuros gobernantes y otro para los gobernados. Los jesuitas saben que, de cualquier manera, teniendo ellos el control en ambos tipos de establecimientos beneficiarán su causa.
Si echamos una rápida mirada a los países donde la Compañía ejerció predominio en la educación, vemos sus efectos: atraso e ignorancia. Todos los países católicos estuvieron a la cola del progreso y la ciencia: España, Sudamérica, Nápoles, los cantones italianos, Suiza y Francia fueron naciones atrasadas y supersticiosas bajo en control católico. Por otro lado, Holanda, Inglaterra, Alemania, de donde los jesuitas fueron expulsados a finales del siglo XVI, progresaron e impulsaron fuertemente la ciencia.
Mientras las naciones liberales avanzaban, las católicas se sumían en la oscuridad. Pero los jesuitas no pudieron frenar durante mucho tiempo la penetración de las ideas liberales en sus vastos dominios. Mientras los métodos de educación, basados en un concepto de libertad, progresaban, la influencia de los jesuitas mermaba. A pesar de que durante el siglo XVI los jesuitas llevaban la delantera, a partir del siglo XVIII se volvieron anacrónicos.
El dogma de la “infabilidad papal”, inventado por los jesuitas, ya no tenía tanta preeminencia como antes. Sin embargo, en los países católicos, este dogma continúa vigente y es altamente conveniente para los intereses de la Orden. Gracias a los concordatos, y a las representaciones diplomáticas (otro “acierto” de los jesuitas cuando apoyaron que el Vaticano ejerciera como Estado político), en cada país del mundo el Vaticano tiene un representante acreditado que ejerce como líder espiritual, moral y político. Con la excusa de la moral, el dogma de la infabilidad papal es tremendamente conveniente para ellos. Prácticamente el papa ejerce hoy una autoridad ilimitada sobre la conciencia de sus fieles.
Y donde quiera que no tengan preeminencia religiosa, o donde las ideas reformistas hayan penetrado, el Vaticano crea los famosos partidos católicos. Mismos que han llevado al poder a Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet, Salvador Allende y varios más. La iglesia Católica, por medio de estos partidos, no ha dudado en apoyar tiranos de la peor clase, siempre que sirvan a sus intereses. Tienen a Fidel Castro controlando la educación y las finanzas de la isla; tienen a Hugo Chávez quien, bajo la mentira de la revolución, ahora controla constitucionalmente todo el sistema educativo de Venezuela, excluyendo cualquier tipo de educación que no se apegue a sus dogmas, controlando lo que la gente debe leer y lo que no.
Aquí, en Colombia, sucede algo parecido –igual que en todos los países con Concordato, pretendidamente ‘democráticos’. Las personas no tienen opciones. Están obligadas a leer lo mismo, no les han enseñado otro idioma –lo que limita sus posibilidades-. Solamente tenemos El Tiempo que nos informa lo que sucede. A propósito, este periódico está dirigido por los Santos, masones –que son controlados por jesuitas- y socialistas; mientras unos miembros de esta familia patrocinan al partido de la oposición, el Polo Democrático, apoyado también por las FARC, otros miembros están con el gobierno. Aunque el mismo Tiempo editorializa jocosamente sobre el asunto, haciéndolo ver como algo cómico y garante de la “democracia”, lo cierto es que ellos ya tuvieron presidente y quieren colocar otro en 2010. Eduardo Santos, masón y presidente de Colombia, dueño de El Tiempo, durante su presidencia abrió las puertas del país a los asesinos nazis y los asiló proveyéndoles de dinero y empresas, gracias a la solicitud directa del papa.
Por otro lado, los “protestantes” -que no lo son de ninguna manera- prefieren leer libros de Benny Hinn, K. Kuhlman, César Castellanos o cualquier otro de esos timadores, que verificar sus creencias y dogmas. Estos “protestantes” prefieren seguir ignorando que el Vaticano está infiltrado en sus iglesias, que sus pastores repiten como loros preceptos jesuíticos, que la música “cristiana” no es más que otro negocio lucrativo y que la televisión y las editoriales “cristianas” –todo junto- no les deja ver la verdad; ellos quieren seguir ignorando que los jesuitas están asesorando al mismo tiempo al gobierno y la guerrilla, que están en los medios de comunicación, que son dueños de bancos y entidades financieras que cada día –mediante la usura- sumen más y más en la miseria a los colombianos pobres que no ven otra salida que acudir a ellas para obtener una casa paupérrima que terminan pagando hasta seis y siete veces su valor, y que, en caso de que no puedan seguir pagando, la vivienda les es expropiada sin importar que ya hayan cancelado el 70% o el 100% del valor original.
No es exagerado afirmar que la raíz de todos los males de Latinoamérica se encuentra en Roma. Tampoco es exagerado afirmar que nuestros países jamás saldrán del atraso, la ignorancia y la pobreza. Estamos bajo el yugo del Vaticano y éste jamás permitirá que los latinoamericanos abran sus ojos y vean que tanto la izquierda socialista como la derecha conservadora están, igualmente, bajo control de los jesuitas. Esta es la razón, la verdadera razón por la cual no hay escapatoria.
A quien le parezca exagerado este deprimente cuadro, lo remito a las palabras del jesuita Bartoli, quien escribió una historia de la Compañía de Jesús: “No tiene la Compañía ningún vestido particular, y donde hay razón para ello, o la costumbre del lugar lo reclama, podemos cambiar el que usemos.” “Habiendo excitado los nuevos herejes, en el norte de Europa, antipatías hacía el hábito religioso, se consideró prudente que los miembros de la Compañía usaran trajes que no les impidieran vivir familiarmente con los que debían convertir. Por esta misma razón nuestros misioneros en la China y en la India, se visten de Mandarines y de Brahmanes, que son los más respetables en aquellos países; y en las naciones heréticas los transformamos en mercaderes, médicos y artistas, y hasta en criados, para poder desempeñar nuestras misiones sin despertar sospechas.”. (El énfasis es mío)
Sí. La Compañía de Jesús es una institución política y religiosa, acaparadora de la riqueza, esclavista y mercantil. Ellos actúan donde pueden obtener lucro económico.
Un japonés que disfruta de visitar continuamente Perú y Colombia, asegura que se siente realmente sorprendido de que nuestros países latinoamericanos –en especial Colombia- tengan tanta miseria. Dice él que, literalmente, estamos muriéndonos de hambre mientras estamos sentados sobre la riqueza.
Eso es cierto y no es casual. Pero es que la Orden, dominando todos los ámbitos de la vida, incluso a los grandes “pensadores” y escritores han impedido que las personas entiendan que la verdadera causa de nuestra situación son ellos, los jesuitas, “los hijos de Satanás”, como los describieron acertadamente algunos sacerdotes católicos valientes que se retiraron de la Compañía.
Ricardo Puentes M.
Enero 12 de 2008
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